El grabado novohispano, ejemplo de fuerza de la imagen: Grañén Porrúa

El grabado novohispano

Para la historiadora del arte María Isabel Grañén Porrúa, el grabado novohispano refleja dos cosas: la fuerza que tuvo la imagen en la sociedad, particularmente durante el siglo XVII, y la forma en que al darse el “encuentro de dos mundos intentando comprenderse, el grabado fue algo útil” para posibilitar dicha comprensión.

Como parte de la conferencia “Los grabados en el México de mil quinientos” que ofreció en la Biblioteca Histórica José Maria Lafragua www.lafragua.buap.mx , la directora de la Biblioteca Francisco de Burgoa www.bibliotecaburgoa.org.mx en Oaxaca explicó que el grabado novohispano que circuló en el siglo XVII consistía en estampas y cartel, en los libros, de índole religiosa y hasta como juegos de entretenimiento con los que se entretenían el tlatoani mexica Moctezuma y el conquistador español Hernán Cortés.

Grañén Porrúa advirtió que el grabado novohispano era básicamente de madera y no fue sino hasta principios del siguiente siglo cuando fueron de metal. Expuso que entonces, los grabadores no contaban con formación académica ni eran cultos, pues simplemente satisfacían un consumo sencillo y de masas.


Explicó, además, que el grabado novohispano se componía de piezas que eran importadas de Europa, particularmente de Flandes, Italia y Alemania. Añadió que esas importaciones eran para vender y eran traídos por los viajeros; no obstante, también se hacían aquí, como relata Bernal Díaz del Castillo, quien da cuenta de estampas de la virgen colocadas en Teocallis conquistados.

Autores locales en el grabado novohispano

Para la especialista es claro que en el México virreinal también hubo grabadores locales: los imagineros. “Los indígenas hicieron una forma de grabados con estampado y labrado de madera. Ejercieron un arte que es anónimo, pues cerca de 500 imágenes que existen de aquella época, muy pocas están firmadas”.

En cuanto a la labor de impresores y talleres, indicó que se distinguen tres grabadores con características y estilos propios, pues “los artistas dejan su huella que les lleva a distinguirse entre ellos, y esas son las huellas que busco”.

Uno de esos grabadores, indicó Grañén Porrúa, es Diego de Montoya, quien en 1550 se le conocía por ser cortador y hacedor de las letras y las imágenes de la imprenta de Juan Pablos, aunque dependería después de Antonio Espinosa, “el mejor impresor de la Nueva España”.

“Diego de Montoya y Antonio Espinosa vivían en la casa de Juan Pablos. Ahí comían, bebían, era su casa y su cama. Ahí estaba la esposa de Juan Pablos, doña Jerónima Gutiérrez, alimentándolos”, contó a manera de anécdota, para referir la forma en que trabajaba este gremio.

Antonio Espinosa, continuó la investigadora, es otro artista reconocible en el grabado novohispano. Además de tener su propio estilo como impresor, ejerció el arte del grabado haciendo “temas modernos, limpios, puros y uniformes” que demostraban su conocimiento de la técnica y los materiales. Como ejemplo de la calidad de su labor, fue que en 1550 Espinosa fue el encargado de realizar el sello de las armas reales del monarca español.

María Isabel Grañén expuso que un tercer nombre que figura en “los mil quinientos” es Juan Ortiz, un “pobre grabador francés” que trabajó con el reconocido impresor Pedro de Ocharte.

Juan Ortiz, contó, es conocido por el proceso que enfrentó desde 1572, que le llevó a estar en prisión y exclamar: “¡Morir, señor,morir!”, debido al dolor infligido por las torturas. Todo ello, se debió por la creación de una imagen de 42 por 30 centímetros, impresa bajo la técnica de la xilografía a varias tintas y una tirada de tres mil ejemplares: una virgen coronada, aerolada y de cabellos largos, con facciones toscas y una banda de flores, acompañada por dos ángeles –dos personajes de la época, uno de ellos Hernán Cortés-, que con un rosario y una cartela constituye una suerte de “gracia para quien la rezara”, algo prohibido por la iglesia católica.

A la par de la producción de estampas hechas por estos tres grabadores novohispanos, la fundadora de la librería Grañén Porrúa señaló que los grabados también se hacían de temas religiosos, con el fin de evangelizar.

“Hay que recordar que en las imágenes evangelizadoras de la Nueva España tienen sus antecedentes en la escritura iconográfica mesoamericana, como lo ha dejado asentado Bernardino de Sahagún, quien señaló que los indígenas ´entendían sus cosas por medio de ilustraciones´”. Ello, quedó asentado en la labor de evangelización de Fray Diego de Valadés y Fray Pedro de Gante, quienes enseñaron la doctrina cristiana a los indígenas por medio de imágenes.

También, continuó la presidente de la Fundación Alfredo Harp Helú, los grabados ocuparon un lugar primordial en los libros. Asimismo, eran estampas sueltas que referían al ámbito literario, a las anécdotas de los “héroes” de la conquista o a los seres extraños. Además, para quienes obtenían su grado de bachiller, como consta en la colección que resguarda el Archivo General de la Nación www.agn.gob.mx , que es una de las más importantes del mundo en el tema.

Para ir cerrando la charla, María Isabel Grañén, merecedora de la Clavis Palafoxianum poblana http://www.lajornadadeoriente.com.mx/noticia/puebla/adabi-recibio-la-clavis-palafoxianum-por-10-anos-de-rescatar-los-acervos-de-mexico_id_24222.html mencionó que otro de los usos de la gráfica en la Nueva España fue la impresión de juegos de entretenimiento como la oca, el naipe y la baraja, que eran muy populares. Incluso se tiene la referencia de que el príncipe mexica Moctezuma, ya preso, jugaba partidas con Hernán Cortés.

Las crónicas, indicó, señalan que “tahúres y apostadores pululaban” por lo que fue necesario que la corona española pusiera impuestos al juego para controlar el mercado. Incluso, se han contabilizado 9 mil docenas de naipes en el Archivo General de Indias.

Por último, la investigadora del arte habló de “un ejemplo cautivador: un tarot en el que se mezcla la iconografía americana y la mitología antigua” en el que lo mismo aparecen seres como las quimeras, combinaciones zoomorfas y antropomorfas, que dos emperadores mexicas –Moctezuma II y Cuauhtémoc-, así como seres “contrahechos” del pensamiento indígena, en los que ya se nota cómo “una mano europea ve una realidad novohispana”.