David Jiménez: los pueblos originarios son presa de un extractivismo que roba sus saberes

Las comunidades originarias del país son presa también de un tipo de extractivismo cultural: aquel que es epistemológico y ontológico, y que significa el robo de los conocimientos, de las prácticas y las formas de ver el mundo y de relacionarse con él, que no son las occidentales.

En ello, reparó el biólogo David Jiménez Ramos, miembro de la asociación civil Altepetl, desarrollo comunitario productivo y ambiental, quien señaló que académicos y particulares acceden a estos conocimientos extrayéndolos, en una “apropiación indebida, llámese geopiratería, biopiratería o pillaje de conocimientos tradicionales”, con los que se apropian de los saberes comunitarios.

Como ejemplo de este robo, puso el caso de las empresas textiles, de marcas y/o diseñadores mexicanos y extranjeros que van a las comunidades, roban los diseños y descontextualizan sus elementos culturales.  “Los bordados chinantecos narran historias, pasajes del territorio y la cultura; igual en la Sierra Norte, en las prendas hay murales con alusiones a la naturaleza, a la mujer y a las narraciones de los pueblos. Cuando un externo se lleva a sus diseños y los pone en otra prenda los saca de contexto, los folcloriza, les quita el sentido cultural, los banaliza y lo peor es que niega e invisibiliza a las culturas indígenas”, señaló Jiménez Ramos.


El investigador refirió que un caso extremo es la marca Pineda Covalin, que “crea” diseños que usan elementos de la cultura indígena y los montan en la ropa de fábrica a altos costos exhibidos en lugares de alta plusvalía, en algo que “significa un robo descarado”.

Durante una entrevista previa a su participación en el foro La artesanía de los pueblos originarios como potencial de desarrollo económico, social, cultural y humano que organizó la Red binacional de mujeres Niu Matat Napawika, acotó que este extractivismo epistemológico y ontológico, es el robo del conocimiento y de la cosmovisión que están presentes en cada práctica social y cultural de los pueblos indígenas, lo que conlleva a la negación de las culturas desde lo occidental, comercializado y neoliberal en donde todo es susceptible de ser comercializado.

En ese sentido, David Jiménez mencionó que, dado su experiencia de trabajo con diferentes comunidades del país, se ha percatado que no existe una política cultural que proteja los saberes comunitarios, las prácticas y los objetos, eso que es el patrimonio cultural tangible e intangible. Agregó que más bien lo que existe son organismos “coyote”  –como las tiendas del Fondo nacional para el fomento de las artesanías– que compran a un costo menor las obras que luego revenden en un precio alto. Incluso, notó “proyectos” como el anunciado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia para crear una plataforma de proyección de saberes, una “fórmula” basada en registros y catálogos de artesanías, algo que no basta.

En el fondo, consideró el también miembro el Centro Universitario para la Participación Social de la UAP, el valorar la artesanía y las expresiones artísticas “pasa por el reconocimiento de los pueblos en sus derechos y en su cultura, que sean concebidos como sujetos de derechos jurídicos, para que puedan defenderse de los particulares”.

Refirió que en el ámbito internacional en países como Colombia, Panamá, Bolivia y Brasil se trabaja en registros que nacen en la comunidad y se llevan a los institutos de la propiedad intelectual no de manera particular sino colectiva. Añadió que dicha propuesta se inscribe en los convenios 169 de la OIT y el Convenio de diversidad biológica en su artículo 8J, que atañe a la preservación y cuidado del estado sobre el conocimiento tradicional.

El biólogo David Jiménez Agregó que derivado de ambos acuerdos nace el Protocolo biocultural comunitario, un documento que se gesta en la comunidad y expresa lo que quieren hacer éstas conforme a su historia, su territorio y su quehacer, siempre pensado como derecho colectivo o asociado a un territorio –lo que es la autodeterminación de los pueblos, según Los acuerdos de San Andrés–, para que los propios pueblos escriban su historia desde su propia mirada.