El que desestabilizare…

Al parecer, la dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de globalización.

Ernesto Sábato

 


Al tiempo que arrecia la protesta social se intensifica la batalla por y en los medios. No es la primera vez que ocurre ni mucho menos. Baste recordar a botepronto las masacres de Acteal y Aguas Blancas; la tragedia de Pasta de Conchos y los 65 mineros fallecidos; los 15 jóvenes asesinados en la Masacre de Villas de Salvárcar en Ciudad Juárez; el incendio de la guardería ABC de Hermosillo y su saldo de 49 infantes fallecidos y 76 heridos; el cierre de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro y los 43 mil electricistas despojados de su empleo; los fraudes electorales en las elecciones presidenciales recientes; los constantes asesinatos y desapariciones atribuidos a la guerra del narco pero nunca aclarados, et al.

Tampoco el acoso y la represión contra los normalistas rurales son una novedad. Pero, al parecer, el violento asalto que costó la vida de seis personas, dejó 25 heridos y la misteriosa desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, se ha convertido en un parteaguas. Esta vez la indignación ha llegado a lo insospechado dentro y fuera del país.

Porque la constante en la larga cadena de asesinatos y violaciones a los derechos humanos y ciudadanos ha sido y es la impunidad. Una y otra vez las autoridades de los tres órdenes de gobierno (municipal, estatal y federal) han incumplido su deber investigar, aclarar e informar convincentemente los hechos y, menos aún, han aplicado las sanciones administrativas y penales que la ley establece, a los responsables al más alto nivel.

Unos cuantos chivos expiatorios de rango menor y algunas renuncias, en el mejor de los casos, dejando luego que el tiempo corra hasta que un nuevo evento atraiga la atención mediática y listo. Next.

Pero la rabia y la impotencia no desaparecen tan fácilmente como las personas en nuestro país. Se van acumulando y creando un sedimento nada saludable para la paz y la concordia nacionales. El pragmatismo y la inmediatez de los gobernantes les impiden valorar el costo futuro de sus acciones. Es por eso que ni ven ni oyen.

Solo cuando la arbitrariedad, soberbia e incapacidad gubernamentales hacen crisis, como ahora, reaccionan y, a querer y no, se ven obligados a tomar medidas y hacer ofertas de mejorar las cosas. Y en sus prisas por salir del paso no siempre toman las mejores decisiones.

Cuando los hombres del poder se sienten atacados se ponen a la defensiva y en automático tratan de desviar sus culpas. Quienes protestan, con sus dichos o sus hechos, son acusados de enemigos de la ley y el orden. Desde que tengo memoria, que no para presumir, se les ha tachado de agitadores profesionales, antipatriotas, idiotas útiles, carne de cañón, desadaptados, resentidos y una larga lista de calificativos que recuerdan las excomuniones eclesiásticas.

Y, por supuesto, detrás de las protestas políticas y sociales siempre hay una conjura contra la nación, el Estado, la democracia, la libertad, el orden jurídico, los dioses del Olimpo o lo que se les ocurra. De repente los ciudadanos que, víctimas de la arbitrariedad y la injusticia, levantan la voz para exigir respeto, eficacia y decencia a sus gobernantes, se convierten en culpables. Quedan expuestos a una paliza a manos (o patas) de las “fuerzas del orden”, acabar heridos en un hospital, encerrados en una prisión o, incluso, perder la vida.

Así que el rollo de Peña Nieto de que fuerzas oscuras pretenden desestabilizar su gobierno y la veloz adición de sus voceros oficiales y oficiosos, tampoco es algo novedoso. Como no lo es el elogio que las autoridades del DF (muy izquierdistas ellas) hicieron a su Policía, luego de la soberana madriza que les dieron a los manifestantes que andaban pidiendo la aparición (con vida) de los desaparecidos. Para que aprendan a respetar. ¿Quiénes son entonces los desestabilizadores?

Con bombos y platillos se anuncia para hoy una aparición estelar del presidente Peña. Habrá muchas sorpresas y regalos, dicen. El problema es que los mexicanos han recibido tanto PAN de lo mismo, que ya no creen en Santaclós ni en los Reyes Magos.

Lo que viene haciendo falta desde hace rato es que, en vez de los trillados discursos, pactos, programas y promesas, el gobierno cumpla con su deber de gobernar. Gobernar cumpliendo y haciendo cumplir la Constitución. Eso quiere decir, entre otras cosas, anteponer el interés público a los intereses privados; privilegiar a las mayorías sobre minorías; velar por la soberanía nacional en contra de los intereses extranjeros; asegurar que los servidores públicos trabajen con honradez y eficacia y garantizar la seguridad y la paz públicas.

Si los dedos no me fallan, hoy se cumplen 63 días de la desaparición de los normalistas y nadie sabe nadie supo que pasó ni que pasa. Si el presidente Peña no informa hoy puntualmente a los padres de los muchachos, a la nación y al mundo el grado de avance de las investigaciones gubernamentales, ni se fija un plazo para cerrar satisfactoriamente el caso, su promocionada aparición carece de sentido.

Que las tragedias se sucedan una a otra, dejando en el dolor y el abandono a innumerables familias mexicanas, es intolerable. Que autoridades responsables sean incapaces de impedirlo, es más que intolerable, es un crimen de Estado.

Cheiser: El horno y los bollos. Con la satisfacción del deber cumplido, ajá, los legisladores del país se aprestan a concederse su acostumbrado y jugoso aguinaldo. Ricardo Gómez reporta en El Universal que los diputados federales recibirán 222 mil pesos este año. ¿Los padres de los normalistas tendrán aguinaldo?




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