Carlos Fuentes in memoriam

Para los doctores José Antonio Velasco Bárcena, Luis Pereda, José Luis Sánchez Brito, David Grossman G.

Porque gracias a ellos sigo con vida.

Con eterno agradecimiento.


 

El pasado 11 de noviembre el gran novelista Carlos Fuentes cumpliría 89 años de edad. Hago saber a mis lectores, que el que esto escribe, tuvo la oportunidad de charlar con él un largo rato, en presencia del entonces rector Enrique Doger Guerrero, quien intervino en innumerables ocasiones como fanático que era del autor de Aura. Recuerdo como si de ayer se tratase. Nuestra charla fue fluida y el entrañable y fraternal amigo de Gabriel García Márquez se sintió como en casa.

Después del preámbulo previo al homenaje preparado para el hombre de trepidante pluma e inteligencia desmedida para recibir el Honoris Causa de manos de Enrique, escuchábamos los gritos ensordecedores de quienes lo esperaban con pasión claramente justificada y con un deseo exacerbado por tocarlo o por tomarse una foto con él –no había selfies. Veamos.

“En el marasmo de la inconciencia, mal de moda que se refocila en el analfabetismo, las ponencias en Power Point, el gandallismo de los alcaldes azules y la elevación de Frida a simple realidad hollywoodense, pensarías algún día afamado novelista, que el caracol avanzó por el paraninfo y tú, desde la silla, levantaste la cabeza y viste la estela plateada de varios moluscos que ese día eran más fuentistas que el que esto escribe.

Nací y vivo en esta Puebla de los “Ángeles”. Esto no era grave. En Puebla no hay tragedia: todo se vuelve afrenta. Aquí los seres de piel delicada no pueden sobrevivir. Al menos así lo sentenció Artemio Moctezuma, el artista del tormento, lépero cortés, ladino ingenuo, cuya plegaria desarticulada se pierde: albur, relajo, invitación a la gresca. Vida de espaldas, por miedo a darlas, cuerpo fracturado de trozos centrífugos gimientes de enajenación, ciego a invasiones territoriales, y las mentadas acumuladas.

Antes hablaste cordial, tú, recibido por Enrique Doger y Pedro A. Palou y yo privilegiado invitado a la tertulia, la charla se prolongó mientras la gente esperaba impaciente. Dejando que los demás abriéramos los ojos y yo, extasiado. Afuera algunos moluscos temblaban ligeramente. Filas de jóvenes que aguardaban pacientes la entrada para escucharte, para oír tu discurso. Iba a ser profundo, directo, como cuando asentaste que “siempre llega la revolución y adiós acciones”. Y eso que antes las revoluciones eran bastante previsibles.

Tocayo, junto con el gran Pedro Ángel Palou de gran sabiduría, hiciste comentarios, ahora lo recuerdo, sobre la batalla de Puebla y su historia. Mi gran amigo Pedro Ángel saltó de su asiento para platicarte en cascada con fechas exactas, nombres y lugares el desarrollo no sólo de esta Puebla Capital con su defensa heroica del 5 de Mayo, quedaste más que satisfecho por no decir impresionado por la elocuencia y sabiduría del gran maestro poblano querido por todos los que lo conocemos. Enrique hizo su parte, comentó con agrado varios pasajes de sus libros mostrando cultura, amén de ser un irredento “fuentista”. Omito narrar mis comentarios por temor al vituperio. En fin.

Salimos y ahí están todos: los poetas de provincia, las maestras de frivolidades, los matrimonios “modelo”, los autores sin libros; curas y caciques, junto a niñas que se quedaron a vestir santos; el intelectual burócrata y el comunicador empanizado; los chambistas, los redentores de Sanborns, los políticos en ciernes, los de tufo rancio, los chambones irredentos, los neo panistas, los aspirantes a lo grande, los advenedizos, los de siempre y los de nunca, ¡Arre, arre, tú la llevas! (como dijera León Felipe). Y tras de ellos, los demás, los seguros, los que desprecian, los que ahora están y mañana no, los arrimados a la grandeza, los jóvenes oscuros súbitamente transformados y en espera de pasar al frente a ocupar su lugar en la cabeza de la hidra.

Guiños, murmullos, humores. Nadie se da por aludido. Todos interrumpen al vernos salir de la oficina de mi amigo de tu anfitrión. Todos tenemos derecho a nuestra cómoda culturita. La función está por empezar. En la intimidad del Carolino, platico con Pedro y lo felicito, refiero a su padre y él se emociona. Afuera se hacen continuas referencias al fenómeno Carlos Fuentes.

¡Ay ese Carlos tan genial, tan inteligente! El de la pluma trepidante, con el suficiente arrojo, la suficiente pasión para hablar con todos, hasta los que no escuchan. Obsesivo, casi nunca sutil, te vas adueñando de esta Puebla levítica. Con un entusiasmo contagioso que revive en exclusiva tus andanzas por las cercanías. Encandilas, apantallas, obligas a la humildad y hasta permites que posemos junto a ti como si fueras a convertirnos en personajes de alguna historia neonata y hasta nos lo tomamos en serio.

Me percato y me aseguro que sigo aquí, en la zona sagrada. Mis cienes sollozan y no cejan de la búsqueda de lo suave: la democracia desbocada, el progreso comprometido, la paz impuesta, el humanismo privatizado. Y todo esto para qué. Para que alguien venga y recuerde en voz baja que primero te elevan, te dicen el mero chinguetas para después hundirte y llenarte de estiércol. Tú lo dijiste en cambio de pie: “si no te hacen alguien primero, no tiene sentido. Te hacen un semidiós para que valga la pena castrarte y luego se acabó”.

La palabra sigue y te adivino emocionado, mientras la gran mayoría solo sigue ahí para que les des un autógrafo que luego habrán de presumir. Así son los contrapuntos y las situaciones límite, tan retratadas en tu obra que inundan “la silla del águila”.

El show está por terminar. Todo un orgasmo, dragona. Lástima que después no te dejarás caer conmigo en el epicentro de los rencores y sinsentidos. Ciudad de los Ángeles que ha enterrado su pasado republicano y se yergue en las maquetas majestuosas que levantaron los caníbales, en su ego informe. Ciudad dolor inmóvil, a fuego lento, con el agua al cuello, indefensa ante el hedor torcido de quienes más que buenas son malas conciencias. Mentes agusanadas con discursos de ciento ochenta grados, que nada tiene que ver con tu notable cita excepto porque son cantares de ciegos. Acomplejados a la vera del verdadero gigante que avanza y los humilla aun en silencio. Los que detestan Aura. Los del cambiadero, los que creen que si los días están enmascarados es porque serán de dos a tres caídas, por los que eluden y se escudan en el “¿y yo por qué?”. Los que son cien por cien gónadas y vísceras, en esta terra nostra del derecho sistemáticamente violada, del ofendido sumiso, de la reflexión de la furia, del fracaso esperado. Ciudad en tempestad de cúpulas y abrevadero de las fausas, tejida en la amnistía porque no recordó el pasado violento de quien sólo es cólera honoris causa.

Agradezco a mi amigo Enrique y me despido de ti, tocayo, estrecho tu mano y sólo quisiera decirte: aquí nos tocó. ¿Qué le vamos a hacer?”