Elegía a mi Relindo

La nostalgia que me embarga se nutre de recuerdos, melodías, olores, sabores, paisajes y palabras que deleitan mis sentidos; ésa es la huella que nos dejaste, imborrable y llena de amor, a mí y a nuestros hijos: “ tus campeones”, como les decías.

Eres un bello cielo de otoño, claro y rosado, pero la tristeza sube en mí como el mar, con melancolía y cientos de recuerdos.

La vida separa a los que se aman… sin hacer ruido… en Otoño con sus hojas muertas de nuestro gran fresno… te llevó a no sé dónde… te fuiste con tu mirada llena de amor hacia mí y en ese momento no te dije te amo, porque eso ya lo sabías.


Hay muchos kilómetros de silencio entre tus manos y mis manos, una frontera enorme de palabras no dichas entre tus labios y mis labios, y algo que brilló así de triste entre tus ojos y mis ojos; así te despediste, con tu mirada de amor.

Así fue sin palabras, sólo nuestras miradas.

Y en la sombra estaban tus ojos y tus ojos estaban vacíos y asustados y dulces y buenos, porque fuiste bueno, y luego estabas frío.

Y allí estaban tus ojos y estaban callados y tu rostro tenía tu mirada tranquila. No miraban, tenían espanto, sin llanto y abiertos y ausentes y estaban vacíos.

Te fuiste tranquilo, yo te vi y te sentí con tu último suspiro. Lleno de muerte y de frío.

En la desesperanza y en la melancolía de tu recuerdo, mi corazón abreva.

Nada me ha enseñado tanto como el sufrir y llorarte.

Y nuestra casa quedó vacía, con la huella de la vida y de la muerte.

Con la llama de amor que nos heredaste.

Y con la pieza que tú nos pediste: el Cisne de Saint–Saëns te hemos recordado y te recordaremos por siempre, como al ver el cielo y recordar que hay una Constelación el Cisne.




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