Conservar lo humano

Yo quiero tener hijos. Gran parte de las cosas que hago personal y profesionalmente están en función de ello. Quiero ser padre, pero no me será posible en un país que me haga sentir este miedo. No consigo imaginar el vivir mi paternidad aterrado por el que puedan desaparecer a mis hijos de un día a otro; mucho menos sé cómo imaginar el enterarme de que para borrarlos intentaron reducir al mínimo su cuerpo, quemándolos y rompiendo sus huesos. ¿Sabrían quienes hicieron eso con los estudiantes de Ayotzinapa que la persona no está contenida en el cuerpo, sino en la relación que establece ésta con sus cercanos, por lo tanto en la memoria? ¿Sabrán los asesinos que para desaparecerlos no es suficiente con reducir a cenizas 43 cuerpos, sino que necesitan desaparecernos a todos?

Hace poco sentí en Colombia de manera ajena el ardor de una herida que no termina de cerrar. El periodo de guerra erosionó los tendones de la sociedad colombiana al grado de la desarticulación, algo manifiesto en el miedo, el desasosiego, la mala incertidumbre y la negativa incredulidad de su gente. A mi modo de ver las cosas, la herida colombiana tardará en sanar lo que tarden los niños y recién nacidos en crecer. Por ello, el ejemplo de ese país dispone en el horizonte mexicano un escenario de terror aborrecible. No es que crea en las estructuras predefinidas que se repiten históricamente, sino que vivir el presente colombiano me hizo temer la potencialidad de un futuro mexicano.

Por fortuna, hay un consuelo: esta indignación, extraviada en el sexenio pasado, que sin duda resonó contundentemente en las altas esferas gubernamentales y los puso a trabajar, es una apertura a la posibilidad de otro horizonte, distinto al que creo muchos tememos llegar. Esta indignación llegó incluso a la universidad en la que trabajo, la Universidad Nacional Autónoma de México, donde una insensible apatía se había generalizado los últimos 14 años. La discusión ahí ha girado sobre si es o no pertinente cerrar las instalaciones en un paro indefinido, discusión circunscrita –obviamente con una multiplicidad de matices de por medio– por dos polos opuestos: el de los habituales operadores y creyentes de las asambleas y el de los formales académicos que definen el paro como un contrasentido, aunque de fondo los mueve el deseo de no romper con su aséptico estado de bienestar, pues lo primero contra lo que levantan la voz es contra el paro y no en contra de lo ocurrido en Ayotzinapa.


A mí me gusta tener abierto el lugar social que frecuento y la posibilidad de dar mis clases porque es mi plaza de diálogo, pero prefiero la manifestación de la indignación, en cualquier versión. En ese sentido, mi deseo es no dejar de hacer ruido, ya sea en la posición de quienes buscamos inventar no sólo otras formas de protesta sino traducir éstas en transformación real o en la de los que sólo saben respetar la tradición de la asamblea. Creo que el código debe ser la indignación; no debemos perderla de aquí en adelante, no dejemos que la tristeza nos venza. La indignación puede ser la sobrevivencia de lo humano. La segunda mitad del siglo XX occidental vivió la crisis definitoria de lo humano; la literatura que naciera de los campos de concentración nazi respondió a la pregunta con el suicidio: si nuestra vida está en manos de otros, al menos nos haremos dueños de nuestra muerte. Intentemos mantenernos dueños de nuestras vidas frente a esta realidad que duele.