Cuando nada interfería con la Fiesta

Se diría, según lo visto y vivido en las últimas semanas, que no hay enemigo peor para la marcha normal de la tauromaquia que un mundial de futbol. Y sin embargo, tal apreciación no concuerda con lo que ocurría en el pasado mientras transcurrían eventos tan multitudinarios y mediáticos como el propio Mundial o los Juegos Olímpicos. Y no me refiero a la prehistoria, sino a un pasado en el que la televisión nos tenía ya virtualmente secuestrados, y los taurófilos habíamos de ganarnos el pan de cada domingo yendo a la plaza. Vea usted si no.

México 68

Los Juegos, celebrados en nuestro DF entre el 12 y el 27 de octubre –tres domingos exactamente– no impidieron la celebración de las novilladas correspondientes a la habitual temporada veraniega. Y eso que Currito Rivera, el hallazgo mayor y sensación del año, había tomado ya la alternativa (Torreón, 15.09.68). Pero con Mario Sevilla, el portugués Óscar Rosmano y Arturo Ruiz Loredo –que obtuvo un gran triunfo y salió en hombros mientras en CU se clausuraba espectacularmente la Olimpiada–, tuvimos para pasarla de perlas en la México. Nunca se habló de suspender y sí mucho de toros. Y también de deportes, claro. Incluso del 2 de octubre, esa mancha mayor de nuestra historia.

México 70

Tampoco la fuerza del futbol –un mundial inolvidable, el de Pelé, Beckenbauer y Bobby Charlton, entre otros monstruos del balón– fue capaz de parar a la Fiesta en México. La temporada novilleril apenas despuntaba cuando el 31 de mayo empezó la danza del balón, pero el día de la final Brasil–Italia (21.06.70) se anunció un mano a mano esperadísimo, el de Manolo Martínez y Curro Rivera, que llenaría hasta los topes la Monumental, azulado su amplio graderío por hules de emergencia para protegernos de la lluvia, y animada por la concurrencia por visitantes futboleros de los países más diversos.


Argentina 78

Los eventos intermedios –JO de Alemania 72 y Montreal 76; Copa del Mundo Alemania 74– ni cosquillas le hicieron a la Fiesta, pese a que todos los partidos del mundial se transmitían por televisión abierta. Y la final (25.06.78) coincidió, incluso en horario, pues Argentina y Holanda jugaron tiempos extra, con la corrida que Alfonso Gaona programó para la México: Manolo, Eloy y José Antonio Gaona no llenaron la gran cazuela pero poco faltó. Ese año, la Copa del Mundo no coincidió con temporada chica porque la empresa lo dedicó a una desarticulada serie de festejos mayores.

España 82

Tampoco interrumpió este mundial –junio 13 a julio 8– la secuencia novilleril en la México, justo el año en que Valente Arellano conmocionara a la afición. Curiosamente, en España sí se retrajo la actividad taurina, aunque no faltara un festejo nocturno dedicado al mundial y sus visitantes. Lo torearon en Las Ventas los triunfadores del San Isidro anterior Joao Moura –rejoneador– y los matadores Julio Robles, Jorge Gutiérrez y Tomás Campuzano –éste en sustitución de Antoñete–, toros de Jandilla y El Campillo. Por cierto que en México pudimos ver esa corrida por televisión abierta con Pepe Alameda como narrador (26.06.82).

México 86

No la tuvo fácil Gaona porque el segundo mundial mexicano –el de Maradona y la mano de dios, el de la acrobacia de Negrete y los goles de Butragueño– coincidió con una de sus tardías temporadas grandes (mayo 31 a junio 29: cinco domingos de competencia abierta con el balón). Pero el hombre no se arrugó y las corridas siguieron, aún en horario futbolero, compitiendo con partidos programados de tarde y televisados en cadena nacional. Éstos fueron los carteles: junio 1, El Capea, Jorge Gutiérrez y Luis Fernando Sánchez (orejeado en su tarde de confirmación); junio 8: Antonio Lomelín, Capea y Jorge (ante un entradón); junio 15: Lomelín, Pepe Luis Vargas y César Pastor, y junio 22, cierre de la temporada con el rejoneador Jorge Hernández Andrés y los espadas Nimeño II, Pastor y Manolo Mejía. Hasta festejos modestos como los dos últimos reportaron decentes entradas, nada que ver con los impresionantes vacíos de los últimos tiempos.

Italia 90, EU 94 y Francia 98

Mundiales coincidentes ya con la nefasta gestión de Miguel Alemán y su operador de cabecera. Aun así, sendas temporadas novilleriles siguieron su curso, ciertamente en tono menor, pues si algo distinguió a dichos gestores del coso capitalino fue su desinterés por descubrir, apoyar y promover nuevos valores. Pero los mundiales, ampliamente difundidos por la televisión, que reconoce en ellos su veta dorada, no interrumpieron los festejos ni en la México ni en cosos del interior.

Siglo XXI

Al abandono de las novilladas por parte de las empresas se ha sumado, en comprensible correspondencia, el de su público antes habitual, que durante la presente centuria ha preferido cualquier otro motivo de esparcimiento al insulso discurrir de la fiesta otrora brava. Para más inri, las temporadas chicas –compuestas antes por más de 20 festejos– quedaron reducirlas al mínimo, y por lo menos en los cinco últimos mundiales (a partir de Corea–Japón 2002) se procuró que sus partidos no coincidieran con el anuncio de novillada alguna. Lo sorprendente es que esto siga sucediendo cuando el mal ya está hecho y prácticamente nadie se asoma en verano por las taquillas del coso de Insurgentes.

Equilibrios y desequilibrios

Que el ciudadano promedio encuentre mayores emociones en las hazañas de los ídolos futboleros y el caprichoso viaje de un balón que en los lances de la lidia merece un análisis que nos interpela directamente. Desde luego, tal cosa no habría sido factible si los mercachifles volcados hoy a la explotación mercantil y mediática del balompié no hubiesen olfateado a tiempo que alentaba ahí el embrión de una generosa fuente de ingresos que otros espectáculos, como el toreo, ya no le garantizaban a la gente.

En principio, el creciente auge del futbol abría dos caminos: el de la compatibilidad de ambas aficiones, si el hipotético cliente las aceptaba como parejamente atractivas, o el predominio de una sobre otra. Desde luego, no era una competencia pareja: siempre moverá más a pasiones fáciles la pugna directa que plantea el deporte que la simbólica que encierra la corrida. Y desde la mercadotecnia, son casi infinitas las posibilidades de potenciar el interés de la gente por el fut a través de exaltaciones patrioteras, apuestas a granel, venta de camisetas y demás parafernalia al uso. Lo cual explica su incontenible popularidad… pero no la caída en picada del interés por los toros.

Resignación o reacción

Ahora bien, ¿cómo contrarrestar  todas esas desventajas desde la trinchera de lo taurino? Emoción por emoción, me sigo quedando con las que me produce un arte al filo de la muerte, sin desconocer que el futbol puede alcanzar también, a su manera, niveles estéticos y emotivos sobresalientes. No siempre, desde luego, como tampoco la tauromaquia. Lo malo es que esos éxtasis, esporádicos pero impagables, se han ido evaporando a grandes pasos de las plazas de toros mientras en las canchas de futbol tiende a ocurrir lo contrario, no importa si más inducidos que reales. Y esto a pesar de que sigan teniendo un lugar en el corazón del taurófilo sensible y fiel gestas como las que hace semana y media acometieron en Algeciras José Tomás y Miguel Ángel Perera, por cierto que con muy poco eco en los medios, ya condicionados por años de ninguneo a la tauromaquia.

Pero, detalles al margen, la única manera de combatir tanto el silencio informativo como la indiferencia del público sería devolviéndole a la fiesta su sabor e incertidumbre naturales. Y esto sólo puede conseguirse con toros de verdad, gestas auténticas y arte genuino. La baraja taurina del presente no es nada deleznable, pero no pasa lo mismo con el elemento astado, cuya progresiva degeneración incluso ha dado lugar entre nosotros al deplorable post toro de lidia mexicano; y en España, a las usuales manifestaciones de hastío e impaciencia de públicos cada vez menos interesados en las peripecias de la lidia, aunque sigan acudiendo a los cosos así sea en cantidades preocupantemente bajas. Y con las empresas en pleno repliegue –aquí y allá– ante la embestida mediaticofutbolística.

Corolario

De manera que, aficionados, mejor dejarse de quejumbres y diatribas contra el Mundial, y pugnar porque la Fiesta recupere los valores éticos y estéticos que le fueron propios. Y que, cuando se presentan, no son comparables ni reemplazables por el futbol ni por ningún otro espectáculo.