Convicciones

Después del tercer debate y ya en la recta final para el 1 de julio, seguimos perdiendo enormemente en este proceso electoral. La arena del debate, símil perfecto para definir el “encuentro” del pasado martes, se caracterizó por ser el espacio de la estulticia, el chiste facilón, el ataque artero y la poca imaginación para presentar propuestas fuera de la descalificación. La verdad, es que los que de plano no ganamos nada fuimos los ciudadanos. Acaso, lo que se logró fue consolidar la preferencia que ya se tenía, lo que, eventualmente le dará el triunfo a AMLO. Los debates, los improperios, los desplantes jocosos –de todos, pero los del Bronco serán tendencia “memética” de aquí a un buen rato–, las descalificaciones, las denuncias de palabra y no de facto, todas estas fruslerías son la constante en unas elecciones sumamente importantes. Se sabía desde hacía años que el candidato seguro para estas elecciones sería AMLO. Entonces, ¿por qué los otros partidos no consiguieron mejores candidatos que un tecnócrata con dudosos resultados en su actuar o un joven empresario convertido en político caprichoso? Y ahora que se abren las candidaturas “ciudadanas e independientes”, ¿tenemos que conformarnos con el Bronco que, muy al principio, representó como Moderato una buena broma en su primer disco? Por supuesto, hoy ya no nos arranca sonrisa alguna, el tipo es un auténtico distractor que encantará a unos cuantos advenedizos que se la creen.

He de decir que difícilmente le regalaría mi voto al PRI o al PAN, ambos partidos que, por mucho, han dañado enormemente a nuestro país desde la presidencia, y en cualquiera de los gobiernos locales de los que hablemos. No simpatizo del todo con AMLO, pero me manifiesto como un militante de izquierda y para nada pienso que Anaya me represente. Dicha alianza del PRD y de Movimiento Ciudadano, merman su credibilidad de izquierda desde hace años. No, definitivamente no votaré por Anaya que, dicho sea de paso, no me proyecta ninguna confianza: me recuerda demasiado a esos jóvenes terribles dispuestos a todo para obtener ganancias monetarias y privilegios como Mouriño o Calderón mismo. Representan a esa élite empresarial y de “buena cuna” que se han comportado durante años en nuestro país como delincuentes de alto nivel. Por supuesto, tampoco estoy de acuerdo con la tecnocracia que se ha instalado en el poder desde los años 80 y que viene bien representada por Meade. México ya no necesita de políticas neoliberales y de personajes especializados en técnicas y procedimientos para terminar corrompiéndose al final amasando grandes fortunas desde el erario. Rolando Cordera y Carlos Tello lo exponen de esta manera en un artículo publicado en Nexos en 2010: “Lo que no se logró fue recuperar, ni con las reformas estructurales pro mercado ni con la democratización política, la senda perdida del crecimiento rápido y más o menos sostenido y tanto el PIB como la inversión, en los primeros nueve años del nuevo milenio, reportan desempeños mediocres. Y esto en el mejor de los casos. (…) La resultante inevitable de esta pauta de crecimiento ha sido la corrosión del mercado de trabajo, la afirmación del empleo informal como una forma de vida casi mayoritaria, el desempleo o el subempleo juvenil en masa y el incremento, al parecer imparable, de la emigración, que llegó en estos años a una cifra de alrededor de medio millón de mexicanos que cada año dejan el país para irse a Estados Unidos. Muchos estudios señalan que, en proporción creciente, los emigrantes son jóvenes urbanos con una escolaridad promedio superior a la media nacional. (…) El resultado es que el país pobre subsidia, a través de su gasto educativo, en salud y otras erogaciones públicas, al país más rico”. Meade es heredero claro, artífice y actor de esta falacia y cómplice vil del clima de violencia e inseguridad que vivimos desde el sexenio calderonista. También de las reformas estructurales que no nos han llevado al “buen” camino que anunciaron. No, por supuesto no votaré por él.

En un panel reciente de análisis del debate me enteré, no sin sorpresivo agrado, que un hombre como Germán Martínez, otrora presidente de Acción Nacional durante unos años del gobierno calderonista –y que renunció a ello después de varios conflictos con su propio partido y presidente–, acompaña ahora a AMLO en esta campaña. Él lo define en un largo artículo publicado también en Nexos así: “¿Por qué en Morena y no en el PAN? Porque creo más en la fidelidad a mis dudas, que en la lealtad a las certezas de los partidos. (…) El pluralismo mexicano tendrá un nuevo inmueble, quiero poner algunos de sus ladrillos. México tendrá un nuevo sistema de partidos después de la elección de 2018, quiero que tenga pinceladas o brochazos de ‘solidarismo’. Hubo intentos desde la derecha, ¿por qué no, ahora, desde la izquierda?” Conocí a Germán hace algunos años y me pareció un político honesto y de convicciones. Su gran pecado: ser panista. Pero eso ya se le quitó. No se trata ya de votar a favor o en contra de AMLO, se trata de tener algo de convicción: ¿en verdad les convence el proyecto priista, el panista y el de todos sus aliados? Si eso es así, voten por ellos; pero si lo que motiva su voto es el rechazo de AMLO, es momento que revisen sus convicciones. Yo quiero ser actor de cambio y lo hago día con día en mi trabajo, en mis escritos y en mi cátedra. Mi voto será una mera consecuencia de mis convicciones. ¿El de ustedes, lo motiva el circo del debate? Nuevamente, revisen sus convicciones.