El difícil camino de la emancipación

En las siguientes líneas hemos tratado de aproximarnos a los factores que rodearon el proceso electoral que culminó el pasado 7 de junio. Por supuesto, son conclusiones provisionales que el debate político podrá modificar, sin duda.

Quienes han decidido seguir la vía política pacífica para cambiar el régimen neoliberal, se enfrentan a un poder casi omnipotente y omnipresente gracias a la estructura jurídica y burocrática forjada en su entorno, para evitar que “fuerzas extrañas” accedan a él. No es nada sencillo ganar una elección en los marcos de las leyes y normas de un sistema electoral hecho para perpetuar en el poder a quienes lo ejercen desde hace décadas.

Aproximarse a todo aquello que rodea el proceso electoral, es penetrar a un mundo nebuloso, lleno de triquiñuelas y de una tortuosa y tramposa legalidad, con funcionarios siempre dispuestos a la genuflexión ante el poder.


La llamada democracia representativa, ha hecho del ciudadano un mero observador del proceso electoral en el que se le permite elegir pero no decidir. Por eso se le recomienda conocer al candidato, revisar su curriculum y programa para hacer una elección “calificada”, a partir de suponer la fidelidad del candidato a sus propia promesas. En todo caso, el ciudadano acude al proceso como al supermercado donde selecciona el producto que “más le convence” y lo adquiere, es decir, vota por él para de inmediato olvidarse de la política, actividad que se le ha dicho es de “especialistas”, cuando no de ambiciosos que sólo aspiran a cargos donde haya obras y sobras.

Lo mismo ocurre con el poder que siendo una relación social, se presenta como una cosa que se disputan los partidos, disputa que los ciudadanos ven ajena y que, más bien, la observan de lejos, con escaso interés y creciente irritación.

Por otra parte, de aquel IFE cuyo arbitraje era eficaz y confiable, hoy tenemos un INE poco eficaz, sectario, cercano al poder, nada creíble y muy complaciente con las transgresiones, por ejemplo del Verde Ecologista que siempre actuó a partir de un principio perverso: “es más conveniente violar la ley que acatarla”, y así lo hizo antes, después y durante la jornada electoral, obteniendo dividendos electorales ilegales ante la mirada cómplice de un INE, lleno de funcionarios indolentes, con un exceso de funciones, controles y exigencias que burocratizan la vida de los partidos, más preocupados por construir un aparato burocrático para informar y justificar el gasto de las prerrogativas, que en su quehacer político.

La incompetencia del INE se acompaña de un código electoral inmanejable, como no sea para quienes se dedican a estudiarlo profesionalmente, pero inaccesible a la población que se resigna a aceptar su impotencia ante una ley incomprensible, que da más diputados al Verde que a Morena que obtuvo una votación mayor.

Como tradicionalmente ocurre en las elecciones intermedias, está vez también hubo poco interés de la ciudadanía en el proceso y si se elevó la participación electoral a 47 por ciento, se debió al hecho de haberse llevado a cabo el 7 de junio la elección de nueve gobernadores y en 17 entidades elecciones locales, que siempre despiertan el interés de los ciudadanos por sufragar.

No se puede dejar de mencionar que alrededor del proceso electoral se produjo una inusitada violencia de quienes decidieron boicotear la elección, impidiendo el ejercicio de un derecho a quienes no compartían esa propuesta.

Finalmente, se acentuó la violencia tanto de la delincuencia organizada, como la proveniente de todos los niveles del gobierno contra el movimiento social de resistencia al despojo de los recursos naturales y contra los proyectos de muerte, al tiempo de observarse una profunda crisis de los derechos humanos, que se expresa en ejecuciones masivas y la persecución de disidentes y luchadores sociales en el país.

Todo esto parece un diseño hecho cuidadosamente como para desalentar, desde la participación en las organizaciones que construyen poder popular desde abajo, hasta la presencia ciudadana en las urnas. El camino, in duda, es difícil pero no intransitable.