El Atlético rompe la hegemonía del gran dinero

Hacía 10 años que la liga española estaba convertida en abreviada disputa entre súper ricos, Real Madrid y Barcelona, dos solamente a la mesa y, a su exclusiva disposición, un banquete inaccesible al resto de la Primera División hispana. Como toda polarización de la desigualdad, al tiempo que fortalecía a los grandes debilitaba a los de abajo, en este caso a los otros 16 equipos. El triunfo o el fracaso eran cosa de dos, lo demás resultaba aleatorio.

No se crea que este fenómeno, típico del siglo XXI, se daba solamente en España, pero la capacidad monetaria y futbolística, su poder como marcas mundiales, hizo al Barça y al Madrid paradigma de lo que estaba sucediendo con el futbol en un mundo de fortunas irrefrenables y patética expansión de la pobreza. De esa poco advertida ignominia ha venido a rescatarlo, aunque sea simbólicamente, la coronación del Atlético de Madrid, equipo que llevaba 18 años sin ser campeón salvo de Segunda, pues en la temporada del cambio de siglo descendió de categoría y tuvo que luchar por recuperarla, por cierto de la mano de Luis Aragonés, cuya sombra ha servido de trasfondo sentimental para la hazaña colchonera. Ésta se concretó el sábado en la casa del Barcelona, al que le hubiera bastado ganar el partido para confirmar su supremacía. Empataron a uno, se mantuvo entre ambos una distancia de tres puntos (90 por 87 de culés y merengues, hermanados esta vez por la frustración).

 


El cholismo como emblema

 

Pero el aparente milagro rojiblanco tiene autor y rúbrica. La del argentino Pablo “Cholo” Simeone, uno de los que coronaron en la Liga y la Copa de 1995–96, y cuyo retorno para dirigir al Atlético fue saludado con moderado optimismo hace poco más de dos años, durante los cuales el antiguo volante del Vélez Sársfield obtuvo, antes de la liga, título máximo, la Europa League de 2012 –derrotando 3–1 en la final al Athlétic de Bilbao de Marelo Bielsa–, la Supercopa europea de ese año –sobre el Chelsea, al que acaba de desalojar de la Champions en semifinales– y la Copa del Rey de 2013 –hace justo un año, quebrando, 2–1 en la prórroga, una racha de más de una década sin que el Atlético le ganara al Madrid. La receta la conoce todo mundo, el “partido a partido”, repetido como mantra por “el Cholo” y asumido como jaculatoria para expulsar los malos espíritus por los cada día más numerosos conversos al cholismo, religión laica de la que, primero que nadie, son fervientes seguidores los propios jugadores rojiblancos.

Solo así se explica que el sábado hayan podido sobreponerse a las tempranas lesiones de Diego Costa (14’) y Arda Turen (21’), el goleador y el creativo, nada menos, de un equipo sin mucha creación, que fue acumulando puntos mediante victorias por marcadores apretados, a tono con la mediana capacidad de un plantel que hizo de una férrea y solidaria organización defensiva su especialidad, y del hispano brasileño Costa su arma más letal, el hombre capaz de romper, solo y su alma de goleador, las zarzas más espinosas que se interpusieran en su ruta hacia la meta adversaria. Pero, como cualquiera de los hombres del equipo, encarnando la lucha de todos en su correosa persona, para vencer, Diego Costa ha incurrido en esfuerzos sobrehumanos que, al final, le han pasado factura. Las últimas semanas, en las que el Atlético lentificó su marcha hacia el titulo de manera desesperante, han sido un calvario para su goleador, perseguido por la sobrecarga muscular y la propensión a romperse, tal como ocurrió el sábado en el Camp Nou.

Y ha sido precisamente bajo estas circunstancias, cuando la baja de Costa y algunas otras otras de menor peso parecían capaces de dar al traste con las aspiraciones del equipo, cuando el Atlético del Cholo Simeone ha dado su real dimensión: la de un grupo convencido de que el trabajo, la planeación y el esfuerzo asociado y minuciosamente planificado son más que el talento individual, por alto y decisorio que éste parezca.

 

Panorama impensado

 

La verdad es que, durante los últimos meses, el Barça había hecho hasta lo imposible por autodescartarse de la pelea por la liga, regando puntos a su paso con la misma constancia con que el Atlético cultivaba a fondo cada uno de los suyos, mientras el Real Madrid de Cristiano, Bale y Benzema evidenciaba una fuerza ofensiva quizá sin paralelo en el mundo. Y de pronto, un bache inesperado de los merengues y un aparente aumento de las dificultades de los colchoneros para puntuar conspiraron para situar a los azulgranas –con entrenador flagelado y dimitido, Messi en la luna, los seguidores resignados al síndrome de fin de ciclo que el conjunto culé destilaba por todos los poros– ante la perspectiva de retener el título de liga si conseguían vencer al Atlético –fatigado por fuera, pero entero por dentro–, en el desafío final, caprichosamente decretado por el calendario para la última jornada liguera.

 

A lo Aleti

 

Su hinchada es la más atípica y sufridora del futbol hispano, como bien refleja el himno del club, compuesto por Joaquín Sabina. Y el libreto del encuentro del sábado en Camp Nou hizo honor a esa fama. Porque a las lesiones de Costa y Turan que congelaron el alma rojiblanca sucedió el fantástico gol de Alexis Sánchez (33’), que no estaba en el partido –el Barsa continuó fiel a su libreto audestructivo y jugó para cualquier cosa excepto para ganar–; el 1–0 paralizó por unos minutos a los colchoneros y llegó a temerse lo peor, pero no tardarían en recuperar su gen más rebelde, el que opone más carácter, más esfuerzo solidario, más espíritu de lucha a la adversidad. Y en los últimos minutos del primer tiempo confinaron a los catalanes en su reducto.

El empate tardó muy poco en llegar. Tanto que fue casi un gol de vestidor, anotado por el uruguayo Diego Godín al cabecear de lleno un córner lanzado por Juanfrán desde la derecha (48’). El Atlético aprovechó la famosa debilidad azulgrana ante ejecuciones a balón parado, pero la sensación era que habría sido capaz de salirse con la suya por cualquier otra vía, comprobado el abismo entre la decisión puesta en cada lance por sus hombres y la pasividad e impotencia de los del Tata Martino para revertir la situación.

 

Quebrantahuesos

 

Si los 10 principales equipos de Europa llegan mermados al final de la temporada, por algo será. Si cada uno de ellos da cuenta de la quiebra física de sus algunas de sus principales figuras –Cristiano y Benzema el Madrid; Thiago Alcántara el Bayern; Valdés, Piqué y Neymar el Barça, Rooney y Van Persie el ManU; Vidal la Juve; Costa y Turan el Atlético, el Chelsea …– por algo será. Algo confirmatorio de la inhumana sobrecarga que pesa sobre los profesionales de un futbol cada vez más exigente, en lo físico y en lo psicológico. El futbol de nuestro tiempo, cada vez más industrial, cada vez como alejado de la lírica y la épica de la edad clásica de este deporte.

Y si no, ahí está ya la Copa Brasil 14, amenazando mediocridad sin freno desde antes de empezar.

 

Lo dicho, Pachuca llevaba mano

 

Sucedió lo que pocos esperaban: Pachuca pudo con León. Se habla de “emotivo encuentro”, “gran final”, “duelo entre colosos” y no sé cuántas zarandajas más. En el segundo tiempo, el cotejo se descosió. Fue un ida y vuelta constante y los Tuzos desnivelaron la balanza a su favor. Colaboró matosas, sacando casi al mismo tiempo a Magallón, Montes y Peña, la columna vertebral de su equipo, nada menos. No fue la única decisión extraña, pues Márquez, con sus intemperancias y manoteos al silbante, hizo hasta lo imposible para ganarse la expulsión. Pero el timorato de César Ramos permaneció tan impasible como cuando Damm fauleó al Chema Cárdenas en el área pachuqueña. En el duelo que por separado libraban Einer Loboa y Enner Valencia  –dos morenos de funambulesca habilidad–, venció el ecuatoriano, autor de dos goles decisivos frente a una zaga, eso sí, de alfeñique. Y hablando de yerros defensivos, el burdo autogol de Herrera, cerca del final, iba a mantener viva la llama de la esperanza para los leoneses. Ojitos Meza, con su audaz promoción de jóvenes en las últimas semanas –los Pizarro, Lozano, Villalpando, Damm…–, ha puesto en jaque al todavía campeón, cuya pesada gente del fondo no pudo con el atrevimiento de los ágiles pachuqueños.

Ha puesto porque, cuando escribo estas líneas, aún no se juega la revancha. Mas me sostengo en la idea que la casa matriz tuza terminará comiéndose a su sucursal verde. Son las delicias de la multipropiedad. Y que la publicrónica grite, mienta y enzalse a su gusto.

 

España, dueña de Europa

 

En Turín, el Sevilla le ganó la final de la Europa League al Benfica de Portugal. Fue un encuentro tenso y prolongado, con los lusos moviéndoles el balón a los hispalenses pero sin pizca de profundidad. En los lanzamientos de desempate, el arquero del Sevilla, adelantándose con descaro, eso sí, les contuvo  sus disparos a Cardozo y Rodrigo. Español éste y portugués el guardameta, para mayor ironía. El Sevilla, con Bacas, Mbia, Carrico y Gameiro como cañoneros, ganó la definición 4–2 y se llevó el trofeo.

Para ponerle sabor al caldo, los supersticiosos de costumbre recordaron la maldición magyar lanzada por Bela Guttmann, el entrenador que hace 53 años hizo al Benfica doble campeón de Europa (3–2 sobre el Barça en 1961 y 5–3 al Madrid en 1962), y que al ser despedido por el club sentenció que las Águilas lisboetas no volverían a ganar ningún torneo continental en 100 años. Desde entonces, el Benfica ha sido derrotado en cinco finales de la Copa de Campeones (1963, 65, 68, 88 y 90) y, con la del miércoles, tres veces por el título de la UEFA.

Como para poner a cavilar incluso a los no supersticiosos…

 

El la final de Lisboa

 

Se llenará de españoles el estadio Da Luz para la final entre los dos equipos madrileños, algo nunca visto esto de enfrentarse por la presea máxima de Europa dos oncenas de la misma ciudad. Aunque hay portugueses en ambos –Cristiano Ronaldo, Pepe y Coentrao en el Madrid, Thiago en el Atlético–, algo me dice que los lisboetas se inclinarán por Cristiano y los blancos, que buscan la décima para sus vitrinas y parten como favoritos, aunque tendrán en contra el impulso ganador de los de Simeone.

Éstos, sin Diego Costa ni Arda Turan, apuestan por una nueva hazaña. La que en definitiva los elevaría a la historia grande de una Copa que hace cuatro décadas acariciaron. Y, por lo que hace a los bienes perecederos de este mundo, al mismísimo paraíso terrenal.