El miedo faraónico

El neoliberalismo inyecta violencia en

nuestras vidas y temor en nuestra política”.

Zygmunt Bauman


Hoy, una vez que se tienen los resultados de las elecciones federales, que se conoce perfectamente quiénes son los candidatos y partidos políticos derrotados y los victoriosos, circula en el ambiente de muchas casas el miedo, que en los últimos años ha sido el signo distintivo de los gobiernos, pues lejos de que el Estado y sus instituciones brinden certidumbre y seguridad a su población, ha sucedido lo contrario: la mejor forma de gobernar, de sujetar a las personas, ha sido suministrando miedo a los ciudadanos. Un factor, desde luego, importante por el cual en las elecciones de 2006 en México triunfó el PAN, pues precisamente por la forma en que se inyectó miedo en esos tiempos a la población, se dio ese resultado que todos conocemos.

En su última obra, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman sostuvo, respecto al papel actual del Estado, es decir el Leviatán, que: “Cada vez se confía menos en que el Leviatán de Hobbes (del qué, hasta no hace tanto, se creía que se había desenvuelto como correspondía en la misión de reimprimir la crueldad innata de los seres humanos a fin de hacer que la vida entre ellos fuese realmente vivible, y no “desagradable, brutal y corta”) sea capaz de hacer bien su trabajo o, por lo menos, de conseguir que alguien lo haga bien por él.” (Bauman, Zygmunt. Retropía. Barcelona: Paidós, 2017). Por ello es que dentro de lo que desconfía el ciudadano es del propio Estados, de sus instituciones y de sus servidores públicos. Así, para gobernar a la generalidad de la población, una forma eficaz de hacerlo, de someterla, de procurar que no exija más de la cuenta, es introduciendo miedo.

Con el resultado de las elecciones federales, pareciera que aquellos que han vivido con miedo fueron los que efectivamente decidieron el futuro de país; sin embargo, en las secuelas de esa victoria ahora hay un reducto de miedosos por ella. En parte, los que ganaron, porque ahora se presenta la oportunidad de accionar todas las propuestas hechas al aire, respecto a lo cual vale recordar esa metáfora de Eduardo Galeano con relación a la libertad: “Una mañana, nos regalaron un conejo de indias. Llego a casa enjaulado. Al medio día le abrí la puerta de la jaula. Volví a casa al anochecer y lo encontré tal y como lo había dejado, jaula adentro, pegado a los barrotes, temblando del susto de la libertad” (Galeano Eduardo. El Libro de los abrazos. Ciudad de México: Siglo XXI, 2013). Y eso es lo que pudiera suceder, el miedo a la victoria, es decir: ¿y ahora qué?

Hay otro sector reducido de la población que también tiene miedo por el resultado de las elecciones, y ese miedo es sustentable, es decir, puede materializarse. A esa clase de miedo se le puede denominar “miedo faraónico”, pues puede hacerse efectivo. Basta recordar, por lo menos, una de las propuestas que se presentaban en las campañas, que era terminar con esas excesivas prestaciones que se otorgan a muchos de los servidores públicos de niveles superiores. Desde luego, es fundado el miedo que tienen, pues honestamente esas prestaciones superaron la propia realidad de nuestro país, una nación latinoamericana, desafortunadamente del tercer mundo, con muchas limitaciones y problemas que absurdamente otorga prestaciones de faraones a servidores públicos, las cuales no eran coherentes con la realidad de la nación, menos aún comparables con las prestaciones que se otorgan a esos mismos cargos públicos en otros países, incluso países de mejores condiciones económicas que México y, desde luego, en mejores condiciones para vivir. Aun así, esas prestaciones no se les otorgan, y en México era lo común, prestaciones como son: chóferes, celulares, gastos médicos en instituciones particulares, viáticos excesivos, vehículos del año, seguridad particular, gastos que no requieren comprobación, viajes sin justificar, etcétera; todo a cargo del erario público. Prestaciones que no eran, desde luego, proporcionales con el trabajo que se desempeñaba ni, sobre todo, con la situación del país: pobreza extrema, desempleo, grupos criminales, inseguridad pública, analfabetismo, desigualdad, etcétera. Recursos que, en lugar de ser ocupados para combatir esos problemas, se han usado para que muchos de los “altos” servidores públicos contaran con esas prestaciones que, de acuerdo con la naturaleza de su trabajo, rayan en lo ridículo; prestaciones, como vehículos del año y chofer en la puerta para que los transportara en la misma ciudad a una oficina pública por la mañana y después los transportara por la tarde de regreso a su casa. Esas prestaciones de faraón son inadmisibles en un Estado como es el mexicano y, lejos de que fueran propiamente prestaciones como servidores públicos, se convirtieron en dádivas del propio Estado a sus servidores para que fueran dóciles al sistema. Por ello es que resulta muy palpable ese miedo faraónico. Ahora lo que hace falta es esperar.