De aquí a la eternidad

Concluyó la temporada grande capitalina. 21 corridas entre octubre y febrero, con sus más y con sus menos, como todo en la vida. Pero, eso sí, con el post toro de lidia mexicano enseñorado de la escena y del escenario. Una presencia –la de este atribulado y tambaleante sucedáneo del toro de lidia auténtico–, que lo único que ha conseguido es un predominio cada vez mayor del encimismo y el alarde circense sobre el toreo puro, ¡inclusive en las faenas de rejones! Pues con la pérdida de codicia y repetitividad de los astados, y con la drástica reducción del número de sus embestidas y del espacio que éstas abarcan, las faenas –paradoja de paradojas– tiendan a hacerse interminables, el cite insistente y agobiante, el toro que termina rajado e inmóvil como común denominador.

De la faena terapéutica de los años 70 y 80 fuimos evolucionando rápidamente hacia la faena ruego, antesala de la no faena, donde seguramente se aclamará y declarará triunfador al espada capaz de arrancar una única acometida –o dos, tres cuando mucho– de bureles profundamente hundidos en su propio autismo, presas de un sopor cercano a la agonía.

Claro está que ese destino manifiesto podría revertirse, pero a condición de que quienes tienen el remedio en sus manos de verdad se lo propusieran. Algo que está por verse, pues aunque aún quede sangre brava en la cabaña nacional, los actuales protagonistas de nuestra autóctona versión de la tauromaquia están encantados con tal caricatura. Tan a gusto, taurinos y toreros, propios y ajenos, que no se recatan de decirlo.


 

Inutilidad de las estadísticas. Ante semejante panorama, los acostumbrados recuentos pierden peso y sentido. Tan dispar es el criterio de los jueces –y no sólo por divergencias en los gustos y apreciaciones personales; con frecuencia es un mismo juez el que, de una tarde a otra, modifica drásticamente los suyos–, que se antoja injusto dar el mismo valor a las orejas paseadas por un Saldívar, un Pizarro o un Jerónimo, pongamos por muy toreros casos, y las otorgadas por cuatro desplantes y un espadazo de fortuna… (aquí puede el lector poner los nombres que desee).

Se recordará, eso sí, el nombre de Joselito Adame como el del triunfador indiscutible de la temporada 2013–2014; el que por convicción, agallas, tenacidad y torerismo –y más allá de las ocho orejas cortadas, todos los quites recobrados y la mayoría de las faenas y estocadas señeras de la serie– está convertido ahora mismo en el mayor proyecto y esperanza de figura del siglo XXI mexicano. El torero que supo ilusionar de nuevo a la dormida afición, que ve en él a un dignísimo abanderado para los tiempos taurinos que se avecinan, con amenazas desde todos los frentes.

Incluido el interno, según hemos visto y comentado.

 

La corrida interminable. A cambio del toro y el toreo claudicantes, y del cúmulo de sensaciones y emociones perdidas, esta novedosa versión de la tauromaquia nos ha traído la corrida de cuatro horas, que fue lo que duraron, si no es que un poco más, las dos últimas de la recién concluida temporada grande (grande sobre todo en ese sentido). Ni falta hicieron en ambos casos los toritos de regalo –esa otra moda falsamente compensatoria–, pues el olvido del reloj por parte de los jueces, y de toda mesura torera por parte del espada en turno, han terminado por implantar lidias que bordean los treinta minutos, rompiendo con la tradición de un cuarto de hora por toro, lo que incluía puyazos y quites de verdad, antiguallas hoy en desuso.

 

Regla de oro. Si uno mira hacia otras artes de representación –teatro, cine, ballet, conciertos y recitales de música popular o culta–, la regla de oro en cuanto a duración del espectáculo se encuentra fijada desde tiempo inmemorial en torno a las dos horas. Es absurdo y hasta inhumano tener a la gente sentada en los duros graderíos de nuestros entrañables cosos taurinos por lapsos que duplican esa duración. Inclusive el futbol, que por algo es, de los deportes contemporáneos, el que mayor interés y pasiones suscita a escala mundial, reconoce en su reglamento la conveniencia de no alargar indefinidamente el desarrollo de los partidos.

Para alcanzar este discutible logro –festejos que van de las 4:30 de la tarde a las tantas de la noche–, la empresa capitalina ha innovado con la introducción de tiempos muertos que antes no se estilaban. Hoy, en la plaza México, entre el acto de partir plaza y el de dar suelta al primero de la tarde transcurren entre ocho y 10 minutos. Y otros tantos entre toro y toro.

Alguien dirá que, con el abandono de la fiesta por los jóvenes, la pululante tercera edad requiere visitas más frecuente a los sanitarios –que, por cierto, son de pena, nada que ver con los precios de las localidades–; otros agradecerán que esos lapsos cada vez más dilatados se dediquen a la interpretación de pasodobles por la magnífica banda de música –magnífica la banda y su repertorio, no la acústica de la Monumental, que nadie, ni empresa ni autoridades, ha hecho el menor intento por mejorar–. Pero una cosa es ir a los toros y otra asistir expresamente a un concierto. La olvidada tradición decía, y los programas de mano lo anunciaban, que el tiempo dedicado a la música sería de una hora, la previa al inicio de la corrida. Así, quien deseara alegrar el oído y disfrutar del ambiente sabía cómo organizar su horario personal en días de festejo.

Todo esto pueden parecer modificaciones insignificantes. Y no faltarán optimistas que lo aprecien como prueba de que la mudanza de ciertos usos y costumbres no afecta lo sustancial de una tradición. Pero no hay razones ni pretextos válidos si uno se detiene a analizar las repercusiones de estos caprichosos cambios, su nocivo efecto sobre el ritmo del espectáculo. Y, por supuesto, la falta de respeto al aficionado que representa el forzarlo a permanecer horas y horas en los incómodos graderíos, antes de tener que atravesar a deshoras nuestra conflictiva capital. Y luego nos quejamos de la pobreza de la mayoría de las entradas que se registraron en el embudo de la delegación Juárez. Que, por cierto, no se llenó ni una sola de las 21 tardes de la temporada. Ni con ases extranjeros en el cartel ni siquiera el 1 de diciembre, cuando por primera vez en el siglo XXI, se colmaron en casi tres cuartas partes el aforo de la Monumental al anuncio de una terna íntegramente mexicana.

Raya en el agua que, por supuesto, la empresa no se atrevió a repetir.

 

Paco de Lucía. En este 2014, la muerte parece tener prisa por dejarnos cada vez un poco más desolados e inermes. El pasado miércoles, los caprichosos compases del destino marcaron el latido final del generoso corazón de Paco de Lucía. Generoso, entre otras cosas, por los incopiables y ya irrecuperables acordes que sabía extraerle a la guitarra española, ese diálogo permanente entre tradición e innovación, creativamente trenzadas por el genio de Algeciras.

Lo conocimos en unas audiciones radiales, a dúo con el jazzista John McLuhin, y poco después en la película Carmen, de Carlos Saura, tan vinculada al tema taurino como lo está, indisolublemente, el flamenco en general. Toreo y flamenco, dos árboles nacidos de la misma raíz, regada con el agua y las salobres esencias de la tierra andaluza. Hubo privilegiados que pudimos escucharlo de cerca con arrobado deleite, y aplaudir la maravilla de su arte interpretativo en varias ocasiones, aunque no, lamentablemente, durante su más reciente gira por nuestro país. Un país –según acabamos de enterarnos con motivo de su deplorable deceso– al que Paco había elegido para su residencia de reposo familiar, la clase de oasis placentero y cálido que su música fue y será para nosotros. Porque artistas de esa dimensión no mueren nunca. Solamente se alejan, dejándonos lo más preciado de su legado artístico.

 

Toreo y flamenco, un vínculo indisoluble. El mismo día de su muerte, puse especial atención a un fragmento de cierta entrevista que Ricardo Rocha le hizo a De Lucía bastantes años ha. Y no resisto reproducir lo que allí expresó cuando, a insinuación del periodista, se animó a comparar al arte taurino con el suyo propio. Allí, el inmenso artista de la guitarra iba a desanudar el mito existente entre la técnica y el arte, cuya falsa oposición aclara con tanta sensibilidad como lucidez. Veamos.

“Desde pequeño, la guitarra fue mi pasión. Yo quería reivindicar el flamenco, tan despreciado por la sociedad española de aquel tiempo… Siendo la guitarra el eje de mi vida, mi técnica y mi estilo los fui desarrollando desde niño, sin saber bien a bien cómo… La técnica está en general mal vista porque se la considera enemiga del arte, algo frío y distante… Pero sin técnica no puede haber arte… La confrontación técnica contra arte carece de sentido… Es verdad que, para expresarse, el artista tiene que abandonarse a la inspiración… Pero para abandonarse uno y poder dar rienda suelta al duende, primero se tiene que dominar la técnica a tal grado que, en determinado momento, pueda olvidarse de ella y entregarse de lleno al arte…

Es como en el toreo, que los toreros demasiado técnicos nos parecen fríos… y sin embargo, tampoco vale el que se fía tanto de su arte que olvidó desarrollar antes la técnica… Por eso hay toreros que de 61 corridas se pasan 60 sin saber qué hacerles a los toros, pálidos de angustia, que es el síntoma principal del que carece de técnica y quiere dejarlo todo a la inspiración… Pero el verdadero artista, en el flamenco y en el toreo, es aquel que, una vez dominada la técnica, es capaz de utilizarla para decir algo propio, algo diferente… Y aquí sí que caben por igual toreros técnicos y toreros artistas, a condición de que tengan dentro un misterio que expresar… es decir, de hacer arte utilizando como vehículo su propio cuerpo, y al toro como la materia que debe moldearse… El arte, cualquier arte, cuenta siempre con un vehículo material que le permite expresarse, pero sólo le será posible llevar ese vehículo a buen puerto si antes es capaz de dominar todos los resortes y automatismos de la técnica, que es la madre del arte. En el toreo, en el flamenco y en todo lo demás del universo de la expresión estética.”

Sin comentarios.