Con la dignidad escondida

Con los senos expuestos y la dignidad escondida, Arazely encendió la cámara de su computadora. Era la hora adecuada para hablar con hombre que desde el otro lado de la frontera, le prometía una vida próspera a ella y a sus dos hijos que dormían plácidamente en la misma cama que su abuela.

“Tienes un cuerpo maravilloso”, atina a decir el hombre rubio con ese acento que delata su origen gringo. Ella sonríe mientras inclina la cámara hacia su escote con sutil coquetería.

El gringo pide más y ella le da más. Con la cabeza puesta en una vida nueva en Estados Unidos, ella desde Perú, se desnuda ante la cámara, mientras él, con la hombría enardecida, sonríe prometiendo más y mejores cosas. Es un juego de dar y recibir… todo a distancia.


Los mensajes del gringo se tornan cada vez más serios. Ya compró un boleto de avión para ir a visitarla. Pasará con ella un par de semanas en Lima para conocer a sus hijos y a su familia; la cosa se torna muy formal. Arazely a partir de entonces, duerme a sus hijos más temprano para tener más tiempo ante la cámara.

“Tienes una boca hermosa“, susurraba el gringo en el micrófono de la computadora.

La fecha del viaje se acercaba. Arazely pronto conocería al hombre que ya sentía suyo. Sus amigas festejaban su suerte y también se atrevieron a publicar sus fotografías en la página de encuentros por Internet, donde esperan ser tan afortunadas como la madre soltera de ingresos inestables.

Y entre más cercana la fecha, más íntimas las conversaciones entre los dos amantes a distancia.

El gringo llegó finalmente al aeropuerto de Lima donde es recibido por Arazely quien tardó más de dos horas en colocarse las extensiones de cabello falso y las pestañas postizas. Después de un largo y profundo beso, los dos desconocidos que fingen ser conocidos, se fueron a la habitación del hotel para conocer las partes íntimas que ya se conocían de memoria. Los niños dormían con su abuela.

Ella disfrutaba ser guía de turistas en su tierra. El gringo, con cámara en mano, escuchaba interesado las descripciones de joven que cada día que pasa, sentía mayor certeza de que había encontrado al hombre de su vida. La familia lo recibió, todos celebraban el acento gracioso del fuereño y se divertían con los juguetes que regaló a los niños. “Parece que es hombre rico“, le dijo su madre a la orgullosa Arazely mientras servían los platos de la cena.

El Facebook ya estaba atiborrado de fotografías y pensamientos con los que aseguraba ella ser la mujer más feliz del mundo y que pronto se tendría que despedir de su amado país para irse a otra tierra con el hombre que amaba. El gringo no decía nada, no escribía nada.

Y entre más cercana la fecha de la despedida, menos íntimas las conversaciones.

El gringo preparó la maleta. Arazely, que ya no sentía la necesidad de usar extensiones de cabello falso ni maquillaje excesivo, recibió como regalo 300 dólares para sus niños.

Antes de irse, la pareja se abrazó en el aeropuerto y ella lo tomó de las manos. Él le prometió que pronto regresaría a Lima. Arazely le creyó, hasta que miró con detenimiento sus manos y vió una  marca en el dedo anular del gringo. Eso, solo eso necesitó para saber que no lo volvería a ver, pero no dijo una sola palabra.

Volvió pues a casa, con las ilusiones derrumbadas, con 300 dólares en el bolsillo y una cámara fotográfica repleta de recuerdos.

Con mucho cuidado, ella abrió la puerta de su casa, sus hijos estaban durmiendo. Encendió la computadora y con tristeza, empezó a escudriñar entre las redes sociales en busca de una pista que la ayudara a entender quién, por qué, cuándo, dónde… y así descubrió que el gringo era casado. Arazely entonces, inhaló profundo y exhaló con lágrimas. Borró todas sus fotografías y los mensajes en los que se presumía casi esposa de un extranjero. Volvió a exhalar lágrimas, y de nuevo, abrió su página de encuentros por Internet en busca de un buen amor.

Esa misma noche, ella desde Lima, encontró nuevos prospectos que le devolvieron la sonrisa, esta vez en Europa. Y mientras sus hijos dormían, encendía de nuevo su cámara mientras se ponía lápiz labial y se ajustaba el escote.