COMPARTIR LOS DONES

Por Cihuacoatl3

El miércoles pasado, Doña Imelda-comunera del Municipio de CheránK’eri -nos acompañó en una cena que hicimos varias compañeras de distintas experiencias organizativas. Queríamos conocerla, saber de su voz, de susvivencias en la lucha. La pregunta no tardó en surgir: ¿cómo ha sido el proceso organizativo en Cherán? Sentada entre nosotras, en su vestido de manta bordada y un rebozo blancos, doña Imelda inició una narración de historias hilvanadas, de presentes y pasados continuos.

Nos contó qué trabajos ha realizado, por gusto y por necesidad. Doña Imelda elaboraba artesanías que por su calidad y belleza lograba vender de inmediato pero, por problemas de salud, tuvo que dejar. Cuando se sintió mejor y quiso regresar a sus actividades, ya había otras dos mujeres vendiendo lo mismo que ella. Entonces empezó a bordar paños y carpetas pero, de nueva cuenta, tuvo que ausentarse. Cuando regresó, ya había otras tantas mujeres que vendían lo mismo, por lo que decidió elaborar dulces y, tiempo después, preparar y vender comida.


-Hay que ponerle sal y pimienta a las cosas para que salgan bien. Las mujeres somos buenas para eso,- dijo.

Doña Imelda no se preocupaba por tener que cambiar de actividad pues reconoce y agradece ser una mujer bendecida con muchos dones. Ella pedía por el bienestar de las otras mujeres que también estaban vendiendo, que también estaban luchando por salir adelante.

Minutos más tarde, sin detener el hilo de la conversación, respondió a la pregunta que le hicimos minutos atrás. Nos contó que previo al levantamiento del pueblo en defensa de Cherán, pasaban hasta ochenta camiones cargados de madera del monte, al día. Estaban acabando con el bosque; el paisaje y el ecosistema empezaban a cambiar, los ojos de agua empezaban a morir.

– Después de los árboles siguen las mujeres –parafrasea doña Imelda las amenazas de los malos -. Ellos empezaron a acosar a las mujeres, a tocarlas… fue cuando decidimos que no podíamos tolerarlo más y nos organizamos. Gracias a la defensa del bosque, la naturaleza nos está recompensando, los ojos de agua están volviendo a nacer.

Las historias se sucedían en vaivenes de experiencias. Nosotras escuchábamos con labios en sonrisa, con mucha admiración. A mí me asombraba mucho la capacidad de cambio de doña Imelda, su valentía, su audacia, pero quería saber más, quería saber cómo había sido el levantamiento de las mujeres de CheránK’eri, -porque fueron ellas las que iniciaron la organización en la comunidad, ¿no?

Doña Imelda ahora platicaba sobre la trascendencia que tuvo el evangelio en su vida; de cómo el dolor que sentía se mitigó al recibir la palabra de dios, de cómo ese encuentro espiritual la llevó a ser otra mujer.  Tiempo después empezó a visitar las casas de sus vecinos, a “llevarles la voz”. A raíz de esas visitas compartió palabras, recogió experiencias y atestiguó cómo ella y la gente de la iglesia se organizaban, cómo la propia comunidad mejoraba las condiciones de vida. Aprendió de los y las otras, de los de edades diferentes, de las historias diversas.

Admiré profundamente a esa mujer pero, al no profundizar en los detalles que yo quería escuchar, -en un vicio de esquematizar y sistematizar la experiencia contada por doña Imelda-, su relato no me llegaba. A mí no me interesaba conocer sobre la palabra de dios, mucho menos sobre los evangelistas. Yo quería conocer más del proceso organizativo:–Pero, ¿qué hay de las barricadas, de las fogatas, de la organización de la resistencia? ¿Cómo participó usted? -me preguntaba.

Con ojos sonrientes a pesar del cansancio de una jornada llena de actividades, doña Imelda transcurrió en un relato vívido, en el que nos compartió sus saberes sobre las yerbas de su comunidad, sobre cómo curar con plantas; nos habló de cuánto aprende de los niños y de sus ganas de conocer el mundo, de su capacidad de seguir jugando y de reír; nos contó que las risas alargan la vida. Hablaba de lo estacional con sabiduría ancestral, de los tiempos para sembrar y para cosechar, de la juventud y la vejez como estadios naturales en el proceso de la vida, de los ciclos.

– Nunca se deja de aprender pero el conocimiento es para compartirlo, si no, ¿para qué? Hay que compartir los dones -dijo.

Doña Imelda prosiguió su lírica, como ella dice, ahora con un cuento:  Un campesino tenía una parcela en la que, aseguraba, existía un tesoro. El hombre cuidaba ir ocupando cada extensión del terreno, cada pedacito, con diversos cultivos y no se cansaba de decirle a sus hijos que ahí, en esas tierras, yacía un tesoro. Ellos le preguntaban una y otra vez dónde se encontraba, pero el padre siempre evadía la pregunta diciendo que en su momento lo sabrían. Llegó el día en que el campesino, siendo ya anciano, les reveló dónde estaba el tesoro. El tesoro era su tierra, ella por sí misma constituía la riqueza de la que les había hablado.

– Tenemos que pedirle perdón a la naturaleza por todo lo que le hemos hecho, -sentenció doña Imelda.

Se hacía noche y pronto todas tendríamos que partir. Sin embargo, no quería irme sin antes hacer una última pregunta, una pregunta de esas que –una se piensa- propiciarán una respuesta “taquillera”, una que fuera dirigida específicamente al grupo de mujeres con las que estaba hablando: Doña Imelda, ¿cuál es el tesoroque usted guarda de esos momentos de organización; qué tesoro de la lucha queda en su memoria? Mi pregunta, además, ya tenía asignada una respuesta en mi cabeza. Seguramente –pensé–, nos contará de las relaciones tejidas con otras mujeres, del apoyo entre ellas, del impulso y participación de las mujeres para la construcción de una política otra, de una política más en femenino.

– El tesoro que guardo es haber aprendido de toda la gente con la que conviví. Aprendí de los jóvenes, de los viejos, de las mujeres, de los niños. Siempre, todos los días aprendí algo nuevo.

Al otro día, doña Imelda y el compañero José, también comunero de CheránK’eri, participaron en un foro sobre autonomía y emancipación en la UNAM. Ahí volvieron a compartir su palabra, una palabra cargada de sentidos y significantes que no requiere de academias ni teorías, porque se genera desde la práctica misma. Una palabra cargada del reconocimiento del otro, del respeto por la diferencia. Palabra que en su construcción de lo común va aprendiendo de cada experiencia con hombres y mujeres, con mujeres y hombres jóvenes y viejos, con la naturaleza, con el universo.

-Nosotros miramos a las estrellas. Ellas nunca están en el mismo lugar, y si hay menos estrellas en el cielo es porque algo malo va a pasar.

Fue hasta ese segundo día que, para mí, lo dicho cobró cuerpo y textura, rostros y tiempo. Comprendí que toda esa cotidianidad, ricamente relatada y compartida, es la propia lucha. Doña Imelda, con su palabra sencilla, hecha de la práctica, del encuentro y del aprendizaje, rompió mis inercias a encuadrar un proceso tan diverso y vivo, tan humano, en las prisiones de la categorización.

Gracias doña Imelda por compartir los dones.

 

Twitter: @cihuacoatl3