Austeridad y vacío

La crisis económico financiera de 2008 produjo, entre otras cosas, un tsunami reaccionario, con olas crecientes de nacionalismo, xenofobia, proteccionismo, populismo, miedo e irracionalidad. Nuevamente apareció un enemigo, pero ya no ideológico, simplemente se trata del otro, el que viene de fuera, el inmigrante o el extranjero.

Antes de la crisis, los particularismos se producían en las aldeas y a nadie le importaba gran cosa, puesto que parecían resabios de un mundo en desaparición. Pero apenas se dio en las metrópolis se pudo apreciar que ese viejo mundo no sólo no había muerto sino que regresaba por sus fueros y hoy amenaza con recuperar su lugar en pleno, aunque bajo nuevas formas.

La sociedad mundial, creada por los poderes técnicos y que parecía exigir de un nuevo orden y de un gobierno mundial, ha visto crecer en la última década las reacciones de los perdedores de la globalización y de los ganadores de la crisis, abriendo la perspectiva nuevamente del  1984 de Orwell, pero no tanto por las técnicas del control de las mentes de las personas como parte del régimen de dominación al interior de un imperio, sino por la reedición de la forma de división del mundo en imperios en permanente conflicto.


El desafío del gobierno de Donald Trump a los jueces de la Corte Penal Internacional la semana pasada, ha continuado el camino del desconocimiento y el retiro de los Estados Unidos de múltiples acuerdos internacionales y de la propia ONU.

La crisis destruyó las creencias en la globalización comandada por el neoliberalismo y ha producido la oleada de dirigentes populistas que la aprovechan para destruir también las instituciones de los viejos sistemas políticos basados en la democracia, la libertad y el derecho. Dado el fracaso de la vieja política, y sobre todo de los políticos, se ataca por igual a los parlamentos, a las cortes, a las burocracias y a las propias organizaciones nacionales e internacionales de la anterior ola democratizadora.

Lo mismo en Inglaterra que en Estados Unidos, en Rusia que en Turquía, en Hungría o en Polonia, con los populismos de triunfantes, o los grandes avances de las derechas en Francia, Alemania, Suecia, etcétera, las sociedades se cierran temerosas ante la migración o el comercio y la democracia parece derrumbarse. Los nacionalismos ganan terreno frente a la globalización acusada y desprestigiada.

Cuando digo populismo me refiero a las propuestas de gobierno que endulzan los oídos del “pueblo” para demandas inmediatas sin que se encuentren sostenidas para el mediano o el largo plazo, pero garantizan su apoyo en cada momento dado para pasar por encima de otras instituciones o para justificar soluciones de fuerza, según el caso.

Ya han pasado 10 años de esa terrible crisis y no ha habido una recuperación, ni del comercio ni del empleo. Si nos basamos en los ciclos económicos, la próxima crisis está por venir, sin que se haya producido una reestructuración de las causas que provocaron la anterior.

El miedo y la incertidumbre, las frustraciones y el odio que han quedado como secuela, han sido el caldo de cultivo para el enorme crecimiento de los negocios asociados a las drogas, las armas y la trata de personas. Frente a la incapacidad de la sociedad decente para presentar alternativas, la que avanza es la sociedad del crimen y de la violencia.

Resulta curioso que en este ambiente en México tuvimos que elegir entre tres coaliciones que se peleaban por ocupar el centro político. Sólo hasta el final, el candidato independiente conocido como “El Bronco”, presentó algunas propuestas claramente de derecha, como cortar las manos a los corruptos, pero dado el contexto, parecieron intentos desesperados por ganar algunos puntos en las encuestas y sólo provocaron la risa del respetable.

Entre nosotros el populismo arrasó ganando el ejecutivo, el legislativo y buena parte de los gobiernos de los estados y los municipios que estuvieron en disputa. Por eso ahora las instituciones, se dice, serán respetadas. Los diputados ya no serán levantadedos, el ejército y la marina serán muy útiles, los ricos serán inversionistas y la mafia del poder será perdonada. Los que aparecen amenazados son el INE y la suprema corte, hoy bajo sospecha, aunque ya vendrán los tiempos de su renovación respectiva.

Morena ganó ocupando el centro político con la esperanza de la izquierda de echar para atrás las reformas estructurales. Hasta ahora la cuarta transformación de la vida pública parece reducirse a eso, es decir, a la vida pública, sin trastocar el modelo económico, a pesar de que nos ha llevado a la “bancarrota”. Una nueva coartada: si se presentan problemas económicos la culpa la tendrá el Banco de México,  el mundo o el modelo heredado.

Las alternativas al modelo neoliberal no aparecen, simplemente porque no existen. Y no existen porque para Morena el mundo empieza y termina en Mexico y sólo se piensa en la aldea. No en balde AMLO ha dicho que la mejor política internacional es la interna, es decir, nadar de a muertito en el mundo, esperando que los tiempos nos sean favorables, empezando por el TLCAN. Por ello la cuarta transformación se limita a agregar al modelo existente acciones asistencialistas hasta que el dinero les alcance, por lo menos para los compromisos de campaña.

Y sobre la vida pública no se entiende el por qué a esa cuarta transformación le llaman la República de la Austeridad, cuando de lo que se trata es de definir el carácter del servicio público en un país con muchas carencias y en el cual se había convertido ese servicio en un medio de enriquecimiento personal (como siempre, desde la colonia). En otras palabras, dignificar el servicio público ante los gobernados, no es austeridad, es sensatez.

Un último apunte de la semana. No niego las buenas intenciones que se pueden leer en los documentos de Morena o escuchar en las palabras de AMLO. Pero ya se sabe a dónde pueden llevar las buenas intenciones si se quedan en eso. Con todo el poder que tienen lo menos que les podemos decir es que piensen las cosas dos veces antes de llevarlas a cabo para evitar frustraciones o descalabros. No vaya a ser que lo ahorrado en la llamada austeridad se tire a la basura de la improvisación. Un programa tan noble como el de jóvenes construyendo el futuro parece ser el caso.