El pequeño Jacinto

Jacinto recordaba su niñez con melancolía, le platicaba al interno que era feliz cuando llegaba Febrero y contaba los días para estar en el carnaval de su tierra. Eran los días más esperados, ya que todo era fiesta. Mira, Doc, te encontrabas en las calles con toda la gente sonriente, los niños llevábamos confeti y serpentinas, esperábamos los carros alegóricos que siempre eran chidos.

Jacinto lloró breve y suavemente con la voz de su edad. Luego enmudeció. El interno le hizo más preguntas sobre el carnaval para que se alegrara, le comentó que él nunca había estado en una fiesta como esa. Cuéntame mano.

La cara le cambiaba cuando halaba de sus recuerdos. Esperar el desfile era muy emocionante, ya que cada año era diferente. Eso sí Doc. Siempre había putos, todos vestidos de mujeres famosas, artistas, vedets. Había todo tipo de música: marimbas, jaraneros, mariachis y cuates con sus acordeones, flautistas, muchos disfrazados. Con la música entre aplausos aparecía la comparsa inicial: los jotos vestidos de pavos reales, guerreros aztecas, estibadores con bikinis y penachos de rumberas. A mí me gustaba cuando aparecían los cavernarios, la corte de Luis XV con sus pelucas y sus falsos lunares, Barbazul en plena tortura, caníbales, pieles rojas, arlequines. Mi padre me iba diciendo qué eran ya que yo era muy pequeño y muy flaco, él me montaba en sus hombros para que yo viera todo. Los carros alegóricos eran tirados por tractores, otros en camiones de redilas. Había momentos en que el desfile era salvaje. A los extranjeros les impresionaba mucho todo el argüende. Mi padre nos dejó unos días después del carnaval cuando yo tenía 8 años. En ese momento terminó mi niñez.


A partir de esa edad mi vida cambió ya que tuve que enfrentar la realidad con mi madre y hermana. Empecé a trabajar barriendo casas con jardines enormes, mi madre de sirvienta en una casota. Yo estudiaba en las tardes mi primaria. Fue una época muy cabrona para nosotros, pues mi padre ni se despidió, sólo se fue sin decir una palabra.

Mi Doc, creo que me voy liberando de momentos tan difíciles que pasé. Siguieron los carnavales, pero para mí ya no eran lo mismo, la pinche tristeza se apoderó de mí. Mis recuerdos se almacenan y a veces pierdo la imagen de mi madre y hermana. Me fui de mi tierra a los 14 años y la verdad es que al principio fue muy canijo vivir en Puebla y conseguir trabajo, por eso viví en la calle mucho tiempo. Y así fui conociendo cuates unos muy chidos, otros muy cabrones. Empecé a ser desconfiado y a saberme valer por mí mismo.

Nunca me hubiera imaginado estar como estoy, pegado a la cama del hospital y sin amigos, bueno, contigo me siento diferente pues sabes escuchar y entender mi situación. No sé cuándo dejaré este pinche lugar, porque veo que mi tripa sigue de fuera y creo que ya no tiene remedio. Sabes… me hubiera gustado seguir estudiando, siempre leo lo que sea desde pequeño. Por eso mi Doc., espero el momento de tu llegada con libros, además de hacerme las curaciones y platicar para que mis recuerdos no se borren. Me gusta saber que tengo un amigo con quien contar. Contigo me siento vivo.

Concha o Cony. Diciembre, 2017