El médico ante el miedo

Uno de los problemas que debemos enfrentar cotidianamente los médicos y al que definitivamente no estamos preparados es el miedo, comenzando con la dificultad de definirlo. Revisando el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra proviene del latín metus, que significa “temor”; pero si bien, se hace referencia a la angustia que enfrentamos por un riesgo o daño real e inclusive imaginario, puede representar una experiencia de grado tan variable, que podría ser tan leve que no alcanzaría alterar las respuestas normales con un impacto psicológico insignificante; o tan intenso que condicionaría la anulación de las facultades de decisión y hasta del raciocinio, con un reflejo orgánico definitivamente patológico. En este sentido, no existen manuales que nos permitan valorar la diferencia en las respuestas físicas, mentales, sociales o ambientales que condicionan una patología que es poco probable de definir.

Los seres humanos disponemos de mecanismos de supervivencia básicos que provocan respuestas adaptativas que interpretan el peligro y que inducen reacciones variables. Estas pueden ser automáticas e inconscientes o bien, deliberadas y reflexivas. Dependiendo de este tipo de respuesta, se generan acciones rápidas o lentas con comportamientos prolongados o de corto tiempo que condicionarán cambios orgánicos de una magnitud también variable; pero siempre se genera una modificación en la estabilidad orgánica que dependiendo de la intensidad o la duración, generarán respuestas muy difíciles de diagnosticar. Los médicos nos enfrentamos a expresiones de la enfermedad que no son claras y para las cuales, no existen tratamientos específicos.

La vida sin dolor y sin mecanismos adaptativos que lleven sufrimiento paralelo es absurda pues evolutivamente estamos preparados para enfrentar amenazas que provocan altos grados de conservación vital; pero el problema actual se circunscribe a condiciones que nunca habíamos experimentado. Se producen neurotransmisores que dentro de muchas reacciones, provocan incremento del apetito, necesidad de consumo de sal, carbohidratos y grasas. Esto condiciona la redistribución de lípidos concentrándose principalmente en el abdomen y se genera un incremento en la producción de insulina. Se eleva el riesgo de desarrollar diabetes e hipertensión. Además se provoca un fenómeno de disminución en las respuestas de defensa inmunológicas, de modo que podríamos decir que el organismo privilegia la supervivencia, a costa de la salud.


Hay miedo controlado que puede generarse sin ansiedad; sin embargo, hay ocasiones en las que somos incapaces de desactivar este mecanismo de defensa. Existen alternativas de tratamientos psiquiátricos que pueden enfocarse a disminuir los sentimientos de zozobra, pero no puede existir una opción terapéutica que unánimemente pueda considerarse la mejor. Por otro lado, en el ámbito de la medicina general, existe un claro desconocimiento de los efectos terapéuticos o las repercusiones secundarias de los fármacos que tienen un impacto en el sistema nervioso central.

Por supuesto, valorar a un paciente con miedo representa un reto desde el punto de vista diagnóstico y sobre todo, hablando del tratamiento. La historia clínica detallada enfocada a los hábitos, marcará la primera línea de orientación, que implicará el hacer ejercicio cotidiano, alimentarse bien y eliminar factores de riesgo como el consumo excesivo de estimulantes y limitación en el alcohol. Sobresalen la transmisión de confianza y la explicación detallada del problema que provoca el temor, para culminar con un sincero abordaje del pronóstico en una forma directa, pero al mismo tiempo suave.

Finalmente, considero necesario expresar mi admiración por una obra de arte que resume todo lo anterior. Se trata de “El Grito” del pintor noruego Edvard Munch (1863–1944), quien escribió: “Mi miedo a la vida es necesario para mí, como lo es mi enfermedad. Sin ansiedad y enfermedad, soy un barco sin timón. Mi arte se basa en reflexiones sobre ser diferente de los demás. Mis sufrimientos son parte de mi yo y mi arte. Son indistinguibles de mí, y su destrucción destruiría mi arte. Quiero mantener esos sufrimientos”. Edvard Munch.