Centenario de Auguste Rodin

La primera obra que me impactó de Auguste Rodin cuyo centésimo aniversario luctuoso se conmemora este día, indudablemente fue “La Catedral” ■ Foto Internet

Hay fechas que se esperan con una especie de ansiedad. Esto no necesariamente gira alrededor, refiriéndome a mi caso en particular, al onomástico, las festividades universalmente aceptadas, celebraciones especiales o momentos que podrían ser memorables. Con toda sinceridad, creo que todos los días deben ser motivo de conmemoración, aunque esto suene a discurso de “superación personal”, que rayan en lo ridículo y lo teatral. Sin embargo, cuando surge la fecha en la que coincide una efemérides de alguna persona que haya trascendido en la historia de la humanidad, me obliga a revisar los aspectos y matices de sus vidas, que me llenan de un placer indescriptible y un encanto particularmente satisfactorio.

La primera obra que me impactó en una forma imperecedera de François–Auguste–René Rodin (1840–1917) cuyo centésimo aniversario luctuoso se conmemora este día, indudablemente fue “La Catedral. Describir la escultura es extremadamente complicado, pues si bien se trata de dos manos derechas que aparentan ser la de una mujer y la de un hombre a punto de entrelazarse (dos manos distintas, dirían quienes se manifiestan a favor de las relaciones de amor entre personas del mismo sexo), desde cualquier ángulo en la que se vea, existe como característica una armonía de las formas que brinda a la vista, un placer estético espectacular. Concebida originalmente en piedra, se elaboraron varias versiones en vaciados de bronce, que nos brindan la posibilidad de admirarla en toda su magnificencia, incluso acá en nuestro país, específicamente en el museo Soumaya, en la Ciudad de México.

Pero tiene otras obras particularmente famosas. En este sentido sobresale La Edad de Bronce, cuyo título hace alusión a un individuo en su estado naturalmente primitivo, como debieron haber existido los seres humanos, precisamente en ésa época. Esta escultura es tan perfecta hablando en términos anatómicos, que se supuso que había sido elaborada, no como un tallado en arcilla sino como un “vaciado” por partes, de un individuo que se encontraba vivo. Esto generó una controversia, que finalmente fue resuelta a favor de Rodin y que culminó con una medalla como premio, exponiéndose en el Museo de Orsay, en 1880.


Célebre también es su escultura de “El Pensador”, que originalmente fue concebida en representación al autor de la Divina Comedia, Dante Alighieri (1265–1321), para adornar una puerta llena de esculturas que se llamaría La Puerta del Infierno y en la que trabajó junto con la escultora Camille Anastacia Kendall Maria Nicola Claudel (1864–1943), hasta su muerte, hace 100 años, por Neumonía secundariamente a un cuadro probable de Influenza.

Acercarse a su obra y percibir la belleza no es difícil, pues aunque plantea artísticamente elementos modernos, su culto a la escultura clásica se puede apreciar en títulos muy sugestivos, que invitan a la reflexión, al análisis, estimulando la sensibilidad y activando la inteligencia.

Y siendo un genio, no le faltan frases célebres en las que tradujo su ímpetu por expresar en materiales rígidos, duros, resistentes e inmóviles, la belleza en sus formas más exuberantes. Y es que como decía: “Là où je comprends la sculpture? Dans les bois, en regardant les arbres sur les routes, en regardant la construction des nuages, dans l’atelier, l’étude du modèle, partout sauf dans les écoles. Ce que j’ai appris de la nature, j’ai essayé de l’appliquer dans mon travail” ¿Dónde he comprendido la escultura? En los bosques, observando los árboles; en los caminos, observando la construcción de las nubes; en el taller, en el estudio del modelo; en todas partes excepto en las escuelas. Lo que aprendí de la naturaleza, he tratado de aplicarlo en mi obra.