El aprendiz de brujo

El nacionalismo mexicano tiene como uno de sus momentos fundamentales a la derrota de la intervención francesa. Curioso, pues los liberales derrotaron a los herederos de sus ideólogos. Aunque en realidad los franceses eran comandados por un socialista utópico de la monarquía de los Habsburgo.

La revolución mexicana se hizo contra la dictadura de uno de sus héroes en la lucha contra la intervención francesa. La inició un liberal: Madero, contra otro liberal: Díaz. Los liberales de Díaz no habían resuelto el problema de la relación del Estado con los pueblos y las comunidades indígenas (tampoco Madero). Pero la existencia de estos pueblos y comunidades les servía para justificar la dictadura pues según Díaz, el pueblo mexicano no estaba maduro para la democracia.

Los caudillos revolucionarios fueron nacionalistas y hasta cierto punto populistas, pero no demócratas. Justificaban la autoridad revolucionaria del Estado también en el atraso del pueblo y de los indígenas a los que se quería reivindicar. Tocaría a Calles institucionalizar la presidencia como la síntesis del caudillo de caudillos y a Cárdenas como jefe del Estado, el ejército, el partido, las corporaciones, los ejidos y esperanza de reivindicación de los indígenas.


Los burócratas institucionales, al servicio del capital acumulado al amparo de la revolución, eran nacionalistas y autoritarios. Tampoco eran demócratas. Ejercían la autoridad del Estado contra las ideas exóticas importadas del comunismo de la Unión Soviética.

Los neoliberales no fueron nacionalistas, ni demócratas. Pero su apertura al mundo los llevó a la aceptación pasiva de la democracia y la libertad política. Jamás se prepararon para la democracia. El momento fue propicio para la oposición política: el Partido Acción Nacional y el Partido Comunista Mexicano.

El PAN, liberal y demócrata (además de católico), fue arrasado por las clases medias y empresariales. Sus principios se doblegaron al oportunismo y al pragmatismo del ejercicio del poder cuando accedieron a él. El PCM olvidó su incipiente ideario demócrata en aras de sus alianzas con el nacionalismo revolucionario desechado por el neoliberalismo. No hubo evolución, ni del pensamiento cristiano-demócrata o social del PAN, ni del comunismo o la socialdemocracia de la izquierda.

Pasamos del autoritarismo a la democracia casi sin demócratas. Los viejos grupos y partidos del nacionalismo, el clericalismo, el militarismo, la masonería, el catolicismo, el comunismo, el socialismo, etcétera, se vieron en la necesidad de entrar al nuevo terreno de la contienda política dominado por el proceso electoral. Y como todos desconfiaban de todos, se construyó un sistema electoral tan sofisticado, que no lo tiene ni Obama.

Las nuevas generaciones de mexicanos se han educado en esta forma de hacer política que, de democracia, tiene sólo la formalidad, pero que no ha conquistado aún el ser de la sociedad.

La pobre democracia, andrajosa, sirve a todos pero nadie actúa consecuentemente para su fortalecimiento. En su lugar predomina la simulación. En ese ambiente y tras el fracaso del PAN para cambiar el sistema, en lugar de darse la alternancia por la otra opción, la de la izquierda, se dio nuevamente por un aparente centro pragmático, con el regreso del PRI. Pero los priístas regresaron con la espada desenvainada. Después de un principio espectacular, muy pronto se reveló por lo que regresaban: la corrupción de todo cuanto tocaban. Además confundieron la realidad con los ritos de su partido. Corruptos e incapaces de hacer frente a la violencia y la inseguridad crecientes, cayeron en el descrédito total.

Al calor de la simulación electoral, del fracaso de los gobiernos del PRI y de PAN y de la ola de corrupción, violencia e inseguridad, la indignación contra el sistema se manifestó en el conjunto de la sociedad y ha dado nueva vida a una especie que creíamos extinta pero que siempre ha estado ahí. Tampoco es demócrata, ni liberal. Le dicen populismo. El candidato se auto concibe como liberal social, aunque ha sido capaz de reunir en un solo afán a las más diversas ideologías. O mejor dicho, a los restos de esas diversas ideologías.

Amparado en una exigencia moral que jamás podrá cumplir, el movimiento busca regenerar el ser nacional con una consigna central: no a la corrupción. Emula a los caudillos del liberalismo triunfante y a uno que otro caudillo del nacionalismo revolucionario. Su programa político apunta para todos lados. Desde echar para atrás a las reformas estructurales, hasta construir miles de caminos vecinales con las manos del pueblo. Sin embargo, como no está estructurado teórica ni políticamente, ni se sostiene por una fuerza social coherente, el programa se vuelve un mazacote de ideas y propuestas y, dada la composición sociopolítica e ideológica del movimiento, vaya usted a saber cómo vaya a aterrizar esta propuesta.

La democracia podría unir a las fuerzas suficientes para sacar de su decadencia al país, además de fortalecer sus libertades. Pero como va a perder, su lugar lo ocupará el protagonismo del Presidente. Y de AMLO se dicen muchas cosas que no son ciertas. Que es comunista. Para nada. Que es liberal. Si cómo no. Que es populista. Ni siquiera. Que es un caudillo. Innegable. Me temo que además sólo es un aprendiz de brujo y que, desgraciadamente, si sabe en la que se está metiendo.

Hablando seriamente, ¿se puede saber a dónde va un movimiento que tiene el mismo número de miembros que están a favor de la mitad de las propuestas y el mismo número de los que están en contra? La respuesta, llena de confianza de sus afiliados, consiste en dotar al Presidente de todos los poderes para resolver los conflictos entre las partes. Algo muchos más complicado que el famoso fiel de la balanza.

En tales condiciones, ese “nuevo régimen” será presa fácil de los poderes que han gobernado a México en los últimos decenios: los poderes fácticos. Así, con la democracia más debilitada que nunca y la sociedad polarizada, los verdaderos triunfadores de la contienda, simuladamente democrática, seguirán siendo esos poderes.

Esperamos que se respete el resultado de las elecciones y que los factores nacionales e internacionales de la economía mundial seguirán cooperando, como han dicho, con cualquiera de los candidatos que gane la presidencia. Quizá incluso AMLO haga un llamado inicial a la reconciliación nacional. El problema estriba en las contradicciones de su propio movimiento y programa. Cuando se trate de resolver prácticamente las tensiones entre el echar para atrás les reformas estructurales o solamente revisarlas, del movimiento comenzarán a surgir las escobas que, incontenibles, harán cada cual a su manera la tarea supuestamente encomendada. ¿Podrá el propio aprendiz poner orden? ¿O tendrá que venir el viejo militarismo en su ayuda? Porque nadie más se ve con la fortaleza necesaria. Ni el nacionalismo, ni el clericalismo, ni el liberalismo, ni el socialismo, es decir, los viejos idearios de lo que hoy aparece como el panteón nacional de las ideologías. Cuando dicen que Morena es la mejor opción o incluso la única, la verdad lo que veo es al brujo y sus escobas. Y como las otras opciones fracasaron en el intento, pronto asistiremos al desfile de las escobas.