El índice de masa corporal versus la salud

Al adelgazar exclusivamente por medio de dietas, ya sea ésta baja en carbohidratos, baja en grasa o baja en contenido calórico, la respuesta del cuerpo va a ser la de reducir el nivel de ma-sa corporal. Esta reducción en la masa corporal incluye tanto la masa magra (músculo) como la grasa. La masa magra es la que constituye nuestros músculos, algo que no debemos perder
Al adelgazar exclusivamente por medio de dietas, ya sea ésta baja en carbohidratos, baja en grasa o baja en contenido calórico, la respuesta del cuerpo va a ser la de reducir el nivel de ma-sa corporal. Esta reducción en la masa corporal incluye tanto la masa magra (músculo) como la grasa. La masa magra es la que constituye nuestros músculos, algo que no debemos perder

Estudios recientes estudios han demostrado que a pesar de la conexión demostrada entre obesidad y enfermedad, personas con un índice de masa corporal (IMC) elevado pueden tener una vida metabólicamente más saludable y presentar una mayor longevidad que aquellos con una IMC más reducido. Este índice se obtiene tomando el peso en kilogramos y dividiéndolo por la altura al cuadrado en metros (IMC, peso en kilogramos dividido por la altura al cuadrado en metros). Es una es una medida de asociación entre el peso y la talla. El valor obtenido no es constante, sino que varía con la edad y el sexo así como de las proporciones de tejidos muscular y adiposo. El índice de masa corporal (IMC), está clasificado en tres categorías; primer grupo con un índice entre 18.5 y 24.9, el segundo entre 25.0 y 29.9, y el tercero con un BMI mayor de 30. En términos generales, un IMC mayor de 30 representa sobre peso y tendencia a la obesidad.

En un artículo publicado en la revista Science, Rexford S. Ahima y Mitchell A. Lazar1, explican que el IMC no toma en consideración importantes diferencias como lo son la grasa visceral y la grasa subcutánea. Una medida que intenta subsanar las deficiencias del IMC es la toma de la circunferencia en la cintura. Aparentemente esta medición es un mejor indicador de obesidad. Se considera a un hombre como obeso si su cintura mide más de 102 centímetros y a una mujer, si la medición es mayor de 88 centímetros. Para obtener el Índice de Cintura–Cadera (ICC) se calcula como el perímetro de cintura medido en centímetros, divido por el perímetro de cadera medido en centímetros. Se ha establecido como factor de riesgo para el desarrollo de enfermedades asociadas a la obesidad cuando el ICC resulta mayor de 0.9 en mujeres y mayor de 1.0 en varones. El perímetro de la cintura es la circunferencia mínima entre el reborde costal y la cresta iliaca y el perímetro de la cadera es la circunferencia máxima entre la cintura y los muslos. Comúnmente se considera a la obesidad central o abdominal como la de tipo manzana, la cual conlleva un peor pronóstico que la forma más periférica de la obesidad de tipo pera.

La grasa contenida en las vísceras intraabdominales es mucho más activa metabólicamente, posee un mayor rol regulatorio en la función y metabolismo de hormonas tales como adiponectina, leptinas; se ha postulado además que presenta un intercambio de ácidos grasos libres lipofílicamente más sensibles, fácilmente liberados a la vena porta, exponiendo al hígado a concentraciones más altas de ácidos grasos libres. Esto puede ir acompañado de una alta producción hepática de glucosa y una disminución en la extracción de insulina por el hígado.


Ahima y Lazar, además, señalan algunas de las razones por las cuales el sobre peso puede ayudar a la salud. Por ejemplo, la grasa en las extremidades puede ser un lugar donde se depositen las toxinas, manteniéndolas fuera de los órganos. Aunque una persona se encontrarse en un IMC dentro de los parámetros normales puede estar perdiendo masa muscular, la cual es fundamental para el metabolismo de la azúcar. Éste es uno de los riesgos a largo plazo de la dieta baja en carbohidratos. Es innegable que con este tipo de dieta en pocas semanas se puede reducir de peso de manera considerable. Sin embargo, la evidencia actual confirma que este tipo de dieta puede incrementar el riesgo de enfermedades cardiovasculares, como infarto y derrame cerebral. Debemos tener clara que uno de los objetivos primordiales de la reducción de peso es la de evitar enfermedades.

Al tratar de bajar de peso se debe tomar en consideración el hecho de que el peso corporal y su composición tienden a mantenerse estables en la mayoría de la gente por periodos de tiempo (años) significativos. Existe cierta evidencia que indica que el peso corporal es regulado fisiológicamente, lo que hace que el peso se preserve en los individuos a través de la vida. El aumento o la reducción de éste, lejos de los puntos de ajuste o de la línea de base fisiológica, resulta en alteraciones metabólicos.

De acuerdo con Enrique Morales Villegas2, el consumo de comida denominada rápida (fast food) en combinación con el sedentarismo es la principal causa de obesidad visceral. La obesidad visceral, como hemos señalado, es el reflejo de la deformación y aumento (hipertrofia e hiperplasia) del tejido adiposo intraabdominal. Dichos cambios en el tejido adipocitario es una manifestación amplificada de su papel funcional el cual es el de captar ácidos grasos libres (AGL), reconstituirlos en forma de triglicéridos y en su caso hidrolizarlos para la liberación de AGL como fuente energética. Dicha transformación celular tiene un límite y un costo funcional. La comida rápida es obesogénica, ya que es de alta densidad energética, es alta en contenido de grasa, es alta en su índice de carga glucémica, contiene el efecto fructuosa, es baja en contenido de fibra y su contenido de calcio es bajo.

Para que una dieta tenga beneficios a largo plazo, ésta debe incluir la actividad física, no sólo como herramienta para aumentar el consumo de energía, sino como promotor de cambios estructurales que facilitarán la utilización de los sustratos energéticos. La intensidad del ejercicio determina que energético proveerá de energía al músculo en trabajo. Los ácidos grasos libres en el plasma son los energéticos predominantemente utilizados en ejercicios de baja intensidad. Mientras la intensidad del ejercicio aumenta la dependencia recae en el glicógeno muscular y en la glucosa plasmática. A la utilización de los carbohidratos como fuente de energía se añade el factor del estado de entrenamiento en que se encuentre el individuo. Los cambios anatómicos tales como el aumento en la red capilar, el aumento en la densidad mitocondrial y en las enzimas oxidativas, así como el incremento en triglicéridos musculares son el producto de la adaptación al entrenamiento el cual aumenta la capacidad oxidativa del individuo. Estos cambios también facilitan la utilización de las grasas como fuente de energía. En relación a la pérdida de peso, aunque los resultados del entrenamiento mejoran la capacidad de oxidación de los carbohidratos al aumentar el transporte de glucosa y la sensibilidad a la insulina, es la intensificación en la utilización de grasa la que mayor ayuda al control del peso corporal.

Una buena dieta puede resolver nuestro problema estético, pero no necesariamente nuestro problema de salud. Al adelgazar exclusivamente por medio de dietas, ya sea ésta baja en carbohidratos, baja en grasa o baja en contenido calórico, la respuesta del cuerpo va ser la de reducir el nivel de masa corporal. Esta reducción en la masa corporal incluye tanto la masa magra (músculo) como la grasa. La masa magra es la que constituye nuestros músculos, algo que no debemos perder.

 

 

1 Ahima RS., Lazar MA., 2013, The Health Risk of Obesity—Better Metrics Imperative, Science,Vol. 341 no. 6148 pp. 856858 DOI: 10.1126/science.1241244

2 Enrique Morales Villegas (2009), Síndrome X vs. síndrome metabólico: Entendiendo sus coincidencias y sus diferencias hacia una “nueva cardiología”, Vol. 76 Supl. 4/OctubreDiciembre 2006:S4, 173–188, www.archcardiolmex.org.mx

 

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