Breves reflexiones sobre el aborto

“Es el mejor de los tiempos, es el peor de los tiempos. Es la edad de la

sabiduría y también de la locura. Es la época de la fe y también de la incredulidad, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo tenemos todo, pero no somos dueños de nada. Caminamos derechos al cielo, pero seguimos el camino equivocado. En fin… Esta época es tan parecida a todas las demás que nada de lo que voy a contar debería sorprendernos”.

(Charles Dickens, A Tale of Two Cities)


 

Vivir es volver a ver”, es sophia perennis, es virtud del pueblo, es eterno regresar. Es el aborto un tema inherente al ser humano, ha estado acuñado desde el primer asentamiento del hombre, en cualquier parte del orbe, en dispares épocas, y la nuestra, la del siglo XXI –efectivamente– no es la excepción. Es por lo tanto indispensable mencionar el hecho de que este siglo, entre otras tantas cosas, se ha caracterizado por retomar los viejos valores, o eso es lo que muchos líderes y hombres masa sostienen; yo tengo mis dudas. Para prueba de ello, basta con otear a la redonda, cambiar el discurso tradicional, gozar de ideas completamente distintas a las usuales, y desde luego, no es el sujeto el que sea polémico, sino el resto de sus iguales los que se escandalizan.

En cuanto al aborto, es empresa ardua dilucidar la raíz de su origen, la vorágine de su naturaleza y la intromisión del humano en el mismo. La controversia radica en defender el derecho a la vida y, en contraparte, el defender la deserción de los partícipes. En México, el meollo del asunto yace en la legalidad del acto y qué impulsa a cometerlo. Dicho lo cual, ¿es razón suficiente no desear responsabilizarse de una vida, por el simple hecho de no querer? Vaya dilema, pues en nuestro país las tasas de abortos aumentan de manera desmesurada, y no sólo eso, también de forma clandestina; cuando lo que se presupuesta es la pérdida de una vida, aquí, en múltiples ocasiones, tienden a perderse dos. Que entienda quien debe entender.

He ahí otro de los motivos por el cual el aborto genera tanta polémica: el por qué de su legalidad. Es imprescindible analizar la raíz jurídica del aborto, aunque también el papel que juega en nuestra cultura, y sobre todo y, ante todo, proteger lo más digno que el ser humano es y posee: vida.

¿Es la raíz del aborto legalizado correctamente jurídico o una derivación de la cultura?

Cultura, decía… Es una sustantividad que en dicho término ya cabe cualquier cosa y, por ende, resulta casi imposible definir lo qué es y lo qué no es cultura. Fue en Roma cuando por primera vez se empleó la palabra, y fue Cicerón quien utilizó una expresión agrícola, porque cultura se origina de cultivar el campo, para aludir al desarrollo de las virtudes éticas, estéticas y espirituales. Nulla Ethica sine Aesthetica. Asimismo es preciso distinguir entre cultura y civilización, pues Eliot –el poeta americano– explicaba que cultura es lo que está vivo, lo que puede crecer, como una semilla; y civilización es lo que permanece inerte, lo que es incapaz de cambiar por sí mismo, por ejemplo, un teléfono celular. Dicho sea con retintín.

¿Democracia? En definitiva, pues sí en otros países se rigen por lo que consideran correcto, en México es meramente un protocolo y una larga cadena de consecuencias que aún no tienen causa. Existen dos modelos de democracia:

  1. El modelo americano.
  2. El modelo francés.

El primero, el que los padres de la independencia de Estados Unidos –entre los cuales estaba Jefferson– fundaron, establece: amparar los derechos del individuo a sus usos, a sus costumbres, a su manera de vivir, a sus gustos y a sus creencias frente al Estado. Y el segundo, que se vio influenciado por los jacobinos, que establece amparar las necesidades y deseos del estado frente al individuo; de ahí emergen todos los totalitarismos, fascismos, y todos los opresiones del siglo XX.

Pero ¿podemos esperar de una sociedad que se obnubila por la fiesta y el botellón? ¿Somos los mexicanos un pueblo apto para definir si el aborto es ético? ¿Vale la pena seguir leyes con forma pero sin fondo? Es ineluctable que la respuesta sea generalizada, desde luego existen excepciones, y lamento no poder referirme a todas ellas, pero siento –aun más– que sean tan pocas. ¿Es democracia ir en contra de la opinión pública? Habría que matizarlo.

El aborto, respecto a su composición jurídica, está ligado a múltiples delitos, es decir, se encuentra aludido en sus origines con otros tipos de penales por el lazo del bien jurídico tutelado general que grosso modo es la vida. En el libro segundo del Código Penal, título decimonoveno: Delitos contra la vida y la integridad corporal (lesiones, homicidio, aborto, abandono de personas), existen ciertas conexiones por medio de los cuales se vincula un tipo penal con otro. Los une el bien jurídico general de la vida.

El artículo 330 del Código Penal vigente dice a la letra:

Al que hiciere abortar a una mujer, se la aplicarán de uno a tres años de prisión, sea cual fuere el medio que empleare, siempre que lo haga con consentimiento de ella. Cuando faltare el consentimiento, la prisión será de tres a seis años y si mediare violencia física o moral se impondrán al delincuente de seis a ocho años de prisión.

El objeto jurídico del delito tipificado en el artículo precedente es la vida humana. Ahora bien, cuando se habla de vida humana y de su reglamentación jurídica no sólo están en tela de juicio lo que llamamos derechos humanos, sino toda nuestra concepción de la vida en general. Se sostiene que la vida intrauterina, lato sensu, no es vida humana, porque el feto, de acuerdo con una perspectiva de lo humano, es infrahumano, pero, siendo estrictos, en dichas diferencias no hay duda de que en el seno materno hay vida.

Surge otra interrogante: ¿El derecho debe proteger únicamente la vida humana o la vida en general? Cuando nos referimos a derechos humanos se habla también de derechos de vida e incluso de derechos a la vida. Id est, dichos derechos no solo comprenden la existencia al fenómeno vital como eje de los mismos sino al derecho a vivir, ergo, a que la vida sea respetada. Bajo este orden de ideas, el derecho no puede defender un bien jurídico como la vida al margen de su realidad y de su misma dimensión biológica; si el derecho ignorase el entorno natural y social que interactúan sobre el individuo, sería simplemente una abstracción, cuando la sustantividad es que el derecho –contrario a lo que se pudiera llegar a pensar– es una filosofía aplicada. Desde luego, esta hipótesis plantea un relativismo jurídico que se contrapone al idealismo jurídico; y es evidente que, la justicia siempre está por encima de la relatividad, y también que, muchos de los actos de una sociedad se ven condicionados por la historia y los deberes de los hombres. Filosofía, religión, cultura y sociedad son raíces del ser humano.

  1. W. Gerard afirma que, los derechos y deberes del hombre no pueden ser absolutos, ya que estos siempre están ligados a su medio ambiente”.1

El estudio biológico es el punto de ignición sobre cualquier consideración jurídica respecto a la vida; nos dice que la libertad más plena la goza la persona que más íntegramente se amolde a la cultura prevaleciente –¿por qué? Porque no puede haber cultura que contradiga la raíz y el sentido de la vida. De ahí, la libertad se deriva de una necesidad natural y los derechos no son sino el estímulo que una determinada sociedad ofrece a este tipo de necesidad natural. Entonces surge otro punto de verdadera importancia: es la cultura prevaleciente la que suele definir el concepto de vida. De aquí, en consecuencia resultan dos cosas; hay una vida natural (biológica) y hay un concepto de vida que es el resultado de cualquier cultura. Y resulta casi impensable negar el hecho de que el “bien jurídico vida” que protege el derecho penal emerge del concepto de vida establecido por una cultura.

Dicho lo cual, es ineluctable reconocer que del concepto general de vida hemos desprendido –¿con razón o arbitrariamente?– mayormente en Occidente, un concepto particular de vida. Fue Ernest Mayer (estructura interna de las normas) quien habló por primera vez, con claridad, de la cultura como concepto fundamental de la vida del derecho; Mayer se refirió a las normas de cultura y a las normas jurídicas2. Ipso facto, si la antijuridicidad penal –por mencionar– es la postura contraria a las normas de cultura reconocidas por el Estado, el derecho positivo, este reconocimiento que se ve plasmado como una norma jurídica, es imposible desligar el análisis de un bien jurídico como la vida de su fuente y origen cultural… el concepto filosófico de nuestras leyes. Tal concepto, ciertamente, está sujeto a una interpretación de la vida natural y biológica, y su comprensión es diferente en cualquier parte del mundo.

En México, comete delito de homicidio el que priva de la vida otro3; no obstante, hay dos supuestos que se deben de interpretar: ¿Qué es la vida, y quién es el otro? Desde luego, una resolución sencilla sería averiguar qué es la vida del otro. Pero en nuestro código el concepto de vida se ha limitado única y exclusivamente al ser humano, es decir, el bien jurídico tutelado por el derecho es la vida humana, aunque al margen de la interpretación del texto permanece concisa, por así decirlo, es la vida en general. Acaece –de manera ininteligible– la reducción de la vida específicamente a lo humano; ¿por qué sucede esto? Porque evidentemente este es el concepto particular de vida que hemos adoptado en Occidente, empero, existen culturas donde la vida abarca, incluso, desde la cosmogonía.

A mí parecer, el aborto sólo debe practicarse bajo dos supuestos: cuando la vida de la madre peligre, puesto que luce más racional salvar a alguien que ya disfruta la vida a plenitud, y el segundo, cuando un análisis clínico anticipe alguna mal formación o incapacidad física y mental que impida vivir al feto en régimen de comodidad y protección por sí mismo. Es un hecho que estos dos supuestos, como en todo, existen las excepciones; jamás hubiéramos tenido un Lord Byron por el hecho de que este tuviera un pie torcido, o un Dostoievski por padecer epilepsia.

El Estado Mexicano se jacta de que no haya pena capital, ¡falacias!, el aborto lo es, en esencia, ya que en su ejecución se escucha a propios y extraños, menos al acusado. Cuestión de cultura, ¿verdad? Pero si en épocas predecesoras se les comprendía por su ignorancia, en este tiempo, nos escudamos en nuestra intransigencia. El proceso es cuando menos valetudinario, un sinfín de pros y contras obnubilan el juicio justo y objetivo, dicho esto, ¿qué razones nos empujan a defender o a rechazar el aborto? El derecho tiene como fin proteger los usos y las costumbres del individuo frente al Estado, pero cuando el individuo no es capaz de procurarse a sí mismo ni al resto, ¿qué puede defender el derecho?

Pero al final, ¿qué tiene más valor: la vida en su más estricto sentido o la vida cómo nosotros la entendemos? Que el mundo se acabe… o mejor dicho, nuestra especia zurza de él.

 

*Estudiante de la carrera de Derecho, actualmente en séptimo cuatrimestre.

Miembro del despacho del licenciado Carlos Meza Viveros.

 

Referencias

1V. Gerard, R. W.; Los derechos del hombre, México–Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1949, p. 186.

2Max Ernst Mayer, Filosofía del derecho, Barcelona, Editorial Labor, 1937, p. 86 y ss.

3 Código Penal Federal Vigente, artículo 302.