El Relicario, una historia trunca

Hace casi 28 años –el 19 de noviembre de 1988, fecha de su estreno–, El Relicario era toda una promesa para la Puebla taurina y sus alrededores. El empuje y la solidez de la empresa fundacional –con José Ángel López Lima a la cabeza–, la avidez de toros que repentinamente se apoderó de la ciudad y la elevada calidad de la cartelería inicial movieron en dirección del coso del Cerro a los medios informativos del país y constituirían una sacudida como no se había vivido otra desde los lejanos días inaugurales de El Toreo de Puebla (29.11.36). Para completar la fiesta, tres padrinos de gran categoría: Luis Castro El Soldado, Alfonso Ramírez El Calesero y Pepe Alameda. Señores cuyas personalidades inconfundibles remitían a las mejores épocas de la fiesta en México.

 

Promesas y logros. Con los tendidos a reventar, televisión con cobertura nacional (Imevisión: más añoranzas) y un magnífico encierro de Reyes Huerta, en tarde de sol y felices augurios vimos triunfar con rotundidad a David Silveti –a oreja por toro–, y sendas encastadas respuestas de Jorge Gutiérrez y Vicente Ruiz El Soro, poco afortunados matando. La temporada inaugural toda alcanzó carácter de acontecimiento, con éxitos fuertes de Manolo Martínez, Joselito, Manolo Arruza, Lázaro Carmona, Alberto Ortega, un gran toro de Xajay –“Campanillero”– indultado por El Soro (01.01.89) y un mano a mano final entre los dos máximos triunfadores –Eloy Cavazos y José Miguel Arroyo Joselito– que se saldó en favor del madrileño gracias a su faenón a un berrendo de Montecristo llamado “Pirulero”. Imposible empezar con mejor pie.


 

Felices 90. Mantener ese nivel era difícil pero López Lima aguantó el órdago. Sus ferias de mayo pasaron pronto de los tres festejos del 89 a nueve, ni uno menos, en 1993. En promedio, 11 corridas y 8 novilladas mientras el empresario de Cuapiaxtla se mantuvo al frente. Perdería la administración del coso el año 96 –su error fue sembrar su patrimonio construyendo en terrenos de la feria estatal, fiado en que los gobiernos siguientes respetarían su derecho preferencial como organizador de corridas en “su” plaza. Sólo recuperó temporalmente ese dominio cuando la emergencia ocasionada por un concesionario –Manuel Tirado Monroy— dejó a medias y tirada la fallida feria del 2000, tras ganar la licitación de manera muy discutible, ya que entre cosas se desconoció el precedente de otro postulante, Alberto Ventosa (Cablevisión) que, entre mayo de 1998 y junio del 99, había programado nada menos que 20 corridas de toros y cinco novilladas, anunciando por primera vez a ases hispanos de la talla de Ponce, El Juli (novillero) y Morante de la Puebla, que, herido en Aguascalientes, no llegó a debutar .

Ni qué decir tiene que carteles de semejante clase y frecuencia se daban a plaza llena, y la bisoña afición poblana fue ganando en conocimientos y exigencia sin perder el talante alegre y triunfalista característico de su gente joven, que claramente predominaba.

 

Otra vez López Lima. Tras el plantón de Tirado, de gestión tan breve como calamitosa, el gobierno, desesperado, recurrió al constructor original, y un retornado López Lima apeló a sus principios de siempre: promoción de novilleros poco conocidos, que repetía de acuerdo con sus merecimientos, y ferias muy bien armadas, si no tan generosas ya en cantidad sí en calidad. Entre los primeros habían encontrado en El Relicario su plaza fuerte Rafael Ortega, Arturo Gilio, El Zapata y Jerónimo, productos netos de aquellos años 90 en que Puebla viviera la pasión taurina a tope –con abundancia de conferencias, coloquios, mesas redondas, exposiciones, festivales de aficionados, etcétera—. Mientras tanto, iban dejando huella profunda a su paso por el coso del Cerro los Arruza, Gutiérrez, Silveti –ambos, David y Alejandro–, Mariano Ramos y Alberto Ortega, entre otros, aunque el mayor cortador de apéndices fuera, inevitablemente, Eloy Cavazos, cuyo populista mensaje prendió tanto en ésta como en cuanta plaza pisó.

No faltaron indultos, uno de ellos a cargo de El Glison, y se dieron bastantes alternativas, siendo las más significativas las de Rafael Ortega (23.12.90), Uriel Moreno El Zapata (11.05.96) y Jerónimo (06.02.99). Tampoco contratiempos serios, como la vez que el ayuntamiento sancionó a la plaza por manipulación de las astas y falta de edad del encierro de Reyes Hiuerta con el que Cavazos doctoró a Uriel; y sin embargo, al mismo tiempo los poblanos disfrutaron con encierros de imponente catadura, procedentes de Carranco, De la Mora, Tenexac, Huichapan, Martínez Ancira –para El Glison y Morenito de Caracas, no para las figuras–, Guanamé e incluso Teófilo Gómez –hasta 609 kilos pesó el primero de un triunfal mano a mano Zotoluco–Rafael Ortega, 09.05.98–, pues la calidad y el peso del ganado se incrementó cuando el veedor de la empresa Ventosa fue el matador Raúl Ponce de León. Y Javier Marroquín, empresario entusiasta y con enorme afición, que había entrado al quite a raíz de aquel cierre de casi siete meses de 1996, insertó, como prolongación de la feria del 99, un corridón de García Méndez, con leña abundante y de capa berrenda todo él, al que se arrimaron lo indecible Leonardo Benítez, Marco Camacho y Alberto Ortega, que resultó herido de consideración (29.05.99).

 

Giro nefasto. Para 2003, López Lima había estabilizado el año taurino en 10 corridas y 12 novilladas más dos festivales, uno de ellos dedicado a la hermandad taurina entre México y Colombia, igualando así en 24 festejos su marca máxima, que databa de 1994. Al año siguiente fueron nueve las corridas y 12 las novilladas, ahora con predominio de los festejos nocturnos, que luego se convertirían en costumbre inamovible, desvirtuando el sentido de la fiesta como rito solar.

Pero lo peor estaba por venir. Y llegó al asumir Mario Marín el cargo de gobernador y suprimir sin más las licitaciones. El dedazo volvió a ser ley, y como tras el desalojo de López Lima, la antidemocrática medida fue instrumentada con notable torpeza, en ese 2005 la nueva empresa –José maría Arturo Huerta– apenas alcanzó a organizar cinco corridas y siete festejos chicos, docena que descendería a nueve funciones al año siguiente para continuar decayendo en los sucesivo. Las empresas favorecidas –siempre en la mayor opacidad– terminaron, en años recientes, por limitarse a las tres preceptivas corridas de feria, mal anunciadas, desambientadas y con Hermoso de Mendoza y su cuadra como recurso supremo, a cambio de ninguna novillada, la afición abandonada a su suerte y triunfos intrascendentes, olvidados los medios nacionales de El Relicario, en consonancia con el despectivo trato que le dispensaran los dos últimos gobiernos del estado. El actual asignó la plaza de primeras a Juan Huerta Ortega, al cabo de año y medio lo desconoció y, luego de esparcir durante años el rumor de que la plaza sería demolida, parece dispuesto a hacer efectiva la amenaza, pues anunció el reciente terceto de festejos como definitiva despedida a El Relicario.

 

Reiteraciones. A lo largo del tiempo, la historia de Puebla y sus plazas de toros ha reproducido este recurrente recorrido de un promisorio esplendor inicial a la sordidez de las catacumbas. Y siempre por causas ajenas a la voluntad y los gustos de la gente, claramente inclinada a la Fiesta y sistemáticamente maltratada por los poderes oficiales y fácticos. Si éstos fueron fundamentales para determinar por décadas una escasísima actividad, previa a la demolición final de El Toreo (la mejor plaza que ha tenido Puebla, con cupo para 14 mil espectadores), en el caso de El Relicario (con un aforo aproximado de 5 mil) lo determinante ha sido la caprichosa deriva gubernamental, exhibida como tal cuando en 2005 puso fin a las licitaciones que ordena la ley y decidió mantener el coso bajo llave. Y la llave en el último cajón de su entramado burocrático.

Una lástima, porque durante sus tres primeros lustros de existencia, El Relicario llegó a contarse entre los cosos taurinos más activos y animados del país y contribuyó a formar una nueva afición que, fatalmente, sería silenciado por la desidia –tal vez la insidia– de dos gobiernos estatales que tampoco en rubros de mayor trascendencia han abonado al avance de la democracia y mucho menos al bien común.