El frío y el catarro

La asociación entre enfermedad respiratoria, con todas sus variantes y el frío, es una condición que indudablemente se relaciona en una forma íntima. Efectivamente la frecuencia de catarro y tos se incrementa particularmente en estas fechas, cuando bajan las temperaturas más allá de lo que normalmente podemos tolerar abrigándonos como lo hacemos cotidianamente a lo largo del año; pero hay varias cosas que se deben puntualizar pues existen una gran cantidad de dudas y creencias que lejos de auxiliar a prevenir estos problemas, los agravan.

En primer lugar, debemos comprender que las enfermedades no se deben a un solo factor de riesgo sino a una combinación de componentes que interactúan en una forma extraordinariamente variable, lo que hace de una persona enferma, un individuo que debe ser considerado como tal y no como grupo. Esta razón obliga a que no existan “recetas de cocina” para tratar a un enfermo, aunque se encuentre padeciendo un simple catarro.

Se ha demostrado que el frío efectivamente hace más susceptibles a las vías respiratorias para que se encuentren en un estado de vulnerabilidad; sin embargo, tal vez lo que hoy en día constituye un importante factor de predisposición está dado por las condiciones ambientales dentro de las que sobresale la contaminación y lo que en la actualidad ha sido denominado inversión térmica, que se presenta cuando en las noches despejadas el suelo pierde calor, las capas más bajas se enfrían mucho más rápido que las capas superiores, lo que provoca un fenómeno curioso de calentamiento en partes altas de la atmósfera y un particular suceso de mayor enfriamiento en las partes bajas. No hay una adecuada circulación de aire. Cuando se emiten contaminantes bajo esta condición, se genera una importante concentración pues no existe un adecuado transporte y difusión de gases, aglutinándolos con partículas tóxicas hasta 14 veces más de lo normal. Sin duda, este proceso genera una irritación de las vías respiratorias que, lejos de poder responder adecuadamente al contacto con microbios, condiciona uno de los más importantes factores de riesgo.


Además se deben tener en cuenta las reacciones inmunológicas representadas esencialmente por alergias que también se caracterizan por inflamación de las mucosas. Si se combinan entonces frío, contaminantes, alergias y microbios, se explica la alta frecuencia de enfermedad en esta época. Por eso también, la prevención es complicada; sin embargo, hay una serie de recomendaciones que pueden auxiliar mucho en evitar estos problemas.

En primer lugar, es necesario entender que la buena alimentación es determinante para que el sistema inmunológico funcione en una forma lo más cercana a lo óptimo. Se debe estar muy bien hidratado. Con el frío, disminuye la sudoración y esto incrementa la frecuencia de micción, condicionando a su vez que se ingiera menos agua cuando baja la temperatura. En la medida de lo posible, es importante disminuir el contacto ambiental con elementos contaminantes, sobre todo en el exterior. Si se está acostumbrado a hacer ejercicio por las mañanas fuera de casa, intentar hacerlo dentro (los gimnasios, aunque no suelen tener muchos contaminantes, sí pueden representar un factor de riesgo por la cantidad de gente que acude, incluso estando enferma y diseminando microbios). Evitar a toda costa las aglomeraciones, sobre todo en lugares donde se fuma, o incluso en lugares con mala ventilación.

Para los niños, las visitas a las iglesias, los exponen en una forma muy importante al contacto con microbios. De ninguna manera se justifica el llevar pequeños a oficios religiosos que, además de incómodos, suelen ser particularmente molestos y sobre todo, peligrosos desde el punto de vista infeccioso.

Por último, la ingestión de vitaminas y complementos alimenticios no ha demostrado tener un valor significativo en la reducción de las enfermedades respiratorias, a menos que se padezcan deficiencias nutricionales. Por eso la frase que escuché alguna vez de un maestro neumólogo, nunca perderá validez: El catarro, con vitamina “C” dura una semana pero sin esta vitamina, dura hasta siete días.




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