De colores

El miedo colectivo estimula el instinto de manada, y tiende a producir ferocidad contra aquellos que no son considerados miembros de la manada.

Bertrand Russell

 


Sin pena ni gloria se conmemoró la semana pasada, 12 de octubre, el “descubrimiento de América”. Día de las américas, de la hispanidad, de la diversidad cultural y múltiples denominaciones que, eufemísticamente, ocultan el hecho verdadero, a saber: el comienzo de la invasión de los territorios americanos y el aplastamiento de los pueblos y culturas autóctonas por parte de las potencias europeas; España, Portugal, Inglaterra y Francia, principalmente.

Luego de que los conquistadores impusieron a sangre, sudor y lágrimas su lengua y su religión, a costa de millones de nativos sacrificados, no deja de sorprender que a esa fecha se le nombre, además, el día de la raza. No hay manera de aclarar cuál es la “raza” que se festeja.

Si de gusto se tratase, las razas nativas hubieran sido extinguidas por los conquistadores europeos, ya que ni siquiera se les consideraba como seres humanos. De hecho, en la parte norte del continente, donde las culturas autóctonas eran nómadas, el exterminio fue prácticamente “exitoso”.

El interés de los conquistadores y colonizadores, muy blanquitos y cristianos todos ellos, se concentraba en saquear las riquezas naturales –oro y plata primero– y apropiarse de las grandes extensiones territoriales de los pueblos originarios. Para el trabajo sucio ocuparían a los indígenas sobrevivientes y traerían a otras “razas menores” como los negros y amarillos.

Ya desde entonces las corrientes migratorias estaban regidas por las necesidades de mano de obra barata y el trabajo esclavizado. Hay infinidad de testimonios históricos y literarios que dibujan el terrorífico escenario de la lucha por la sobrevivencia en los territorios colonizados por los europeos.

Al término de la Primera Guerra Mundial se configura un nuevo mapa político y surge un invitado inesperado, el comunismo triunfante en la Revolución Rusa, pujante promotor de la revolución mundial. En Alemania, potencia derrotada y empobrecida, el arribo de comunistas y socialistas al poder, con un apoyo popular mayoritario, parecía inevitable. La oligarquía local, con el apoyo del capitalismo internacional, optó por el “mal menor” y encumbró a los nazis, con Hitler a la cabeza.

A sangre y fuego los nazis impusieron su dictadura, los comunistas y todos los opositores fueron brutalmente reprimidos. Para ganar la simpatía popular, que no tenían en las urnas, los nazis implementaron novedosas técnicas de propaganda política, promoviendo un nacionalismo exacerbado, basado en la supuesta superioridad racial de los arios.

El odio visceral contra otras razas y contra todas las minorías alcanzó niveles inconcebibles de aceptación social, con el silencio obligado de quienes no cedían al hechizo hitleriano.

El prometido imperio milenario se quedó bastante corto, por fortuna, y las potencias triunfantes se ensañaron, como ocurre siempre, con los vencidos y sus seguidores. Pero, como es sabido, las ideas perduran. Muere el perro pero no la rabia. Las décadas de la posguerra estuvieron marcadas por el racismo y la discriminación.

La segregación en Estados Unidos; el apartheid en Sudáfrica y Namibia; y el sionismo del naciente Estado de Israel, implantado en suelo palestino, son sólo ejemplos visibles de un sentimiento de superioridad racial profundamente arraigado en numerosas culturas que se consideran “pueblos elegidos” por un poder extraterrenal, que nadie conoce, por supuesto.

Lo que sí es muy terrenal y harto conocido, es el sistema capitalista que, basado en la explotación y la acumulación sin límites, produce y reproduce la pobreza con todas sus trágicas secuelas. La forma más antigua y brutal de discriminación.

Y en tiempos de crisis, como los actuales, cuando se buscan culpables con urgencia, los marginados y las minorías, resultan víctimas propiciatorias por excelencia.

Eso explica la fuerza con que han resurgido numerosas corrientes y organizaciones racistas en todo el mundo. En Europa y Estados Unidos, principalmente, los migrantes –provenientes de países invadidos, saqueados y empobrecidos por los gobiernos y empresas del “primer mundo”– son hostigados, con inaudita violencia en muchos casos, identificados como causantes de todos los males habidos y por haber.

Los hechos sangrientos vinculados al racismo y la migración se suceden con preocupante frecuencia, a pesar de las numerosas acciones y resoluciones que la comunidad internacional promueve y la fuerza de muchos movimientos antirracistas. Esta paradoja se explica por la gran hipocresía que subyace en los sectores oficiales y en la propia sociedad.

De dientes para afuera (casi) todos se pronuncian por la igualdad y los derechos humanos, pero a la hora de la verdad sale a relucir el pequeño führer que traen en el subconsciente. La diversidad, tolerancia, otredad, equidad e igualdad, entre tantas otras, son solo bellas palabras que adornan los discursos y documentos oficiales.

Los colores del arco iris son invisibles para el daltonismo racista y discriminador.

Cheiser: Vacío se queda el discurso “modernizador” de quienes promueven las reformas neoliberales, frente a la terca realidad. Los recientes casos de mujeres que han tenido que parir en el suelo, por no ser atendidas en los hospitales, exhiben las miserias del abandonado sistema de salud pública, otrora orgullo nacional. Ahí es donde la modernización y la inversión de recursos es urgente, pero como eso no deja ganancias… que se jodan los jodidos.