Biología versus física–mecánica, el azar

Para comprender las condiciones de salud identificadas como condiciones crónicas degenerativas en las que no intervienen agentes causales es necesario desterrar el concepto “determinismo biológico”. Cuando señalo que no intervienen agentes causales me refiero a que estas condiciones no son estimuladas por agentes externos sino que son generadas por el mismo cuerpo. En ellas la degeneración ocurre por causas intrínsecas como lo puede ser la acumulación de grasa en las arterias, la activación o la desactivación de un gen así como el envejecimiento propio del cuerpo. La muerte, único final predecibles, es parte del destino de la propia vida, ya que en la sobrevivencia y en la reproducción es la aleatoriedad la que marca los procesos biológicos, cuyos resultados no es previsibles más que en razón de la intervención del azar.

Entre los fatalismos–deterministas que hay que desterrar está el causal de origen mágico–religioso, “por tus pecados estás sufriendo, te echaron un mal de ojo o un hechizo y por eso te va mal. El hombre justo Job es un ejemplo bíblico de la  creencia fatalítica provocada por dios. En ella, dios entra en un juego escabroso apostando con satanás que este hombre jamás lo negaría sin importar su infortunio. Mientras Job sufre, bajo las acechanzas de satanás, tres buenos amigos intentan consolarlo, tratando de convencerlo de que si sufre es por culpa de sus propios pecados. Este tipo de fatalismo es muy común entre las comunidades religiosas. El otro ejemplo obedece a la magia simpática e inclusive a la magia negra donde una persona invoca o prepara una suerte de sortilegio para causar mal a otra persona.

La desvirtuación de la biología puede, en cierta medida, identificarse con los vaivenes ideológicos que ha sufrido esta disciplina en los últimos tiempos. Por varios siglos los biólogos defendieron dos principios explicativos básicos no convalidados por las leyes de la ciencia física, lo que le impedía ser reconocida como una ciencia del mismo rango. Estos principios fueron el vitalismo y la creencia en la teleología cósmica. Los naturalistas creían que en un organismo viviente hay en actividad ciertas fuerzas que no existen en la materia inanimada. Por lo que llegaron a la conclusión de que, así como los movimientos de los planetas y las estrellas son controladas por una fuerza oculta, invisible, denominada por Newton gravedad, los movimientos y otras manifestaciones de la vida en los organismos son controlados por una fuerza invisible, la Lebenskraft o vis vitalis. A quienes creían en esa fuerza se les llamó vitalistas1.


El segundo principio consta de explicar los procesos naturales a partir de encontrar un fin, un propósito o una meta definitiva. Se utilizó la causa finales invocada por Aristóteles para explicar todos los fenómenos del cosmos que llevan a un fin o una meta. Por ejemplo, una escuela de evolucionistas, los así llamados ortogenetistas, invocaban la teleología para explicar todos los fenómenos evolutivos progresivos. Creían que en la naturaleza viviente existe un esfuerzo intrínseco (ortogénesis) hacia la perfección2. La genética y la biología molecular desarrollada en el siglo XX, así como la paleontología dieron al traste con estos principios.

Ante la necesidad de convalidar su disciplina en el siglo XX, los naturalistas se vieron obligados a desarrollar una nueva filosofía biológica que en principio fuera compatible completamente con las leyes naturales de los físicos y que no invocara fuerzas ocultas. Esta tarea no era difícil si el biólogo se mantenía estrictamente en las reacciones químico–físicas de la materia viviente, pero imposible de aplicar si se toma en consideración a la biología en su conjunto donde se encuentra tanto la biología funcional (mecanicista) como la biología histórica (evolucionista). Los conceptos de la biología funcional pueden explicarse en última instancia en forma puramente mecánica por la química y la física. Sin embargo, para explicar los aspectos que tiene que ver con la evolución del mundo viviente es indispensable implicar la dimensión del tiempo histórico. El resultado final, después de años de análisis, ha sido comprender que algunos de los principios básicos de la ciencia física no son aplicables a la biología.

El reduccionismo, uno de los principios básicos de la física, entra en franca contradicción con el concepto de “emergencia”, donde las totalidades compuestas poseen propiedades no evidentes en sus componentes, “el todo es más que la suma de las partes”. La reducción estricta exige que los procesos biológicos de alto nivel sean explicados hasta el nivel de los componentes y procesos puramente fisicoquímicos. En esta lógica la totalidad es la suma de las partes y a este nivel las propiedades emergentes no existen.

Un punto en controversia es el esencialismo, donde una cantidad limitada de eides o esencias componen la diversidad limitada del mundo natural. Este punto de vista, denominado tipología, no da cabida a la variación y abre las puertas a concepciones engañosas de la raza humana. Los caucásicos, los africanos, los asiáticos y los inuit son, para una tipologista, tipos que difieren en forma conspicua de otros grupos étnicos humanos y se hallan netamente separados de ellos. Esta manera de pensar lleva al racismo3.

La ausencia de leyes naturales universales en biología es otro motivo de controversia con los filósofos positivistas y los de formación físico–matemática. Las leyes de carácter fisicalista desempeñan un papel pequeño en la formación de la teoría biológica. Esto se debe a la significativa función que juega el azar y la aleatoriedad en los sistemas biológicos. Mayr E. señala que4, debido a la naturaleza probabilística de la mayor parte de las generalizaciones en biología evolutiva, resulta imposible aplicar el método de falsacionista de Popper para poner a prueba las teorías porque el caso particular de una aparente refutación en una determinada ley puede resultar ser nada más que una excepción, algo común en biología.

El determinismo, de vital importancia en la mecánica newtoniana, no deja espacio para la variación y los hechos fortuitos. A partir de Galileo se introducen las ideas básicas del mecanicismo, elemento fundamental en la concepción determinista del universo. En Descartes la descripción del mecanicismo se establece como pauta del mundo físico (animado e inanimado), la metáfora de referencia la constituye el reloj. Un reloj consta básicamente de materia en movimiento. Los engranajes, las ruedas dentadas, las piezas, son la materia. Las piezas se transmiten el movimiento de unas a otras: los planetas (la materia) transmiten el movimiento desde las órbitas exteriores a las interiores, el movimiento no es aleatorio o arbitrario, sino que está regido por leyes matemáticas perfectamente determinadas. Sin embargo, los procesos vivientes obedecen a dos causalidades: una de ellas está constituida por las leyes de la naturaleza que, junto con el azar controlan todo lo que tiene que ver en el mundo de la física y de la química. La otra causalidad consiste en los programas genéticos que caracterizan el mundo viviente de forma singular.

La evolución se sostiene por la reproducción y la sobrevivencia de las especies y, ésta a su vez, es producto de una interacción entre numerosos procesos fortuitos. El azar con respecto al resultado funcional y adaptativo de la especie está en la producción de variaciones. Ni la selección natural ni la sexual avalan el determinismo de las ciencias físicas–mecánicas. La transformación que sufre nuestro cuerpo durante las condiciones crónicas degenerativas es producto de la causación dual de la que hemos hecho referencia, no del supuesto determinismo biológico.

 

1Mayr E. (2006), Por qué es única la biología, primera en español, ed Katz, Buenos Aires, pp 38.

2Ibid Mayr, p 40.

3Ibid Mayr, p 44.

4Ibid Mayr, p 45.

 

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