De profetas y profecías

El proceso electoral que concluyó hace ya casi dos semanas será recordado tanto por su magnitud (se eligieron más de 18 mil cargos en todo el país) y los resultados que, finalmente, pintaron a la República y a Puebla de guinda deslumbrante.

A lo largo del proceso electoral, AMLO concitó el temor y los presagios que pretendían hacernos creer que su candidatura y su movimiento no podían triunfar. Sin embargo, prácticamente ninguna de las hipótesis, conjeturas, pronósticos y corazonadas de los “expertos” politólogos (que también son “Expertos” directores técnicos de futbol), se verificó en la veleidosa realidad: el “puntero” no resistirá la guerra sucia, se desfondará en mayo, decían alzando la nariz; la votación se dividirá en tres tercios; la lucha entre Anaya y Meade es por el segundo lugar, pues quien se ubique en el tercer puesto declinará en favor del candidato que en junio esté mejor ubicado para enfrentar unidos a AMLO; el voto “útil” será determinante en los resultados; el bloque modernizador (PRI–PAN–PRD), se impondrá al populismo; un candidato “ciudadano”, así venga del Gabinete y haya sido un oscuro burócrata, además, logrará la unidad del PRI y será recibido con “emoción nacionalista” por el priísmo de base y atraerá los votos necesarios para el triunfo de la continuidad, además de garantizar la convergencia de los poderes fácticos en defensa de las reformas estructurales bajo acoso “populista”; la audacia de imponer un candidato “ciudadano”, sería recibida con entusiasmo democrático por la ciudadanía que, así, olvidará el peso corruptor del PRI, de manera que el neoliberalismo tiene garantizada su continuidad, incluso, amplias franjas del panismo social, desencantadas, exclamarán extasiadas: “Meade es de los nuestros”; la proliferación de “independientes” –especialmente Margarita Zavala, pero también El Bronco y Marichuy Patricio– pulverizarán el eventual “voto de castigo”; AMLO está enfermo y, así, hasta el infinito en cuyo horizonte estaba Venezuela.

Sin embargo, nada de los presupuestado ocurrió. La campaña iniciada a finales de marzo transcurrió sin que pasara nada: el puntero se fortalecía continuamente y su ventaja se acentuaba, el “joven Maravilla”, cuya visión de la ciencia se reduce a los celulares, se caía y el oscuro secretario “sin partido” no crecía. Las previsiones fueron contrariadas una a una. En los debates, que alguien vendió como democráticos, parecían más un examen profesional que presentación de propuestas y se pretendía que los candidatos supieron de todo y que sus respuestas de 90 segundos fueran profundas y “científicas”. Lo que sí lograron fue la convicción de que ni el exsecretario o el sobrevaluado queretano tenían forma y contendido de presidente. Al buen hombre “sin parido”, nadie le dijo que el autoelogio es vituperio y se proclamaba como el mejor de todos, cosa que terminó por contrariar la opinión de millones de mexicanos. Las encuestas no cambiaron los resultados, pero en la última y definitiva todo se pintó de guinda y AMLO logró el mayor consenso conocido en la historia del país. Y, ahora, a gobernar con todos y para todos.