De museos… a museos

El coleccionismo de objetos notables, desarrollado por personas pudientes, ilustradas y eventualmente viajeras, es indudablemente el origen de los museos de hoy en día. El propósito original que tenían los coleccionistas era mostrar los objetos que ellos consideraban preciosos y extraños a sus íntimos, para así compartir sus aficiones, pero también para mostrar su poder económico, su ilustración y poder concitar admiración y reconocimiento que les permitiera afirmar su prestigio social.

La existencia de los museos públicos en México corresponde a una tradición de más de doscientos años y surgieron, evidentemente, en la capital del virreinato para darle lustre a ésta y mostrar la incorporación del reino al concierto de las naciones civilizadas. Durante el siglo XIX se fundaron museos a lo largo del territorio de la nueva nación, pero fue en el siglo XX cuando el auge del museo como instrumento educativo derivó en el incremento del número de estos repositorios en los cuales se conservan conjuntos de objetos que se organizan con un propósito definido claramente y así surgen los museos temáticos que sustituyen a los museos–bazar, los cuales consistían en la exposición abigarrada de objetos “curiosos”.

Actualmente, los objetos expuestos y las exhibiciones museísticas tienen un propósito y su organización obedece a la elaboración de un guión científico y a su correspondiente, el guión museográfico, lo cual se debe a la existencia de especialistas preparados para generar información consistente, pero asequible y diseñar montajes adecuados para que los visitantes puedan apreciar las piezas o conjuntos de ellas y transmitir los mensajes deseados. Los viajeros interesados en conocer algunos de los aspectos culturales de los sitios que recorren, acuden a los museos como fuentes primarias de información, agregando a estas visitas la observación del paisaje natural y otros elementos culturales como la gastronomía, la vestimenta tradicional, el habla local, algunas costumbres manifiestas, la música vernácula, etcétera.


Zacatecas es el ejemplo de que los objetos valiosos que forman colecciones se deben mostrar con la debida información, tanto de los propios objetos, como del origen de la colección, del coleccionista, del donador y también del sitio que resguarda esa muestra, acudiendo solamente al uso de la tecnología cuando ésta ayuda a la mejor transmisión del sentido profundo de esos objetos. La tecnología, por más espectacular que se muestre nunca podrá sustituir la experiencia del observador acerca de los objetos que se exponen en un museo.

La tendencia actual de atiborrar de aparatos electrónicos los recintos museísticos revelan de parte de los promotores una pobre concepción de la cultura como espectáculo y por supuesto sospechamos que se trata de un gran negocio que permite “inflar” los presupuestos; pero nos damos cuenta que a corto plazo el mantenimiento de los aparatejos tecnológicos se convierte en un barril sin fondo que hace imposible su reemplazo o reparación y el museo acaba convirtiéndose en una colección de objetos valiosos que alternan con trebejos inservibles.

Las comparaciones, para que resulten válidas e instructivas, requieren de allegarse suficiente información acerca de las circunstancias que rodean a dos o más elementos a comparar, pero grosso modo puedo decir en el caso de los museos de Puebla y de Zacatecas –usando el saber popular– que “lo que es parejo no es chipotudo”; es decir, que los objetos se deben mostrar como los verdaderos protagonistas del museo o de la sala y que debo admitir, en nuestro caso, que el concepto de barroco que tienen los mandamases de Puebla es cierto: se trata de un retorcimiento de todo, de los presupuestos, de su cultura disneyana, del saqueo de los museos tradicionales y de sus retorcidos empeños y alardes de faraones tercermundistas.

¡Pobres musas que han sido tan manoseadas!