Dudas y certezas

Leyes hay, lo que falta es justicia.
Ernesto Mallo
Una exitosa política de concertacesiones para lograr la aprobación de sus reformas y una feroz campaña mediática pusieron al presidente Peña Nieto en los cuernos de la luna. Incluso los medios extranjeros se vieron afectados por la carismática galanura presidencial. Se le presentaba dentro y fuera del país como el gran reformador que volvería a poner a México en ruta de crecimiento y en los primeros planos de la política internacional.
Los problemas estructurales como el desempleo, bajos salarios, inflación, desigualdad, marginación, inseguridad, injusticia, corrupción e impunidad, seguían y siguen imperando en el país impidiendo su desarrollo, pero las “reformas estructurales” ganaron las primeras planas y los espacios estelares en la tele. Por enésima vez nos anunciaron el advenimiento al primer mundo, la modernidad y la dicha eterna.
Y por enésima ocasión la realidad demostró que a terca no hay quien le gane. Por eso siempre supera a la ficción. En unos cuantos días dos eventos estremecedores sacaron a la clase política de sus sueños de opio: la masacre de Tlatlaya, Estado de México, con saldo de doce personas asesinadas por personal del ejército; y el ataque a estudiantes de la escuela normal de Ayotzinapa, Guerrero, que costó la vida de 6 jóvenes, mandó decenas de heridos al hospital y la “desaparición” de 43 normalistas de quienes, a más de un mes de la tragedia, no se tiene información alguna.
¡Vivos se los llevaron y vivos los queremos! Gritan desesperados los padres y compañeros de los muchachos que a duras penas dejaban de ser niños. Al clamor se suman cada día más voces dentro y fuera del país. Nadie entiende por qué un Estado que gasta miles de millones de pesos en sus fuerzas armadas y cuerpos de seguridad, y otros tantos en presumir la solidez de sus instituciones, es incapaz de dar explicaciones y resultados.
Lo peor de todo es que cuando el gobierno balbucea algún avance o sugiere un compromiso, se tiende sobre ellos el manto oscuro de la duda. Cuando un gobierno carece de confianza y credibilidad por parte de sus gobernados, está en serio apuro y grave riesgo.
Tantos años de sobrellevar sus crisis dejando que el tiempo apacigüe los ánimos (cuando el lodo se seca se cae solito, aconsejaba el sabio “jefe” Diego a sus huestes panistas) han convertido a los gobernantes en unos cínicos sin remedio.
Por eso el presidente Peña no tuvo empacho en irse de gira llevándose hasta el peluquero de su mujer, dejando al pueblo llorando por los ausentes. No los que se fueron a China sino por los que no aparecen. No sé si aprovechó el viaje para estrenar el nuevo avión presidencial de 7 mil 500 millones de pesos, que pagaremos los mexicanos durante los próximos 15 años, espero que se haya quedado con las ganas para no aumentar la ofensa.
Porque mientras el presidente anda por el lejano oriente, las manifestaciones de protesta y exigencia de que se dé con el paradero de los normalistas se tornan cada vez más violentas y la crisis política se agudiza.
Y para colmo y desgracia del presidente, la periodista Carmen Aristegui, otra vez Carmen, que se ha convertido en un temible azote mediático, puso al descubierto una extraña trama relacionada con una casa ubicada en las Lomas de Chapultepec, valuada en 7 millones de dólares, en cuya propiedad está involucrada la familia presidencial.
La fría y lujosa “casa blanca” ha sido exhibida sin pudor por toda la red, lo que permitió a mi agudo amigo Enrique Condés reparar en que no tiene biblioteca ni libreros, un indicio más de que sí pertenece al presidente Peña.
Lo cierto es que todo el asunto despide el fétido humor de la corrupción. Involucra a Televisa, empresa que ha sostenido una inocultable y turbia relación con Peña Nieto desde sus tiempos de gobernador y aspirante a la presidencia. Relación que ha permitido a Televisa mantener y mantenerse a la cabeza del duopolio televisivo y ampliar sus perspectivas de negocio.
Ha puesto en evidencia, una vez más, que las famosas declaraciones patrimoniales son una vacilada, tanto, que la primera dama ni siquiera ha hecho la suya. Dicen que la ley no la obliga, lo que no hace sino confirmar la farsa. Lo cierto es que el presidente, su gabinete, la alta burocracia, sus cuates y familiares, suelen hacer riquezas inexplicables en seis años. Muchas veces de manera escandalosa pero da igual, nadie los molesta ni con el pétalo de una auditoría.
Y una de las maneras más comunes de hacerse con una buena lana, rápida y fácilmente, es la que se percibe en toda la operación “casa blanca”. Favores y contratos otorgados y pagados de mil maneras. Mañosas y misteriosas, pero siempre a la vista de quien quiere ver.
Podrán existir dudas respecto a las formas de hacer dinero, pero de que se puede tener certeza respecto de bienes y cuentas mal habidas, se puede. Lo que falta es que oficialmente alguien quiera y pueda investigar y sancionar a los malandrines. El pacto de impunidad está para impedirlo y periodistas como Aristegui para exhibirlo, denunciarlo y probarlo.
Cheiser: El País informa que el mercado inmobiliario estadounidense impuso otro récord. Acaba de poner en venta, por 157 millones de euros, la casa más cara de los Estados Unidos. Se trata del Palazzo di Amore, una mansión de aproximadamente 10 hectáreas, ubicada en las colinas de Beverly Hills, con vistas a los cañones de Los Ángeles y al Skyline de la ciudad que cuenta un viñedo propio. ¿La comprará un político o empresario mexicano?




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