Cinco horas y media

El lunes salimos del DF a las 22 horas y llegamos a Puebla a las 3:30 am, desde luego. Desde los aparatos móviles, los pasajeros leíamos en los tuits de Capufe que “la autopista estaba tomada por una manifestación”, y respuestas indignadas de los ciudadanos. ¡¿Cómo, a medianoche?!, nos preguntábamos, a sabiendas de que era mentira, que lo que ocurría era que,  una vez más, el tristemente célebre canal de La Compañía había sido insuficiente para desplazar las aguas de la lluvia de este junio, junto a la de los drenajes de los municipios mexiquenses que allí los descargan. Hablamos de más de un millón de personas, probablemente.

Ninguna patrulla o agente del orden advertía que la autopista estaba cerrada; nadie recomendaba por dónde pasar a Puebla y el sureste mexicano, y la gente se regresaba brincando zanjas de la obra que allí se realiza desde hace meses, con la intención de trasladarse a la carretera federal que, se decía, también estaba bloqueada por las aguas.

Hasta el momento no hemos escuchado explicación oficial alguna sobre el por qué del problema, ni siquiera el manido pretexto de que “nunca había llovido tanto” por “efecto del cambio climático…”. Lo que sí vemos nuevamente son las expresiones de protesta de los vecinos que están sufriendo encharcamientos, inundaciones, pestilencia, focos de infección e imposibilidad de realizar sus labores cotidianas, entre ellas la de ganarse el sustento.


Esta zona oriental del estado de México es la imagen más vívida del desastre mexicano, de la irracionalidad de la modernidad de compadres de todos los tiempos.

El canal de La Compañía fue construido en la era de Porfirio Díaz, en el último lustro del siglo XIX, para vaciar la laguna de Chalco, porque olía muy mal y se criaban en ella muchos moscos. Así se dijo, en serio. En realidad fue uno de los megaproyectos de don Porfirio que beneficiaron a la clase dominante, a los lagartijos, que eran su soporte social, transformando para ellos el fondo lacustre en tierras de cultivo; además, las obras realizadas fueron dadas a los correligionarios. ¡Cómo no!

El canal, que lleva este nombre porque inicia en una hacienda que era propiedad de la Compañía de Jesús, después de vaciar el mencionado lago, sirvió durante casi 100 años como drenaje para las lluvias más fuertes y las desplazaba hacia Zumpango. Pero en los años 70 del siglo XX la mancha urbana empezó a desplazarse en esa dirección; los políticos priistas ganaban clientela dando a sus votantes terrenos a bajo precio, a costa de las tierras ejidales en abandono. En 1988 la gente de esa zona, harta del priismo, votó masivamente por Cuauhtémoc Cárdenas, quien produjo un cisma en el poder. Carlos Salinas de Gortari, impuesto como haiga sido, quiso y quizá logró resarcir esa tendencia electoral y política rediseñando la distribución de las entidades de esa zona del estado, y por eso fundó un nuevo municipio a costa de otros como Chalco e Ixtapaluca: lo llamó Valle de Chalco Solidaridad. El crecimiento demográfico de ese territorio se aceleró de manera imparable al amparo de las facilidades que el salinismo les dio a manos llenas, a cambio de su conversión.

¿Y el agua, de dónde la sacaron, de dónde la sacan? Como se acostumbra en México, del acuífero, haciendo pozos al por mayor. Los suelos de allí han sido producidos durante millones de años por los volcanes, y el agua es su soporte; chinampa en un lago escondido, dice Trigo. Cuando sacas el agua el suelo se hunde, ni modo. Buena parte de la Ciudad de México descendió nueve metros durante el siglo XX por el mismo proceso.

Cuando se transita por la autopista México–Puebla se reconoce la intersección con el canal de marras, por una joroba que nos hace brincar, y podemos verlo en la parte norte el canal, reforzado una y otra vez por los funcionarios de Conagua, como a ocho metros por arriba del nivel de la carpeta asfáltica, cuando en los 70 estaba por debajo. Aquí, según datos de la propia Conagua, el hundimiento es del orden de 40 centímetros por año. No debe extrañar que al excederse la capacidad de esta obra centenaria que se calculó para desalojar el agua del lago y de las lluvias habituales, no para agregarle la que lleva los desechos humano e industriales, las inmundas inundaciones ocurran. Por ello, lo único de natural que tiene este desastre es que ocurra.

Y para rematar la irracionalidad propia al también llamado neoliberalismo de compadres, se les ocurrió hacer un megaproyecto para sacar el agua de esta zona mediante un túnel de sesenta y tantos kilómetros de longitud, que costará 8, 9, 10 mil millones de los pesos del año antepasado, y que echará al estado de Hidalgo el agua que aquí inunda, fastidia, sobra… según ellos. El agua que, en buena parte, estaba en el acuífero que soporta los suelos. Ningún argumento les resulta convincente a los funcionarios de Conagua ni a los otros gobernantes para arreglar las cosas bien. Los ingenieros están empeñados en sacar toda el agua posible de la cuenca de México y después gastar millonadas en bombear el líquido desde lugares lejanos y más bajos.

No hay racionalidad que hoy valga, más que la racionalidad capitalista que es, en sí misma, una de las máximas expresiones de la irracionalidad humana.