Castilla y el Día de la raza

Castilla y el Día de la raza. Estatua de Cristobal Colón en Barcelona. Foto: wikimedia.org

Israel Álvarez Moctezuma

Historiador de la Universidad Nacional Autónoma de México

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM


Seminario Interdisciplinario de Estudios Medievales

 

De este lado del Atlántico (es decir, en América) todos los que fuimos niños y asistimos a la escuela tenemos claro que el 12 de octubre se celebra el Día de la raza; no así en la península ibérica, en donde, con sorpresa, descubrí de la mano de mis colegas del Museo del Prado que el grueso de la población ignora supinamente el origen y la efeméride de la fiesta nacional española.

Cierto es que una fiesta instaurada en pleno nacionalismo español de principios de siglo (1918) parecía encaminada al pronto fracaso (aquí pueden ver la ley). Una fiesta que, parafraseando dicha ley, eligió aquella fecha fundacional en la historia, no solo de “España” y de “América”, sino global, pues se vio en ella el final de un secular proceso histórico en donde el país peninsular, además de muchas otras cosas, logró romper las míticas columnas de Hércules para encabezar una nueva y épica etapa en su devenir histórico. “Plus Ultra” (Más allá), dirían los Habsburgos españoles.

Esta fiesta, como todas las fiesta nacionales modernas, tenía forzosamente que evocar un sin fin de elementos míticos (vamos a llamarlos así) para construirse y forjar esa peregrina idea de “lo español”. Uno de aquellos elementos que a la postre resultaría de mayor calado es el concepto de hispanidad.

Primer desembarco de Cristóbal Colón en América obra de Dióscoro Teófilo Puebla Tolín. Foto:  wikimedia.org
Primer desembarco de Cristóbal Colón en América obra de Dióscoro Teófilo Puebla Tolín. Foto: wikimedia.org

¿Qué entendían por «Hispanidad» estos píos patriarcas que desde la embajada española en Buenos Aires o desde el púlpito de la catedral primada de España la ensalzaban? Revivido, puesto al día y con sus ribetes rojigualda, el concepto que encerraba en sí todo lo bueno, puro, piadoso y noble que tenía España, era traído de vuelta desde los últimos siglos de la reconquista con que los hidalgos gustaban de identificarse: cristiano viejo.

Y aquí tenemos una arista importante, porque ¿qué significaba ser español? Pese a que aquellos claros varones apelaban a una noción de identidad universal que apuntaba a reunir bajo la égida peninsular a todo el antiguo imperio hispánico de ultramar, es claro que aquello que más tenían en mente era Castilla. Porque el reino de Castilla, y aquí traemos de vuelta aquella fecha del 12 de octubre, fue quien llevaba mano en aquel prodigioso proceso de reconquista contra los territorios ocupados por el islam, ¿o acaso el Cid, héroe español por excelencia, no era el máximo paladín castellano?, porque las armas castellanas pusieron fin al largo conflicto contra el islam, ¿o acaso no fue Castilla de la mano de Isabel quien emprendió la empresa de conquista de Granada de aquel año de 1492?, ¿acaso no fue ese años de 1492 cuando el humanista Antonio de Nebrija publicó la primera gramática en la historia del mundo de una lengua moderna, es decir del castellano?, y, sobre todo, ¿acaso no fue Castilla quien emprendió la empresa de descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo? Castilla pues, sería así el corazón de la Hispanidad, sin importar que se pasara muy en alto a las otras regiones y reinos de la península ibérica, así, los Países Vascos, Navarra, Galicia, Cataluña, y demás, quedaron sino borradas si bastante desteñidas dentro de la narrativa nacionalista española.

En aquellas primeras décadas del siglo xx se traía a cuenta aquel “año prodigioso”, como decían los cronistas, de 1492, en donde el 12 de octubre se tomó como el culmen, principio y fin, donde la hispanidad, de la mano de Castilla, habría de consolidar la monarquía más poderosa del orbe, dueña de un imperio en donde “no se ponía el sol”.

Como bien sabemos, será el régimen franquismo, con Ramón Serrano Suñer como artífice, cuando la Fiesta de la Hispanidad se fortalezca e instituya como la fiesta nacional española, pues finalmente nacionalismo y fascismo son indisolubles.

Dejando de lado la infinita disputa de leyendas negras antihispánicas y los “no hay nada que festejar” del continente americano, cabe la pena señalar que serán los régimen nacionalista de cada país latinoamericano quienes adoptarán y usaran para sus propios intereses la fiesta del Día de la raza, propuesta en 1913 por Faustino Rodríguez-San Pedro, como Presidente de la Unión Ibero-Americana. En México José Vasconcelos será el instaurador y promotor de la fiesta que alude a lo que él llamaba raza iberoamericana, con un significado de mestizaje y sincretismo cultural.

Así, el Día de la Madre patria, como llegó a conocerse, iniciaba el que tal vez sea su mayor época de auge, misma que llegaría a su cenit en el olímpico y ferial año de 1992, quinto centenario de aquel 1492 y cuyo epicentro sevillano reunió, o al menos así lo pretendían en el discurso, a todas las civilizaciones del orbe en torno a la hispanidad.

En un momento en donde los estados nación parecieran anacrónicos y superados,  y los nacionalismo y sus festividades parecieran ya vacías de contenido y trasnochadas, fiestas como la que aquí nos ocupa parecerían un reducto de los regimenes fascistas y nacionalistas del mundo iberoamericano del siglo xx. Empero, erraríamos en dejar de lado el significado que cada una de las sociedades y comunidades a lo largo y ancho del mundo hispánico otorgó a la fiesta del Día de la raza, dotándola de nuevos y sorprendentes sentidos.




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