El chaval extraviado, la mujer en búsqueda

El nombre del británico Andrew Haigh como director cinematográfico, cada vez se hace más significativo. En especial con relación a sus exploraciones en tono de drama. Su cine tiene que ver con relaciones personales y/o situaciones de encrucijada, en la que los personajes cambian, maduran o quedan marcados. De su filmografía, que arrancó con Greek Pete (2009) y Weekend (2011), tuve la ocasión de comentar –hace 135 columnas– 45 años (2015), en términos muy elogiosos. Recupero aquí un segmento breve de esa crónica: Ahora que todos hablan de El renacido, yo prefiero hablar de 45 años, de Andrew Haigh, a propósito de un matrimonio por celebrar esas cuatro décadas y media juntos. En los preparativos de la fiesta, una carta llegada desde Suiza se filtra en los ánimos de la pareja, lo que mueve a la mujer (en vísperas del festejo) a evaluar su matrimonio... y al hombre con quien lo ha compartido. 45 años es una reflexión sobre la relación de pareja y sobre los eventos difusos que la bordean, en especial cuando lleva ya sobre sí el peso del tiempo. Serena como es, no deja de ser intensa, sugiriendo a ratos que algo va a explotar. En 45 años –como en El renacido– también ataca un “oso” de zarpazos demoledores: no van al cuerpo ni son aparatosos a la vista, pero sí son igual de lacerantes.

Andrew Haigh entrega ahora su 4º largometraje –austero, seco a ratos– Apóyate en mí (Lean on Pete), sobre Charley (Charlie Plummer), un adolescente que vive con un padre inestable y despreocupado que –digamos– lo deja ser. Charley consigue trabajo con un entrenador de caballos y se encariña con Lean on Pete, un “cuarto de milla” lesionado que vive sus últimas carreras. Cuando el jovencito se entera –tras de una estrepitosa derrota– de que el caballo va a ser vendido para ser alimento de perros, Charley toma una decisión arrebatada: lo trepa a la camioneta del entrenador y se lo roba, lanzándose por las carreteras con la esquiva idea de encontrar a una tía que tal vez (solo tal vez) pueda y quiera ayudarlos. Es decir: un chico solo, sin dinero, con dos propiedades robadas (y una tragedia familiar reciente), dependiendo –en su corazón, al menos– de una persona a la que no ha visto en años y que podría ya no vivir en su última ubicación conocida. Tal es el planteamiento de Haigh en Apóyate en mí; sin sentimentalismos, sin dejarnos empatizar de más con Charley y reduciendo su premisa a una convicción simple, pero ruda: la vida es esto y no un jardín de rosas. El relato traduce pues en un mero proceso de cambio definitorio para el chico –descarnado, a cachetazos– quien, cada vez más frágil, enfrentará todo sólo acompañado de Lean on Pete y de sí mismo. Un film valioso, sin duda.

En cuanto a Los Adioses, de Natalia Beristáin, recoge etapas de la vida de Rosario Castellanos, en la difícil sinergia de sus aristas principales: su crecimiento como escritora, su incansable lucha feminista y su tormentosa relación de pareja con el filósofo Ricardo Guerra. Son Karina Gidi y Tessa Ia quienes encarnan a Rosario, en su juventud y como adulta respectivamente. Los Adioses es un espléndido trabajo, que alterna sus dos tiempos fílmicos –la Rosario incipiente y la Rosario consagrada– para un retrato más de mujer que de escritora. Retrato de una personalidad en conflicto con su tiempo (mediados del siglo XX), que diaria y cotidianamente, con desfachatada naturalidad, asfixia cualquier rasgo de búsqueda o evolución de la mujer, si discordante con el eterno femenino. Justo lo que hace explotar a Rosario ante su marido –en un punto álgido de su matrimonio– para sellar contundentemente su postura: “No voy a dejar de ser mamá, no voy a dejar de ser maestra, no voy a dejar de escribir”. Para todo esto, el notable trabajo de Karina Gidi es nuclear: con la cámara de Daniela Ludlow encima, su rostro consigue hacer visuales sus pensamientos, con matices de sorprendente riqueza. Y ahí queda, en la memoria, una escena memorable: esa de “Sólo te pido, Ricardo, que conmigo midas tus palabras…”.