Baracunátana y el sexismo de la lengua

Aterciopelados, intérpretes de Baracunátana ■ Foto internet

Gracias a la afición que tengo por la música latinoamericana como calefactor en los fríos y europeos inviernos, llegué hasta una lista de reproducción incomprensiblemente determinada por el algoritmo que youtube ha hecho con la información sobre mis gustos musicales, dentro de la cual me encontré con una de las canciones más famosas (si no la más) de Aterciopelados. Famosísimo grupo colombiano y noventero cuya vocalista es la también famosísima Andrea Echeverri.

Es curioso que la segunda mitad de mis tormentosos veintes me haya llevado a desempolvar un montón de música que mi yo infantil se aprendió en secreto porque no era lo que realmente pegaba en mi generación. Era muy pequeña para este tipo de gustos, pero los últimos años me han declarado fan absoluta de las canciones latinoamericanas más sonadas en los ochenta/noventa. Aterciopelados, Julieta Venegas, Caifanes y un eterno etcétera.

Dentro de esta etapa de crisis existenciales colectivas llegó Baracunátana a causarme la emoción que te hace reproducir en bucle una canción durante horas. Hasta que mi conciencia se detuvo con curiosidad a preguntarse qué fue lo que llevó a Echeverri, autodenominada feminista tanto a sí misma como a los productos de su carrera musical, a entonar una canción que cae tan evidentemente en prejuicios sexistas de la manera correcta de ser y actuar como mujer.


Baracunátana es una palabra inexistente en el diccionario, sinónimo de mujer barata. ¿Y qué nos han hecho entender a los latinoamericanos (y adivino que a otros países hispanohablantes) por una mujer barata? Una mujer que se puede conseguir sin mucho esfuerzo. Lo cual, además de juzgar a una mujer por hacer con su cuerpo y su vida lo que quiera, la convierte metafóricamente en objeto. Una entidad intercambiable que, en el caso de esta categoría, es muy fácil adquirir.

La curiosidad que me causan los fenómenos propios de la mercantilización del feminismo en años recientes y la apropiación de este concepto para fines completamente opuestos a sus preocupaciones básicas, me llevó a investigar la historia de la canción y los motivos de su interpretación, que por cierto me parece musicalmente hermosa, así como producto de un interesante juego lingüístico.

Traída al mundo por Leonidas Plazas, Baracunátana nació en la región colombiana de Cartagena en tiempos bolivarianos, donde algunos colombianos, con la finalidad de volver su lenguaje incomprensible para los campesinos venezolanos que habitaban la zona, alteraban el lenguaje creando así la jeringonza que dio nombre a la canción (“hablaban con el cuni, cuno, cune”, señala Plazas en un video de la Fundación Ernesto McCausland).

Aquí abajo, otra de las canciones del autor, donde utiliza también la jeringonza que lo distingue:

Plazas cuenta que la palabra se le ocurrió cuando, en uno de los anecdóticos episodios de su vida, componía una canción para retratar a una mujer sobre la cual se murmuraba por las calles (pueblo chico, como el de Selena) por escoger oportunistamente a los hombres. Relata el autor que, para evitar llamarla mujer barata, recurrió como de costumbre a la jeringonza y fue ahí que surgió la palabra y la posterior canción de la cual es causa.

Andrea Echeverri y Leonidas Plazas se conocieron en aquella región después de dicho episodio y fue entonces que la intérprete decidió componer una versión sutilmente alterada de la canción, agregando al coro una lista de sinónimos de la jerga colombiana para describir a un personaje como el que inspiró a Plazas. Garulla, retrechera, abeja, bergaja, fulera. Sintéticamente, componentes narrativos de una mujerzuela.

Aunque la historia del encuentro de estos personajes, así como todo lo que lingüísticamente retrata, es en sí misma muy atractiva, lo que más llamó mi atención fue, como dije antes, descubrir a la cantante proclamada feminista portando esta creación como parte de su orgulloso repertorio. ¿Qué pasará por su cabeza 22 años después y con un mundo de transformaciones que ponen en un fuerte primer plano los cuestionamientos al sexismo lingüístico?

El objetivo aquí no es criticar una canción (que además disfruto) ni tampoco la decisión artística de interpretarla, sino intentar observar con ella como ejemplo uno de los conflictos a los que considero que nos enfrentamos cada vez con más frecuencia. Hoy recordamos canciones que no parábamos de cantar en la infancia o que nos dedicaron en la adolescencia y nos movían todos nuestros pubertos sentimientos, cuyas letras se han convertido en ocasión de nuestra vergüenza.

Para algunos, los nuevos debates en torno al significado lingüístico denigrante de algunas palabras o conceptos son análisis innecesarios o exagerados, ya que su utilización más que una oportunidad para manifestar nuestras posturas ideológicas es meramente un producto cultural que aprendimos para ponerle nombre a lo que necesitamos describir para comunicarnos con el otro. Sin embargo, muchas de esas palabras tienen su raíz ideológica y el problema de no detenernos a observar su origen es el carácter legítimo que con nuestra pasividad le otorgamos, a la vez que lo perpetuamos. Cada palabra tiene un discurso de fondo, que a su vez es producto de una configuración ideológica muchas veces opresora, y en el acto de su repetición está implícita su (re)producción.

Discurso ■ Foto unsplash.com
Discurso ■ Foto unsplash.com

Palabras como naco/a en México y hortera en España, cuyos nacimientos provienen de conformaciones sociales clasistas, ilustran muy bien este proceso. Mientras naco se utiliza peyorativamente para describir a las clases bajas y a los indígenas mexicanos, probablemente como un diminutivo de totonaco (región y grupo indígenas mexicanos), la palabra hispana hortera nació para categorizar a los trabajadores de las clases bajas, señalados por llevar su comida al trabajo en una hortera (después fiambrera, y ahora más conocida mundialmente como tupper) así como por su vestimenta vulgar y ordinaria.

Cada palabra tiene su historia y muchos de los coloquialismos que utilizamos para nuestro repertorio cotidiano son símbolo de algunos de los procesos más opresivos del desarrollo de nuestras sociedades. Aunque hoy en día no convivamos con los elementos contextuales que le dieron forma a ciertas producciones lingüísticas, muchas veces son antecesoras de las relaciones de dominación que hieren el contexto actual.

¿Qué hacemos cuando calificamos a una mujer por la manera en la que decidió establecer sus relaciones y utilizar su cuerpo? Pareciera que lo utilizamos como un acto de justicia y de criminalización a quien no sabe amar bien, y ese bien está alimentado por un sinfín de categorías que componen los buenos modales, los cuales no son reflejo mas que de la naturalización clasista en la que nos han instruido, a la vez que se convierten en la lupa con la que calificamos al otro cuando no llega al estatus social que, nos dijeron, todo individuo debe desear alcanzar para ser reconocido.

Sin embargo y volviendo a lo musical, no creo que los significados racistas de las letras musicales sean razón para satanizar toda una producción musical, por ejemplo un género. Al contrario. Y para el siguiente ejemplo el reggaeton configura la imagen perfecta. La cosificación de la mujer en las letras de este género no tiene tanto peso para su actual y popular crítica como lo tiene la asociación del mismo a las clases más desfavorecidas (al naco, al hortera). Las relaciones de represión a la mujeres no son exclusivas de este género y, sin embargo, para muchos se ha convertido en su representante.

La liberación de las estrategias culturales exitosas que las ideologías dominantes se han encargado de maniobrar a la perfección no es posible sin la conciencia de ello. Propongo mantener siempre presente la conciencia en el significado de lo que cantamos, mas no hacer del placer que nos causa la pieza musical un guilty pleasure (o gusto culposo, para alejarme un poco de los oscuros rastros del imperialismo lingüístico gringo). Bailemos la Baracunátana sin remordimiento ni culpa, ¡que para eso se hizo! Pero omitamos referirnos a nuestra vecina como una puta porque cambia de novio cada semana o usa ropa vulgar.

Autocuidado, #8M en Barcelona ■ Foto Nuria Fernández
Autocuidado, #8M en Barcelona ■ Foto Nuria Fernández