¿Cuánto quiere ganar usted?

Las instituciones pasan por tres períodos: el del servicio, el de los

privilegios y el del abuso.

René de Chateaubriand


 

La creciente desigualdad, que como plaga se ha expandido por todo el mundo, se va convirtiendo inexorablemente en la mayor amenaza para el sistema que la engendra. Aquí aplica el viejo adagio popular de no hay mal que dure 100 años ni mortal que lo aguante.

Las relaciones económicas, gracias a las reformas estructurales ordenadas desde el Consenso de Washington, se han convertido en una perversa maquinaria de donde emergen, por una puerta, una ridícula minoría de personas inmensamente ricas, y por otra, millones y millones de pobres.

Los impuestos y los salarios, mecanismos tradicionales del capitalismo para atemperar la explotación inherente al mismo, prácticamente han dejado de funcionar. En algunos países de manera legal, porque emiten leyes a conveniencia de las elites políticas y económicas. En otros de manera arbitraria, simplemente porque allí los poderosos hacen lo que les viene en gana.

México, que siempre se las arregla para crearse el peor escenario posible, navega entre las dos aguas. Si los hombres del poder no consiguen que se legisle a su favor, se las ingenian para eludir la legalidad. Cuando pierden arrebatan, como los meros machos.

Así, los trabajadores mexicanos padecen uno de los peores regímenes salariales del mundo, al tiempo que sus patrones engalanan las listas de Forbes. Cada vez que se levantan voces para exigir incrementos de sueldo, aparecen el petate y la mano del muerto. Que si la inflación, que la competitividad, que el desempleo, et al.

Antes solían usar a los chinos de parapeto para justificarse. Hoy el salario mínimo de los chinos es 18 por ciento superior al de los mexicanos, y el de Brasil 100 por ciento. Ya ni hablar de los países del “primer mundo”. Y siguen creciendo a tasas que aquí, ni en los guajiros sueños de los tecnócratas que “gobiernan” desde hace tres décadas.

El domingo, mientras los mexicanos veían la final del futbol, 77 por ciento de los suizos rechazaban en un referéndum el aumento del salario mínimo a 3 mil 200 euros en su país, que sería el más alto de Europa. No le hago la conversión para no deprimirlo más, pero sí le informo que la propuesta fue impulsada por socialistas y verdes para tratar de frenar la creciente desigualdad en Suiza.

Como la gran mayoría de suizos gana por arriba del mínimo, la rechazaron. Pero al hacerlo pasaron a joder a los más jodidos, principalmente a los migrantes que se ocupan de las tareas más despreciadas y peor remuneradas. La organización Mujeres Socialistas Suizas consideró que el rechazo “es una bofetada para las trabajadoras, que son las más afectadas por los bajos salarios”.

Pero al menos les queda el consuelo de que los ciudadanos fueron consultados para tomar una decisión tan importante. Acá los grupos poderosos se confabulan con legisladores y gobernantes para beneficiarse mutuamente, a espaldas y en contra de los ciudadanos.

A los trabajadores nadie les pregunta cuanto quieren ganar. La pregunta suena incluso bastante estúpida. Pero los empresarios y funcionarios sí deciden sus propios ingresos sin preguntar a nadie y eso no es solo estúpido sino indignante.

Para los diputados, senadores, regidores, presidentes municipales, gobernadores, jueces, magistrados y alta burocracia, los salarios mínimos y los tabuladores gubernamentales los tienen sin cuidado. Ellos, que son bordados a mano por la ídem de dios, nada tienen que ver con la chusma a la que dicen representar y servir. “Pendejos serían si no lo hicieran”, diría el ex marido de Martha Sahagún y padre de los finísimos hermanitos Bribiesca.

Nada tiene de extraño, entonces, que los sueldos de los próceres de la patria rebasen los 100 mil pesos hasta el infinito y más allá. Mientras el salario mínimo promedio no alcanza los 3 mil pesos.

No contentos con eso, no tienen llenadera, se asignan gastos de representación, vehículos, choferes, viáticos, bonos, seguros médicos, vales y cuanta cosa se les ocurra. Y cuando terminan sus periodos de gestión, se despachan con bonos de retiro y pensiones a discreción en monto y tiempo, sin importar su edad ni sus años de “servicio”, como exige la ley a los mexicanos comunes y corrientes.

Los escándalos al respecto son recurrentes y cada vez más insólitos. Pero como ellos son juez y parte no hay manera de frenar su avaricia y sus despropósitos. Para colmo, a manera de excusa, dicen que esas altas remuneraciones son para evitar que se corrompan. Hágame usted el fabrón cabor.

En primer lugar esa brillante hipótesis es indemostrable, lo que sí se puede demostrar es lo opuesto. Ni siquiera vale la pena mencionar ejemplos, no hay espacio que alcance. Y, por otra parte, según esa misma hipótesis, millones de mexicanos que sobreviven con sueldos y pensiones miserables, tendrían toda la justificación para asumir conductas corruptas, lo que formalizaría una realidad dolorosa pero cierta, que México es un país corrupto porque se tolera y auspicia la corrupción. Ups.

Cheiser: A propósito de conductas irrefrenables e insólitas, vaya escándalo mundial ha causado el pistolero gobernador Moreno Valle al ordenar a los legisladores aprobar una ley que autoriza a la policía el uso de armas de fuego en defensa de los intereses de la casta divina poblana. Qué país tan maravilloso.