El alma de rodillas

Nunca lo había visto con tanta devoción ante imagen alguna, bueno, ante nada, porque es la primera vez que miro su devoción. Siempre lo escuché decir “mi dios”, y me daba a pensar que las palabras nombraban su sentimiento muy personal de lo sagrado sin estar plasmado en una efigie. Pero ese día me conmovió entrañablemente: lo miré persignarse con cuatro señales de la cruz: una sobre la frente, la segunda sobre la boca, la tercera sobre el pecho y la cuarta abarcando rostro y pecho, y acto seguido besar la cabeza de la escultura con tal fervor que, me sentí intrusa de un acto puro.

Me llamó para solicitarme que le explicara cómo se usa una computadora. Respondí que, aunque no soy experta lo haría con gusto. Me desplacé hacia sus oficinas. Me anunciaron y pidieron que pasara a su privado. Al abrir la puerta fue cuando vi esta escena que me hizo presencia este momento tan íntimo.

Me detuve en el quicio de la puerta. Él no me escuchó. Tampoco era mi intención distraerlo de su momento místico. Me contuve hasta que lo vi retirarse de la imagen y cuando se dio la media vuelta fue que lo saludé con respeto: “Buenos días”. Con su rostro satisfecho me saludó y señaló su computadora que estaba encima de una mesa para iniciar la instrucción. Saqué una libreta que especialmente había traído para apuntarle lo necesario e iniciamos con el “abc” del ordenador.


Después de dos horas me dijo que si podía ir otro día. Le señalé que sí, pero que tenía que practicar: “Es como aprender a manejar. Hay que practicar hasta que se haga automático.” Al levantarme para recoger mis cosas fue que me dijo que quería compartirme una escultura que recién le habían regalado: un Cristo sentado sobre el cruce de una cruz acostada sobre el suelo; sus heridos pies recogidos y sus manos entrelazadas y laceradas apoyadas en las rodillas. Del lado derecho sobre la cruz, cuatro clavos y, sobre el manto que sale de su cadera, sobre el suelo, la corona de espinas. Cristo está cabizbajo con mirada triste, pensativo…

Verla me impactó sobremanera. Mi amigo me dijo: “Mira, ¿qué te parece? Ha de pensar: ‘¡¿Qué hicieron estos hijos de la chingada?!’” Respondí: “Para mí es un: ‘¡¿Qué hice?!’” y otra persona ahí presente dijo; “Para mí es un: ‘¡Puta, ¿vamos a hacer esto?! Tiene cara de nervioso, como cuando vas al dentista y sabes qué va a pasar’”.

Soy librepensadora. No pertenezco a religión alguna y tengo mis reservas en referencia a las instituciones religiosas de los diferentes credos. Esta escultura me llevó a imaginar el momento sagrado del hombre Jesús, en un universo interior que nadie ha podido descifrar y que provoca que cualquier persona que la vea, sin importar la posición de su cuerpo, pone su alma de rodillas.