Diles que no me maten

Parafraseando a los sabios: Nadie puede pensar y golpear a alguien al mismo tiempo.

Susan Sontag

 


Desde que Felipe del sagrado corazón de Jesús Calderón declaró su guerra contra los narcotraficantes se sabía que la cosa iba para peor. Cierto que los narcos controlaban (y lo siguen haciendo) importantes regiones del país y que la violencia había rebasado (y lo sigue haciendo) cualquier límite tolerable, pero tanto o más intolerable era (y es) que el gobierno se vuelva loquito.

Se contaba y se cuenta con la terrible experiencia colombiana y las conclusiones que los expertos han sacado al respecto. Era y es evidente la inevitable legalización de la producción, comercio y consumo de las drogas más demandadas, empezando por la mariguana, sobre todo por los importantes espacios que ha ido ganando en Estados Unidos –principal promotor del prohibicionismo– y en amplios sectores de la opinión publica mundial.

Se sabía y se sabe que cuando la violencia se combate con violencia y la ilegalidad con ilegalidad, se cae en una espiral infernal donde los malos siempre salen ganando, principalmente los productores y traficantes de armas, los lavadores de dinero (banqueros, financieros e inversionistas) y los funcionarios corruptos, que en México pululan por doquier.

En otras palabras, se contaba y se cuenta con información y experiencia suficientes para enfrentar los problemas del narcotráfico, la inseguridad y la violencia con políticas renovadas y exitosas.

Pero el listillo Calderón estaba ávido de legitimación, fama y fortuna; y se aventó como borras. Nunca sabremos a ciencia cierta cuántos recursos públicos se derrocharon en el capricho presidencial, pero tres cosas sí sabemos: que fueron estúpidamente cuantiosos; que no se fueron a la basura sino a las cuentas de algunos vivales, y que el negocio del narco sigue boyante y campante. Detrás de cada capo capturado (con las infaltables fanfarrias) hay una larga lista de espera. No problem.

Y con Peña Nieto lo único que ha variado es el manejo mediático. La presidencia ha disminuido su protagonismo en ese “tema” (palabrita que los políticos repiten como loros) y logrado que los grandes medios le dediquen menos espacios, sobre todo a las cifras de la matanza cotidiana, lo que no significa que hayan disminuido.

Si haces lo mismo el resultado es el mismo; no extraña, pues, que los narcos hayan profundizado su penetración en los organismos públicos y privados (como evidencian las producciones de La Tuta) y la violencia se expanda e involucre a mayores sectores de la indefensa sociedad mexicana.

No está claro si fueron narcos, policías o ambos quienes masacraron a los jovencitos de Iguala. Lo cierto es que los normalistas fueron víctimas de una violencia que se ha venido ejerciendo en su contra desde hace décadas. So pretexto de que son unos “revoltosos” (rebeldes sin causa les decían antes) los gobiernos los han mantenido acorralados y abandonados, sometidos a un linchamiento mediático constante.

La muerte absurda y dolorosa de estos muchachos se suma a la de tantos miles que, sin esperanza ni futuro, han sido desaparecidos del mapa de la vida. Nuestro pueblo ha padecido todo tipo de agravios y vejaciones desde tiempos de la conquista española. Pero también ha aprendido diversas formas de autodefensa.

Vale recordar aquel cuento de Edmundo Valadés, La Muerte tiene permiso, que narra las vicisitudes del pueblo de San Juan de las Manzanas, cuyo presidente municipal les ha arrebatado sus tierras, les ha dejado sin agua, asesinado a sus hijos y violado a sus hijas. Sus constantes denuncias han sido desoídas por las autoridades, cuya complicidad ensoberbece aún más al influyente munícipe.

Finalmente llevan su asunto a una asamblea donde las autoridades agrarias atienden los diversos problemas de las comunidades. Luego de exponer sus penurias solicitan permiso para hacerse justicia por su propia mano. Los funcionarios discuten. “Somos civilizados, tenemos instituciones y no podemos hacerlas de lado”, dice uno. “Sería justificar la barbarie, los actos fuera de la ley” dice otro. “¿Y qué peores actos fuera de la ley que los que ellos denuncian? Si a nosotros nos hubieran ofendido como los han ofendido a ellos; si a nosotros nos hubieran causado menos daños que los que les han hecho padecer, ya hubiéramos matado, ya hubiéramos olvidado una justicia que no interviene”, alega un tercero.

“Yo exijo que se someta a votación la propuesta. Yo pienso como usted, compañero pero estos tipos son muy ladinos, habría que averiguar la verdad. Además, no tenemos autoridad para conceder una petición como ésta”. Hasta que interviene al presidente. “Surge en él el hombre del campo. Su voz es inapelable. Será la asamblea la que decida. Yo asumo la responsabilidad”.

“Los que estén de acuerdo en que se les dé permiso para matar al presidente municipal, que levanten la mano… todos los brazos se tienden a lo alto. También las de los ingenieros. No hay una sola mano que no esté arriba, categóricamente aprobando. Cada dedo señala la muerte inmediata, directa”.

Entonces el representante de San Juan de las Manzanas dice con voz queda y clara: “Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el presidente municipal está difunto”.

Cheiser: Me declaro víctima indefensa de la arbitrariedad del gobernador Moreno Valle. Por su capricho de que todos los vehículos tengan placas azules y hagan propaganda subliminal a su partido, tendré que pagar miles de pesos por cambiar mis placas para darle gusto y poder usar el auto sin que lo lleven al corralón. Hasta que llegue otro gobierno, nos imponga otras con el color de su partido y nos saque otra lana. ¿Estado de Derecho? Jajá.

 




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