Ayotzinapa y el Nuevo Aeropuerto: rebeldía y resistencia

Mucho se habla de los agravios y las injusticias que deja el actual gobierno que hereda al gobierno entrante, y de la esperanza que muchos albergan con respecto al futuro presidente, algunos de los cuales forman largas filas en la casa de transición de la colonia Roma para ser escuchados. Un hecho sintomático de las formas tradicionales de hacer política: los desamparados pidiendo la intervención del monarca para resolver los problemas que los aquejan, sin imaginar siquiera que el monarca y sus problemas son parte del mismo sistema predador.

Dos casos expresan los temas en que este sistema capitalista ha lacerado a la sociedad mexicana y al mismo tiempo refleja la esperanza de su lucha: los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa y la construcción del nuevo aeropuerto en los terrenos del Lago de Texcoco. Ambos reflejan el contubernio de autoridades con grupos delincuenciales, con capitales lícitos e ilícitos, en los cuales intervienen el ejército y la policía, así como los raudales de dinero en la compra de conciencias. Sin embargo, estos casos reflejan también un cambio cualitativo en la forma de hacer política, pues la claridad política de algunos sectores reconoce en el poder popular la solución efectiva a estos problemas, por lo que la organización entre los pueblos y organizaciones resulta de vital importancia.

De esta manera, el centro de la política son los pueblos organizados, dejando de lado al gobernante en turno (por más bueno que éste parezca a los incautos) y en los hechos se construye una democracia directa, participativa, extensa y dialogante que modifica en su base las relaciones sociales.


La organización genera poder, y esto lo están comprobando tanto los pueblos y organizaciones del estado de Guerrero (tan golpeados por el narco, los grupos paramilitares y los gobiernos criminales), así como los de la Cuenca de México, haciendo acopio de fuerzas y horizontes para defender el territorio, el agua, la vida y la cultura ancestral.

Se acelera el gran embate contra los pueblos originarios y sus territorios, disfrazado de progreso, pero como lo señala uno de los habitantes del oriente del Estado de México “sabemos que el progreso para nuestros pueblos no existe”, y lo que los ricos llaman progreso es saqueo, despojo y destrucción para los de abajo.

Así las cosas, no queda sino fortalecer la organización por regiones y sectores, articular la lucha integral porque el capital puede cambiar de gobiernos y su forma de administrar los conflictos como estrategia para continuar su dominación, pero en esencia se mantiene la lógica de despojo y explotación de los bienes naturales para el beneficio de una oligarquía.

Asumir la lucha por la presentación con vida de los normalistas de Ayotzinapa y de los miles más en todo el país, así como en contra del nuevo aeropuerto innecesario, ecocida y costoso en el Lago de Texcoco representa una lucha por la vida como valor máximo y en contra del capital en todas sus aristas (económica, política, social, cultural, ecológica y filosófica). En estas luchas se fragua una nueva conciencia, donde la falacia de una pseudo izquierda, conciliadora de clases, a las que evita reconocer con el reiterado uso de palabras como “ciudadanía” o “gobierno de todos”, queda exhibida en su núcleo: la desaparición del capitalismo exige la auto liberación de las clases explotadas y con ello la desaparición de los explotadores.

La lucha por y con los normalistas y sus familias, como sujetos rebeldes a la desaparición forzada, la más vil y cínica reificación del ser humano, y contra el mega aeropuerto, como monumento del sometimiento, y despojo de la naturaleza, la sociedad y la cultura de una región, constituyen formas de hacer política con una ética que ve los medios y no solo los resultados simulados como “verdades históricas” y consultas amañadas, articula buscando el bien común y la armonía con la madre tierra, y donde la estética de las culturas creativas compromete los valores acumulados y reconstruye los nuevos en creaciones del buen vivir y de las aspiraciones comunitarias que descubren en este caos, el principio de un nuevo orden: el propio de los pueblos.

Democracia directa y participativa, no simulación

La democracia participativa es un proceso que los pueblos experimentan en su lucha contra el autoritarismo, la jerarquía que desplaza, discrimina o excluye de las decisiones a una porción considerable de los participantes de organizaciones, comunidades y colectivos, así como una confrontación con los simuladores de procedimientos falsamente participativos que dejan las reglas, la vigilancia de los procesos de consulta y las cuestiones a debatir a un puñado de poderosos.

En estos momentos políticos en México, desde las alturas del gobierno electo, sin duda con la atracción de millones a sus discursos y en alianza con empresarios, se dice que se gobernará empleando la democracia participativa en consultas populares, foros de debate y la escucha de opiniones de “todos” ante cada proyecto del Estado en los próximos seis años.

¿Cuál participación tiene quien no decide?

Para ser real, directa y participativa las acciones del pueblo deben contener elementos mínimos para tomar las decisiones, para orientar el trabajo y su dirección y para permitir de manera efectiva que el pueblo se prepare a cumplir su papel como protagonista de su propio destino.

Hay ofertas de los gobiernos establecidos con el sistema de representación que predomina bajo el capitalismo. Consultar y dialogar para negociar puede significar un procedimiento de dominación y control más suave que legitima a los gobiernos, pero que no necesariamente asume o respeta la decisión del pueblo organizado. Los de arriba elaboran sus proyectos (o los elaboran las empresas transnacionales) según su concepción de lo que necesita el país, una región o un sector, lo hacen desde la legalidad vigente que representa la fuerza de la clase que domina, y entonces se encuentran -como han dicho López Obrador como presidente electo y Olga Sánchez Cordero próxima secretaria de gobernación- en la necesidad de reducir los conflictos y contener la oposición a los proyectos. Entonces cocinan un menú de opciones que pasa por foros, consultas, encuestas y promoción por las “benditas redes sociales” (AMLO dixit) para escuchar la opinión de la “ciudadanía”, de “todos”, para supuestamente decidir lo que se hará, siempre usando los medios (“que están en buen plan”, AMLO dixit) para difundir por qué y cómo aplicarán sus proyectos.

Así, en estos meses se juega una supuesta democracia participativa en asuntos tan peligrosos para el pueblo y la naturaleza como la construcción del nuevo aeropuerto, así como la decisión ante la reforma educativa represiva.

¿Qué eso es más aterciopelado que un dedazo, un decreto o un aplastante voto desde los partidos de dominación? Quizás. ¡Pero no es democracia participativa ni popular!

Elementos de una democracia real, directa

-Darle valor colectivo a la información sobre cada problema y necesidad sobre la cual deberá encontrarse una solución,

-Darle valor a la opinión de toda persona, colectivo o comunidad comprometida en resolver la necesidad o problema planteado. 

-Darle valor al debate que produzca un juicio común sobre los pros y los contras de las opiniones y propuestas surgidas, reconociendo que las propuestas finales pueden ser varias, pero ninguna es una decisión, hasta que además de haber sido debatida sea puesta al consenso de las participantes y de ellas emana el valor dado a los acuerdos generales.

-Y darle valor relevante a la distribución temporal, rotativa, sometida a la vigilancia de los colectivos y por lo tanto  a la revocación de su responsabilidad para que la ejerzan delegados de la base de las asambleas o comunidades para que como consejos o concejos ejecuten los acuerdos, siempre con la evaluación colectiva de las acciones, los medios y los resultados.

Requiere ese proceso de mecanismos conducidos por los afectados o interesadas, de manera horizontal y se puede incluir la consulta pero sin mañas, luego de suficiente información y preparación para manejar esos informes.

Así mismo necesita de principios y objetivos básicos como: la revocación de mandato, promover estructuras horizontales de trabajo y de dirección, generar la ética e honestidad, la promoción de la información, discusión, capacitación, formación, participación, así como  respetar las expresiones y formas culturales de los pueblos y comunidades, promover la protección y la justicia, la equidad, la directa participación sin discriminación de género, clase, etnia, edad o diversidad sexual, solidaridad, fortalecimiento del trabajo y capacidades, la rendición de cuentas, incluyente y generar la unidad y el respeto a la colectividad en la organización asambleas, mesas de trabajo, congresos y reuniones de los pueblos y comunidades.

Estaremos lejos de una transformación hacia la democracia participativa real mientras el gobierno y el Estado sean de y para los capitalistas, los patriarcas, los partidos, los caudillos, los racistas servidores del imperio y sus formas de coloniaje. Es un engaño decir que al pueblo se le trata igual, como si fueran lo mismo el poseedor y el desposeído, el capitalista y el trabajador, el “funcionario” y la comunidad en resistencia, el charro, el neocharro o la base de una organización. El nuevo gobierno dice llamarse “de todos”, pero el que paga y  pega manda.

Para construir desde abajo una democracia directa y real se necesita como dijo el profesor Lucio Cabañas Ser pueblo, Estar con el pueblo y Hacer pueblo con organismos de poder para la amplia y efectiva toma de decisiones. Sólo así se acabará con la simulación de más imposición de proyectos de muerte y de sometimiento.