De gatos y de cínicos: razones para la depresión electoral

‘El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza’

Arturo Jauretche.

 


 

El gato Morris: diversión y tristeza.
El gato Morris: diversión y tristeza.

 

 

Las elecciones que hoy tienen lugar en Puebla no importan demasiado. Aunque deberían. Se eligen presidente municipales y diputados de mayoría relativa y no hay entusiasmo alguno. Antonio Tenorio Adame, excandidato del PRD a la gubernatura en 1994, dijo el mismo día 7 de julio que no creía en “los partidos estsblecidos” ni en las “coaliciones promiscuas”. Y remató el asunto en forma lapidaria: “Todo es un podredumbre. Así lo refleja el asesinato del exrector Samuel Malpica”. Entre muertos, acarreos y complicidades maliciosas, la jornada electoral del julio del 2013 sigue la misma ruta de desacople entre fantasías democráticas y realidades tenebrosas.

Virtudes de la transición fallida del 2000, toda idea de cambio (de élites, de política, de modelo) se ha ido por el caño de la historia. Poca gente cree ya que votar sirva para algo. Desde el quiebre del 2006, o la respuesta popular ante la cuestionada victora de Calderón sobre AMLO, una ponzoñosa relación entre el poder político y los votantes quedó establecida: Votes como votes, te chingas.

Las reacciones anarquizantes e infantiloides, desde el voto nulo al candigato Morris, solo evidencian que ante el fracaso de la política la gente se refugia en la antipolítica. Reacción natural pero anodina ante los representantes populares que no se preocupan demasiado por los votos anulados.

Pero sería demasiado fácil considerar que este laberinto de nuestra soledad tiene que ver solamente con la clase política, o la tan denostada partidocracia. Tiene que ver, diría yo, con el éxito del modelo de integración a Estados Unidos que ha compactado las filas del poder económico convirtiendo a la alta burguesía mexixana en la verdadera fuerza motriz  de este país.  El presidente ya no es el supremo árbitro de la vida nacional sino un tipo cada vez más irrelevante al servicio de los poderes fácticos. Los priístas son más duchos en poner orden en la selva de los intereses especiales pero los mexiquenses de Peña Nieto no se mueven ni un ápice de la sana doctrina neoliberal que debe terminar en la entrega total de los bienes de la nación al también sacrosanto sector privado.

El ciclo histórico que inició en 1988 está a punto de concluir y la visita de Obama en mayo del 2013  mostró cuan profunda e irreversible es la inserción-desaparición de los Estados Unidos Mexicanos en el conglomerado imperial. En el Museo de Antropología, con toda la parafernalia del entreguismo, el presidente norteamericano anunció nuevas ofensivas contra el socialismo latinoamericano, mientras los subordinados aplaudían su hueca retórica Ivy League. Y seguro se acuerdan que en el interín el virrey en turno aprovechaba la luz verde imperial para inventar y desarticular una red de conspiradores poblanos que  hablaban mal de él en Facebook.

 

 

Obama sermoneando a México

 

 

Entre el al “amigo americano” y al conseguidor español, todo aspirante a grillo mayor sabe que no hay proyecto de nación y que la única regla a seguir es hacerse de un patrimonio antes de dejar el cargo. La plaga de corrupción e impunidad que se abate sobre los estados de la república es la consecuencia natural de la correcta lectura de aquello que la iglesia llamaba “los signos de los tiempos”.

El problema no es, por tanto, la partidocracia en si sino el éxito del proyecto salinista en conjunto. Y la verdad sea dicha, gran parte de estas clases medias que hoy se quejan del desmadre nacional compraron las fantasías tecnocráticas. Su desgracia es haber creído que vender la nación les daría grandes beneficios. Visto que no es así, la autocrítica brilla por su ausencia y culpan de sus males a una clase política que se limita a seguir los dictados de los dueños de México. Mientras siguen aplaudiendo las reformas que nos destruyen.

Querían ser gringos. Y lo somos. No habrá cambio político en Estados Unidos porque solo hay un patrón. Que no se diga que en México no imitamos bien el modelo.  El resto de nuestras peculiaridades -pobreza, desigualdad y crimen- nunca se fue. Solo aumentó hasta volverse asfixiante.

Es lo malo de pactar con el diablo. No hay quien te salve de él…