El consumismo y la salud

El diccionario de la Real Academia Española define la palabra consumismo como una tendencia inmoderada a adquirir, gastar o dilapidar bienes, no siempre necesarios. Podemos deducir entonces que los individuos más propensos a caer en esta lamentable inmoralidad son los políticos, los empresarios, los banqueros o cualquier persona enriquecida en una forma exagerada.

Sin embargo, cuando uno piensa en qué es lo estrictamente necesario para vivir bien, inmediatamente caemos en una serie de pensamientos confusos con una cantidad de variables prácticamente infinitas. Hay gente de condición humilde que necesita tan poco para vivir feliz, que llega a brindarnos ejemplos no solamente conmovedores sino hasta aleccionadores. Contrariamente, hay gente tan rica, que lo único que poseen es dinero y adolecen de una falta total de sentido humanitario, caritativo o piadoso. Gente insensible que absurdamente ejemplifica su vida imaginando que mientras más consume, más feliz es.

Pero el problema es que la relación directa entre consumo y daño al medio ambiente es directamente proporcional, pues perjudica el equilibrio ecológico en todas las esferas, debido a la excesiva explotación de recursos naturales. Por otro lado, la preferencia de productos innecesarios o de sustitución fácil fabricados en otras regiones, desequilibra la “balanza comercial” bajo una competencia desleal; condición que percibimos cotidianamente bajo la verdadera invasión de productos chinos o de otros países que, con empresas “robotizadas”, abaten costos sin un adecuado control de calidad.


Esto también se refleja en un fenómeno social absurdo, pues la mayoría de los consumidores pertenecemos a un nivel socioeconómico muy inferior a los dueños de las compañías generadoras de objetos que son producto de consumismo. La influencia perversa, siniestra, deplorable y malévola de los medios masivos de comunicación como la televisión, incrementa los gastos en una forma innecesaria, con productos que si no son “milagrosos”o prodigiosos, son perfectos sustitutos de elementos naturales, que no solamente son menos saludables sino que son caros y generan basura inorgánica que impacta al medio ambiente.

Es así que las nuevas generaciones pierden gradualmente valores culturales y se someten a la resignada actitud de consumir más, en lugar de crecer intelectual y mentalmente, con la meta de formar a la larga, una capacidad de pensar de forma independiente, crítica, emancipada y libre de prejuicios.

La compra se convierte en un verdadero acto de locura, bajo el convencimiento de que en la actualidad un gasto es necesario, cuando antes era considerado un lujo. El auto nuevo; la comida rápida (no necesariamente sabrosa o nutritiva); la ropa que solamente puede usarse en una temporada, tanto por la moda como por el hecho de que rápidamente se deteriora; el celular con aparatos fotográficos de mayor nitidez; la música repetitiva, que idiotiza, cansa tan rápido que debe ser sustituida y muchas otras cosas que cualquiera puede percibir, nos hace pensar efectivamente que el consumismo resumido en la nueva cara de la sociedad denominada “Sociedad de consumo” representa una degradación humana, que definitivamente tiene un impacto en la salud mental y física de todos, aunque no lo queramos. El fenómeno de contracultura denominado El Buen Fin, simboliza la más absurda conducta de gasto innecesario.

Dicen los ingleses: Cash–rich, time poor (que podríamos traducir más o menos como “entre más dinero se gana, menos tiempo se tiene para gastarlo”); lo cierto es que urge recapitular en nuestra forma de vida y definitivamente aspirar a vivir mejor con menos, bajo la mística de que lo natural y sencillo, siempre será mejor que lo artificial y complicado.