Discriminación académica

La cinta El Hombre que Conocía el Infinito (2015) de Matt Brown, exhibe una diversidad de tópicos interesantes, pero principalmente me hizo reflexionar sobre la discriminación académica. La historia se centra en los años que pasó el matemático de origen hindú Srinivasa Aiyangar Ramanujan trabajando en la Universidad de Cambridge en Inglaterra con su “par”, el británico Godfrey Harold Harvey a principios del siglo XX, en el entorno de la Primera Guerra Mundial. Entrecomillé la palabra “par” debido a que le costó años ser contemplado por sus compañeros matemáticos de esa manera, como un igual, al menos en el ámbito académico. Sufrió discriminación en su vida cotidiana por su color de piel y en la academia por su origen. El asunto es que para los británicos era difícil de creer que una persona oriunda de sus colonias pudiera llegar a la genialidad sin haber estudiado y lo peor, sin hacerlo en una de las Universidades respetadas por los británicos en la época, como Oxford o Cambridge. Los británicos desde que se aventuraron a colonizar África, Oceanía o Asia vieron en esos otros a personas inferiores, no solamente por su raza, sino porque provenían de comunidades que distaban mucho de ser “civilizadas”. Ese eurocentrismo darwinista social lleva años manifestándose, aunque ahora a esa mentalidad de porquería se suma el mismo sentimiento, pero gringo. En muchos ámbitos que conozco, esto es incisivo, de manera que es casi imposible que extranjeros puedan sumarse hoy a los claustros de determinadas instituciones académicas del hemisferio norte, sean europeas o gabachas. Por tanto, raza y origen estarán indefectiblemente relacionados con niveles jerárquicos en determinadas instituciones. Lo sorprendente es que el caso de Ramanujan sucedió hace 100 años y muchas de estas condiciones continúan.

Para muestra, enumeraré algunas linduras que he escuchado o presenciado en la academia. Primero, escuché no sin sorpresa que unas alumnas francesas que vinieron a estudiar a la UAP de intercambio me comentaron que su universidad no les revalidaba un 10 en nuestra universidad, para ellos era un 8. Por supuesto, ellas me comentaron que los conocimientos y el nivel docente eran similares a los franceses, he inclusive mejor que ellos en algunas asignaturas. Para ellas eran tan complicado obtener una calificación sobresaliente en México como en Francia. No obstante, para estos países nosotros somos inferiores en todos los sentidos, pero en lo académico más. Escuché de una investigadora mexicana que colaboraba en una universidad gringa que era discriminada por sus superiores chinos precisamente porque no era china (¡!). Historias como estas se van repitiendo constantemente en el globo e incluso investigadores que estudian lo latinoamericano discriminan a los propios latinoamericanos. He escuchado de alemanes que trabajan en el ámbito automotriz que no requieren que nosotros les recomendemos metodologías o que tengamos con ellos intercambio tecnológico pues nosotros no tenemos nada que proponerles. Bueno, hasta he escuchado el término “tropicalizar” un procedimiento o metodología con lo que, aparentemente estaríamos adaptándolos a nuestras campechanas condiciones, unas donde el desparpajo, la verbena y el caos se anteponen al orden académico que, ellos piensan, ya por ser europeos o gringo traen. ¿Cómo le llamaríamos a lo contrario?, ¿a que los europeos asumieran una metodología nuestra, también la tropicalizan o la nordifican? ¿Se percatan de la auténtica estupidez del concepto? Es verdad que numerosos gobiernos de nuestro país han hecho de la corrupción toda una ciencia y que buena parte de los países latinoamericanos sufren del mismo flagelo; es cierto que existen muchos mexicanos y latinos holgazanes que lo único que hacen es vivir de los presupuestos con el menor esfuerzo y no proponen absolutamente nada al conocimiento; es muy cierto también que hay muchas universidades que han adoptado los modelos de otros países sin chistar asumiendo que porque vienen de otra parte son mejores y su equivocación nos ha llevado al lugar en el que nos encontramos actualmente en la educación en general en nuestro país. Sin embargo, hay que decir que nuestro sistema académico nada debe envidiar a otros.

La discriminación por academia no se queda solamente ahí, sino que es algo que asumimos a la perfección en el sistema superior mexicano. Para muchos, el estudiar en una universidad pública implica inferioridad; del otro lado del espectro, estudiar en una privada es sinónimo de éxito, de poder económico, de estatus y calidad. Los universitarios discriminan a los tecnológicos; los de ciencias naturales o exactas, a los de ciencias sociales y humanidades. Bueno, hasta he escuchado ahora discriminación por puntaje del examen de admisión en la UAP, es decir que trascendió que los estudiantes que ingresaron en agosto tuvieron mejores puntajes que los que entrarán en enero, lo que de alguna manera hace ver a los segundos inferiores a ojos de los primeros. Para los primeros, los segundos no “merecen” estar ahí pues no sacaron los puntajes pertinentes. Lo anterior es absurdo cuando vemos que los promedios y puntajes nada tienen que ver con el rendimiento final de un estudiante universitario. Como se ve, la pertinencia de la cinta es total.





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