¿Cuál problema, Christine?

Declaraciones incendiarias: Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global, hay que hacer algo ya, palabras de Christine Lagarde, directora ejecutiva del Fondo Monetario Internacional (FMI), en el marco del informe sobre la estabilidad financiera mundial, el pasado 11 de marzo del presente año.

Es cierto que los adultos mayores son cada vez más longevos, con buena salud, debido a que la ciencia y la tecnología médicas avanzan de tal manera que nos lo permiten. Es una contradicción que lo que en una rama se logra –ciencias de la salud– en otra –la economía mundial– pese.

En el ámbito de soluciones prácticas hay dos situaciones que han llamado mi atención y las aplaudo sonoramente. Ojalá las pudiéramos reproducir en nuestro país: la primera es que se hizo un preescolar en Seattle, Washington, en un campus que también es un hogar para 400 adultos mayores. Se llama Centro de Aprendizaje Intergeneracional.


En ese centro, cinco días a la semana, los niños y los residentes se juntan en una variedad de actividades previstas, como la música, la danza, el arte, el almuerzo, la narración o simplemente visitar. Está de más decir que los adultos mayores en los días de clases tienen una transformación completa en presencia de los niños.

Sabemos que el problema del envejecimiento en el mundo, aparte de ser un dolor de cabeza para FMI, habla de soledad y abandono que lleva a los ancianos a depresiones profundas, cuestión que eleva el índice de mortandad por cuestiones afectivas más que médicas.

Otra acción que se está llevando a cabo de similar dimensión sucede en el municipio de Deventer, en Holanda. Ahí hay una casa de retiro donde viven 160 adultos mayores en igualdad de circunstancias que en muchas partes del mundo: abandono, soledad y depresión. En esta casa decidieron hospedar gratuitamente a estudiantes a cambio de su ayuda para los adultos mayores, ayuda que consiste en que cada estudiante debe dedicar 30 horas de su semana a uno de los 160 ancianos, jugando cartas, cocinando, enseñándoles a usar internet o asistiendo al parque con ellos.

Estos modelos se podrían replicar sin problema en el mundo entero. Se requiere voluntad e imaginación. Es una excelente experiencia de vida para los tres grupos: ancianos, niños y jóvenes, y todos tienen su recompensa, en un esquema de ganar–ganar: por un lado los ancianos se sienten acompañados y queridos, recuperan una vida interior y de convivencia, y por el otro los niños y los jóvenes aprenden a tratar y asistir a las personas mayores y eso les enseña el ciclo de la vida, y la realidad de que algún día, si llegan a viejos, ellos necesitarán eso mismo que están dando.

¿Cuál problema, Christine?