Cuatro campeones en pista

El Club Puebla de la Franja empata con un marcador 1-1 a las águilas del América en el partido correspondiente a la Jornada 16 de la Liga Mx.

La Fórmula 1 tiene eso: que una carrera aparentemente del montón, decidida a menos de medio minuto de haber empezado, se convierta en teatro de momentos de difícil olvido, de anécdotas sin cuento, de sensaciones paras todos los gustos y sabores. No en balde rodaban sobre el asfalto del AHR hasta cuatro pilotos que han sido campeones del mundo. Y uno que va que vuela para sumárseles. Y envuelto todo en un ambientazo.

Dramática largada. Todo ocurrió en un instante, quien haya pestañeado se lo perdió: de nuevo, Sebastian Vettel, principal aspirante al trono de Hamilton, tuvo problemas para sostener la pole ganada la víspera de manera sensacional, en el último suspiro de la Q3. El “Niño” Verstappen no detuvo su vertiginoso ascenso de las últimas fechas, y pese a que Vettel lo tocó en la curva 2 se fugó raudo, pisando el acelerador a fondo y dejando atrás todo un rifirrafe; porque Hamilton –que arrancó tercero– también adelantó al teutón y éste le pegó por detrás en la curva inmediata, reventándole el neumático trasero derecho . De modo que, mientras Valteri Bottas se lanzaba en persecución de Verstappen, –empresa ilusoria, como pronto se vio–, los dos que disputaban el título fueron a boxes, de donde volverían último y penúltimo.

Vettel vuela, Hamilton sufre. Cambiadas las llantas, Vettel y Hamilton iniciaron, desde atrás, la casi imposible remontada. Sólo que mientras el Ferrari respondía como bólido, el Mercedes sufrió lo indecible para entrar en ritmo. Los rebases de Vettel añadieron electricidad a una carrera que, allá adelante, invitaba al bostezo, con Verstappen cada vez más alejado de Bottas y éste de Ocón, que estuvo enorme pero al fin hubo de ceder al empuje del Ferrari de Kimi Raikkonen. Dos puestos por detrás de su coequipero rodaba Checo Pérez, con el canadiense Stroll entre ambos. Vettel seguía sumando vueltas rápidas y superando escollos. Ya estaba en los puntos, y pronto, los Force India cedían a su imparable empuje. Al final terminó cuarto, detrás de Raikkonen y delante de Ocon, Stroll y Pérez.


El asunto es que Vettel estaba peleando como fiera herida su última posibilidad de acotar distancias con el puntaje de Hamilton. Pero éste, aún en la cola, no se resignaba. Y, poco a poco, empezó a ascender puestos. A mitad de la prueba aún era 15º. Y sobre la vuelta 55, superaba a Felipe Massa (Williams) para entrar en los puntos. Pero faltaba lo mejor.

Duelo entre campeones. Asegurado el décimo puesto, Hamilton se lanzó sobre Fernando Alonso. Lo que siguió fue para grabarse. Ambos peleaban por ser novenos con tanta maestría como bravura, y durante la vuelta 58 se rozaron casi sin llegar a tocarse. Rueda a rueda, el asturiano se defendió como el campeón que fue, pese a la disparidad existente entre su McLaren y el Mercedes. Y cuando al fin cedió, tras angustiosa maniobra, y la dirección de su escudería le preguntó si procedía una reclamación a los comisarios, Alonso, rival antiguo y nada amistoso de Lewis, les respondió que no, que dejaran intacto aquel duelazo memorable, propio de la grandeza de la Fórmula 1. Que todo estaba en orden, y el lance de Hamilton había sido absolutamente legal.

Todo esto a pesar de tratarse de dos tipos que no se dirigen la palabra. Comportamiento de campeones. Y duelo, repito, para quedar grabado. En el video y en la historia.

El “Checo” Pérez. Objeto de gran acogida popular, apoyado incondicionalmente por un público festivo y ruidoso, el tapatío hizo una buena carrera, dentro de las limitaciones de su auto, y sin que esto implique el menor reproche a una escudería –Force India– que siendo de las de presupuesto más bajo, resulta ejemplar en todo sentido: en ingeniería, en disciplina e incluso en el acierto de contratar a dos pilotos excelentes. Mucho rato rodó en quinto lugar, resistiendo el asedio de Raikkonen. Al final, el ascenso imparable de Vettel lo relegando hasta el séptimo. No es mal lugar, y hay que recordar que a los volantes aztecas (Pedro Rodríguez y Moisés Solana) nunca se les fue bien corriendo en casa. El problema del Checo es que Esteban Ocón estuvo delante de él toda la carrera, y al terminar quinto, acortó la ventaja de Sergio a nueve puntos (92 contra 83). No parece probable que, al final de la ruta –faltan los GP de Brasil y Abu Dabhi–, el francés, debutante en F–1, logre superarlo. Pero…

Pero el desafío de Ocón para 2018 va en serio. A lo largo del último tercio del campeonato, el galo ha dominado claramente al mexicano, primer piloto de Force India. Y las posibilidades de que se interese por Checo alguna de las tres marcas grandes está cada vez más lejos.

Hamilton, campeón por cuarta vez. Al final, Lewis estaba exultante. Y hasta dio una vuelta olímpica al Foro Sol ondulando la bandera británica. Suma ya cuatro títulos en su palmarés (2008, 2014,2015 y 2017), mismos que ostenta Vettel (2010 a 2013). Y también, entre los años 80 y 90 del siglo pasado, el francés Alain Prost. A falta de un par de pruebas, la tabla del campeonato está así: Hamilton 333, Vettel 277, Bottas 262, Ricciardo 192, Raikkonen 178, Verstappen 148, Pérez 92, Ocón 83, Sáinz Jr. 40.

El campeonato de marcas ya lo tenía amarrado Mercedes desde hace varias semanas. La tabla marca 595 para la escudería de Sttutgard, 455 Ferrari, 340 Red Bull y 175 Force India. Un abismo las separa. Y ni hablar de las de más abajo. Les toca la calderilla.

Cuatro campeones y un monstruo en ciernes. Los monarcas son Hamilton y Vettel (con cuatro títulos cada cual), Fernando Alonso (2005 y 2006) y Kimi Raikkonen (2007).

El monstruito es un holandés de 20 años, nacido el 30 de septiembre de 1997. A esa edad ha ganado ya tres pruebas de F–1 y robado el GP de México 2017. Cuenta con todos los atributos para hacer historia grande como piloto de la categoría reina.

Un “nuevo” Puebla. Para la franja, Enrique Meza ha sido mano de santo. En vez del cuadro languideciente e inocuo de los últimos tiempos, los escasos asistentes al Cuauhtémoc se encontraron con un equipo revitalizado y con mando de partido, que pasito a paso fue triturando a Pumas hasta imponerle el marcador más abultado que recuerdo se hayan llevado de Puebla desde que apadrinaran aquel retorno a Primera de 1970, con empate a uno como resultado (goles de Juan Alvarado por la UNAM y Agustín “Botas” Pérez por el franjado conjunto debutante: naturalmente, a estadio pletórico).

Por segunda vez en el torneo, el visitante se encontró con un equipo dispuesto a hacer valer la localía con orden, paciencia y decisión, tres pilares sobre los cuales no se pasa fácilmente. Para ello, el “Ojitos” se valió de una alineación coherente, integrada por hombres imbuidos a fondo de su idea. Ayudó, claro, el desastre en que está convertido el felino del Pedregal de San Ángel, convertido en gato parraleño por una directiva nefasta, como a menudo suele ocurrir. El pegajoso y combativo Amione ha sido una pieza vital, como se vio tanto en el penalti convertido por Torres como en el definitivo gol de Acuña, al que proyectó sobre el área universitaria tras escapar en un palmo de tres adversarios.

En síntesis, que el Puebla da por fin la sensación de ser un equipo de futbol, no la murga destemplada de los últimos tiempos.

El peor Lobos. En cambio, lo de Aguascalientes fue penoso. Por encima del 5–0 –que pudo ser peor–, nunca se notó Lobos más vulnerable, desacertado e ingenuo, tal vez porque no se había encontrado, jugando de visitante, con un planteamiento como el que Nacho Ambriz le tendió al once de Rafa Puente luego del temprano tanto del paraguayo González (12’) que condicionó la posterior marcha del partido. Con un Necaxa que se hizo fuerte atrás y contragolpeó con tino implacable, sorprendiendo una y otra vez a un 11 partido en dos, sin contención visible y con su cuadro bajo abierto en canal y sin retorno.

Carlos González y Barragán consumaron sendos dobletes ante un Lucero abandonado a su suerte, y cerró la goleada el absurdo autogol de Cercado, que ilustra tristemente el agudo desconcierto e impotencia de una defensa prácticamente inexistente. Como el resto de un equipo que, ahora sí, pareció más de Segunda que nunca.

Mucho tendrá que hacer Puente del Río para recomponer esa máquina averiada, con vistas a la visita del líder Monterrey, el sábado. Y en el cierre de torneo contra el Puebla.

Jémez, en carne propia. Ahora que, para debacle, la de los “chicos” del Cruz Azul. Que el mismo sábado, jugando en casa, ligaron su cuarta derrota al hilo, esta vez ante el sólido, ya que no vistoso, Tigres (1–2). Antes el América, por segunda vez en el mes, había hurgado en esa herida (1–0), en octavos de la Copa MX. Tanta razón tuvo Paco Jémez al mencionar que ése no es ni puede llamarse un “equipo grande” que sus dirigentes deben estar por darle las más cumplidas gracias. Por participar de una decepción ya legendaria.

Ahora, el hispano conoce en carne propia el significado del verbo cruzazulear.