El billete de Don Porfirio

Cuando niño, escuché mil cosas sobre la Revolución Mexicana en la escuela; siempre que se hablaba del tema a mi mente venían imágenes placenteras sobre la revuelta tan famosa: me imaginaba a un montón de charros sentados alrededor de una fogata, cantando corridos, tomando tequila y comiendo tostadas. Eventualmente los rancheros del jolgorio a la Coco (la de Pixar) se veían en la molesta necesidad de agarrarse a balazos con el ejército que defendía los intereses de un viejo bigotudo y autoritario, sin que esto les bajara la moral para seguir la fiesta en otra ocasión, a bordo de un tren, por ejemplo. Más grandecito, descubrí que antes y durante la matadera revolucionaria, hubo otro estilo de vida en México, uno mucho más refinado, de hombres trajeados y señoras copetonas, trenes, palacios y espectáculos de altura: obra suprema del viejo bigotudo, que se vino al traste por culpa de los rancheros amotinados. Hoy en día mis impresiones revolucionarias  no han cambiado mucho, sólo les agregué el final, uno muy aburrido por cierto: la lucha entre charros, dandis y soldados se acabó con la llegada del PRN –luego PRM, hoy PRI– para dar paso a la aburridísima y fallida institucionalización del Oeste Salvaje que era mi México revolucionario.

Parece que el sistema educativo mexicano, con su historia oficial a la Pixar, intenta dividir al pópulo tomando como criterio la admiración hacia determinados héroes nacionales, aunque en el fondo, todas las corrientes de adoradores de caudillos, presidentes y curas parecen buscar lo mismo: conciliar sobre quién podría poner orden en estos días caóticos. Los que piensan que después del borlote, sino la calma vendrá el progreso, seguramente son afines a Emiliano Zapata,y usarán al arrendador sureño como estandarte de lucha contra las injusticias que se cometan, principalmente, contra campesinos o indígenas, así como en exigencias estudiantiles o protestas en contra del regente en turno.

Por otra parte están los que añoran –sin conocer– los tiempos de Don Porfirio, pues últimamente el caudillo oaxaqueño ha resurgido de entre las cenizas de la mala fama como una figura entrañable por el supuesto bienestar que el país conoció bajo su mandato: de ahí que algunos pidan, medio en serio, que su cara aparezca en el presunto billete de dos mil pesos próximo a salir, o que hubiera sustituido a Benito Juárez en el recién salido de quinientos.Para mí, no hay a quién irle: la historia política de este país es un chiquero, y en todo caso, Díaz y Juárez compiten en silencio por el rol del verraco.


La novela histórica reciente y la biografía novelada han contribuido a enaltecer la figura de Don Porfirio de forma más notable que el cine o la música, pues el país se enamoró desde hace mucho (y el amor sigue vigente) de los corridos revolucionarios y el Indio Fernández se hizo (y nos hizo) de fama mundial con sus retratos románticos de la Revolución Mexicana, dejando a la figura de Díaz en la total oscuridad, y no por impopular, sino por ser un tirano afrancesado, que hasta se polveaba con arroz la cara para ocultar la mexicanidad.

Sobre consideraciones como las anteriores se forjó buena parte de la identidad mexicana moderna que odia a Díaz y que no logra superar los traumas de 1910, como no perdona los de 1519. Pero conforme avanza el tiempo y México continúa hundiéndose en males propios y ajenos, con el PRI (el milagro nacido de La Revuelta) como principal sepulturero, el eterno dictador empieza a resurgir de la cárcel de la infamia para encontrar su redención en las mentes de aquellos que claman por un presidente como él, trastorno que he bautizado con el nombre de mal de Don Susanito Peñafiel.

Se extrañan las épocas de Don Porfirio porque las imágenes del país bajo su mandato son más entrañables que las del México actual. ¡Y cómo no! Era más bonito ver gente de sombrerito y reloj de leontina paseándose entre carretones y columnas monolíticas, que un mercado de piratería o un tianguis de ropa moderno.Aunque la chantillización del país –pues a veces no logro distinguir la arquitectura porfiriana del decorado de un pastel– no debe ser el único motivo para echar de menos a Díaz. Los neoporfiristas surgen por un mandatario que imponga una disciplina tangible en el país y que regrese a México al panorama internacional con imagen de Estado creciente: fusilamientos, palacetes, cultura y bombines. ¡Sólo eso queremos, caray! La indiada a las cosas de indios, a las haciendas, los dandis a los salones y teatros de variedades, y los políticos, a perfumarse como franceses, como Dios manda.

Si algo tienen en común los dictadores –además de la apariencia de medallero móvil– es el talento para simular orden y bienestar. Valiéndose de los métodos más violentos e impronunciables, los Porfirios de la historia han conseguido hacerse de una fama retorcida. Resulta que en territorios desestabilizados por los liberales huevones en turno, los guerreros llegan a poner paz a punta de pistola para luego construir naciones funcionales, que algún cabrón revoltoso tirará abajo tarde que temprano; pasada la revuelta, la facción ganadora le habrá aprendido algo al negocio de la tiranía y establecerá un sistema parecido al del dictador derrocado, pero que se manejará, casi siempre, con la mano enguantada para disfrazar el asunto. ¡Así cómo no los vamos a extrañar!

¿Quién sino el PRI -y después sus hijos bastardos-va a ser más culpable de la añoranza por el porfiriato? ¿Qué tan mal hay que hacer el trabajo, para que la gente prefiera a un dictador que a la bola de presidentes que el pueblo de México ha elegido cada seis años, en aparente ejercicio democrático?

En medio de esta peligrosa inestabilidad, de la que nadie logra vislumbrar el fin, hemos comenzado a confundir conceptos, pues muchos de ellos son hoy fantasías o recuerdos muy distantes: la libertad, por ejemplo, el cuento favorito de muchos. Para los mexicanos, jodida está la gente de Cuba o Venezuela, pues si bien, nosotros somos una nación caótica, violenta e ingobernable, mínimo tenemos libertades que ellos no. ¿Cuáles? Pues es difícil decirlo. En México la libertad está atada a la capacidad adquisitiva del individuo. Somos una sociedad que se siente afortunada (¡y bien libre!) por poder comprar papel higiénico y M&M’s en un Walmart, pero que es incapaz de moverse con libertad de tránsito dentro del territorio nacional, pues hay lugares a donde no se puede ir porque te matan; república donde la gente que investiga facetas oscuras de la clase política, haciendo uso de la libertad de expresarse y de ejercer el oficio elegido, se tiene que esconder si no quiere amanecer muerta dentro de una bolsa de plástico. Así son las libertades a la mexicana, medio raras.

¿Y eso qué tiene que ver? Que en mi opinión, los adoradores de Don Porfirio, como quien confunde libertad con capacidad de consumo, ven orden en la opresión y progreso en la faramalla arquitectónica. De seguir así, Moreno Valle va a ser más extrañado que el propio Díaz. ¡Qué nostalgia me va a dar ver la rueda de la fortuna de Puebla cuando mi México se ponga bolivariano! Vamos a extrañar mucho al General M.V. y sus reprimendas a balazos ¡Ah, no! Que ni era general, ni eran balas reales, eran de goma…

Y bueno, volviendo al famoso papel moneda, que fue lo que me arrastró a escribir esto, por mí que pongan a quien quieran, que en los dineros ya hemos tenido a varios caudillos, caudillejos y a uno que otro héroe (que quede claro, jamás pretendí escribir una palabra procaz que rimara más con caudillejo).

Como va la cosa, no me sorprendería que a la brevedad aparezca por ahí un billete ambivalente, de cien y de cincuenta a la vez, que tenga por anverso al Che Guevara y al reverso a Jesús de Nazareth… ya se imaginarán al artífice del asunto.

En fin, que mientras no nos quiten a Sor Juana, o nos la degraden a las feas monedas metálicas –que te dejan la mano oliendo a tubo de camión–todo bien; ella sí que se merece su lugar, y por si fuera poco, en el billete que por asociación cromática se parece más al preciado dólar.