El pastelazo de Avelina Lésper

Recuerdo una tarde de hace nueve años en compañía de mi hermana mayor, mientras a los dos nos acomodaban los fierros que nos ayudarían a tener una mejor dentadura. Nuestra ortodoncista, además de hacernos sufrir semanalmente con los alambres, también nos interrogaba acerca de nuestro cotidiano. Por aquél entonces, mi hermana ya tocaba el violín desde hacía unos años y había decidido estudiar la licenciatura en música. Al enterarse de esto, la dentista se interesó bastante; le parecía increíble que alguien quisiera estudiar música -¡Vaya amor al arte!- y más aún, que la licenciatura en música existiera. Después de increpar a mi hermana por varios minutos, la mujer hizo una extraña confesión: ella también era artista. Ambos sabíamos que además de profesional de la salud bucal, la mujer tocaba el piano, y mi primer pensamiento al escuchar su confidencia, relacionó lo dicho con la ejecución del instrumento. Pues no; la mujer se refería a lo que en ese momento atendía con pinzas y guantes de látex, ya que consideraba, su profesión –además de otorgar evidentes beneficios a la salud- se centraba en una búsqueda de la estética y la belleza del paciente. De ahí su naturaleza artística.

Aquella conversación hoy en día me parece fascinante, y debo agradecer a Avelina Lésper y su pastelazo en la cara por habérmelo recordado.

Todos –o muchos, al menos- estarán al tanto de los eventos ocurridos durante el “diálogo” que mantuvo la crítica de arte Avelina Lésper con un grupo de grafiteros en el Museo de la Ciudad de México. El encuentro, a mi parecer, auguraba un teatro absurdo desde el inicio. Las inclinaciones -o necedades- de ambos grupos “debatientes” eran tan lamentables como el espectáculo que Avelina ofreciera en un programa de chismes de MVS noticias, en el que calificó al grafiti como <<un acto vandálico de subnormales>> y a los dibujos de Tim Burton de ser <<como caligráficos>> en tono de fangirl del cineasta estadounidense. Aunque dada la pobreza de léxico en ambas declaraciones, una incendiaria y la otra incomprensible, no puedo distinguir si se trata de un elogio hacia el director… con Avelina nunca se sabe.


Me pregunto entonces cómo habría reaccionado Avelina Lésper al posicionamiento artístico de mi dentista. Lo que me causa gracia –no por menospreciar la profesión de la señora que me hizo parecer persona y no piraña, si no por el dejo de pretensión que sus palabras dejaban entrever- a la señora Lésper seguro le provocaría una úlcera péptica, dada su evidente falta de humor.

“[…]que lleven ese nivel de pintura a los muros, que nosotros podamos respetarlos. Eso es lo que esta sociedad necesita. La sociedad necesita muchísimos muros bien pintados, muchísimos muros que nos comprometan como ciudadanos, muros que podamos contemplar. Es lo que queremos y es en lo que deberían estar trabajando, por eso deberían ganarse así los muros.”

Con estas palabras, la señora Lésper se defendía de los risibles y poco sustentados ataques que profirieron algunos de los asistentes del Debate en torno al grafiti. A mí -a diferencia de algunos de los indignados defensores del grafiti- la aparente intolerancia hacia las expresiones culturales que se pintan con aerosol por parte de Lésper, me parece irrelevante. Me intriga más su peculiar visión de la vida y la extraña percepción que tiene acerca del concepto al que ha dedicado vida, obra y corajes: el arte.

Para mí el arte –como la vida extraterrestre o Dios- es un axioma. Para Avelina Lésper –tomando como referencia su lamentable declaración en MVS y la citada posteriormente- es un entramado de belleza, talento, nacionalismo, cantidad, respeto, sublimación, dibujos de Tim Burton, etcétera. Por otra parte, para los grafiteros presentes durante el diálogo, menos estructurados (aunque no tanto) que Lésper, el concepto de arte se resume a una actividad en la que encontraron una suerte de redención y alejamiento del hampa; aunque no pudieron argumentar porqué la señora Lésper debería reconsiderar –o retractar-  lo dicho en la mesa redonda de chismes en MVS, donde además de ella, estaban otros expertos en materia artística como Horacio Villalobos.

Que los grafiteros no pudieran defender o evidenciar las cualidades artísticas de su oficio –con razonamientos válidos y no con rabietas- es triste, aunque, tomando en cuenta que los orígenes del grafiti y su campo de proliferación son meramente callejeros, y por tanto el acto mismo más expresivo que racional, es comprensible. No lo es, en cambio, que desde su autoproclamada erudición, Avelina Lésper hiciera lo propio.

Diana Cuéllar, para el blog online los apuntes de la cazadora, apunta lo siguiente: “Avelina no miente, pero es falaz. Detectar lo falaz de su discurso podría ser tarea de un curso básico de lógica elemental. La falacia que usa Avelina se llama falacia de composición y consiste en argumentar que si un conjunto está compuesto por partes que tienen cierto atributo o propiedad, todo el conjunto presentará el mismo atributo o propiedad.” (2017)

Una vez más, Avelina Lésper es víctima del personaje insostenible que ha creado: por un lado es la crítica y curadora implacable, que denuncia los males del fantochismo en el arte contemporáneo –y en general, de todo lo que insulta a sus ojos-, defensora del talento, y al parecer, hasta luchadora por los derechos de los civiles, quienes merecen mejores grafitis en las calles; mientras que, por otra parte –la que parece más congruente con sus declaraciones- acude a escupir argumentos falaces en medios de dudosa reputación y poca pertinencia como MVS Noticias, al tiempo que valida –desde la cima que le otorgó en sensacionalismo y no la calidad de sus publicaciones- oscuras infraestructuras como el Museo Internacional del Barroco, en Puebla, con su exposición Luna y Sol, Dualidad. Lésper repudia el paternalismo del gobierno de la Ciudad de México, que según ella, dota a los grafiteros subnormales de pinturas para vandalizar descaradamente cuanto pedazo de concreto encuentren por la capital mexicana, pero no cuestiona ni se pronuncia en contra del saqueo de obras con las que el Gobierno del Estado de Puebla intentó retacar las salas del fallido MIB. Claro, nunca hay que escupir hacia arriba.

Personajes como Lésper hay muchos y en medios muy diversos. La que hace unos meses –hoy por hoy ni sus luces- era la más célebre y aguda crítica de Andrés Manuel López Obrador, la politóloga guatemalteca Gloria Álvarez, ofrecía un discurso parecido al de Avelina, en el que todo lo que olía a oposición durante las semanas previas a las elecciones, apestaba a populismo, comunismo, socialismo (y demás terribles ismos); como para Lésper, todo lo que vislumbra modernidad es parte del gran fraude del arte contemporáneo; idea en la que basa el original título y contenido de su publicación impresa El fraude del arte contemporáneo.

Pero no todo es culpa de Avelina. Están también los grafiteros, que al igual que mi ortodoncista, buscan en la noción de arte un extraño reivindicador para su oficio; como si el concepto –o la etiqueta- de artístico validara lo que se hace para vivir, divertirse o comunicar. Debe ser extremadamente agotador buscar un nivel de sublimación artística en todo lo que se lleva a cabo; y definitivamente, debe producir una gran cólera hacerlo y terminar en boca de Avelina Lésper tachado de vándalo y subnormal. Al menos de eso mi dentista estaría a salvo… aunque con Avelina Lésper nunca se sabe.