Sobre Asghar Farhadi y sobre probar la carne

Si preguntas a los jóvenes quién es su director favorito, no pocos te responden que Tarantino o Peter Jackson, o (ahora) Damien Chazelle. Algunos otros, cinéfilos más curtidos a pesar de su juventud, todavía se remiten a Steven Spielberg, a George Lucas, a Brian De Palma, a David Lynch, o incluso a nuestros Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón, lo cual está muy bien. Aun así –edades aparte– resulta claro que Kubrick, Scorsese y Coppola siguen entre los consentidos principales, en especial por la formidable base que les aportan estos tres filmes icónicos: 2001 odisea del espacio, Taxi driver y El padrino, respectivamente. Por obvias razones, de esos jóvenes ya no escuchas como respuesta los nombres de Welles, Fellini, Bergman, Wilder, Godard o Kurosawa, pero tampoco les escuchas decir Asghar Farhadi, el fantástico realizador iraní de sólo 44 años de edad, a quien –entre otras– debemos películas tan significativas y emocionales como Una separación (2011), El pasado (2013) y, más recientemente, El viajante (2016). Hablemos brevemente de ellas…

En Una separación, una pareja debe decidir entre abandonar Irán –para ampliar el futuro de su hija– o permanecer en el país al cuidado de un pariente afectado de Alzheimer. Ante las tensiones de la encrucijada, a la que se suma un infortunado accidente trágico, mucho se lastima la relación conyugal. Una separación obtuvo tanto el Oscar como el Golden Globe a cinta en lengua extranjera, así como el Oso de Oro y el Premio del Jurado Ecuménico en la Berlinale. Además, la crítica internacional le dio un 95 (sobre 100) reconociendo sus méritos; nada mal para una película del oeste asiático cuyos estelares no se llaman George Clooney y Nicole Kidman, sino Peyman Moadi y Leila Hatami. Por su parte, El pasado focaliza en un crucial, doloroso momento, que involucra a la familia de una divorciada, a su ex pareja y a la familia del hombre con quien quiere casarse. En 2013 obtuvo en Cannes el Premio del Jurado Ecuménico, que lo anunció así: ¿Cómo hacernos responsables de nuestros errores pasados? El pasado muestra la vida diaria de una familia mezclada, en la que sus secretos y sus complejas relaciones se revelan gradualmente. Un film profundo, denso, absorbente, sobre el hecho de que sólo la verdad nos hace libres. En cuanto a El Viajante, otro drama, trata de una pareja cuya relación sufre un duro golpe mientras escenifican Muerte de un viajante, de Arthur Miller. En Cannes ganó los premios a mejor guion y mejor actor; y hace un par de meses obtuvo el Oscar a película en lengua extranjera. Todo esto ratifica la enorme estatura alcanzada por el cine iraní de al menos tres décadas a la fecha, con Asghar Farhadi como uno de los nuevos detonantes principales. Hoy, el que no ve o no ha visto cine iraní –de Farhadi, de Kiarostami, de Panahi, de Ghobadi, de Majidi, de Makhmalbaf y algunos otros– probablemente no tiene una dimensión certera de los rumbos y alcances del cine contemporáneo de valor.

Por otra parte, estrenó en Puebla una película sumamente arriesgada, tanto valiosa como difícil de sobrellevar: la coproducción franco–belga Voraz (Raw), ópera prima de Julia Ducournau. En ella, Justine (Garance Marillier), una joven vegetariana, es obligada a probar “algo más” en su novatada universitaria, a partir de lo cual desarrolla una enfermiza fascinación por la carne que eventualmente se sale de control, con resultados muy ingratos. Una cinta temeraria, para cinéfilos valientes (y con estómagos de piedra), que sin embargo te mantiene en la butaca, oscilando entre el azoro y el deseo de salir corriendo. Aplausos a la debutante Ducournau, que no sólo tiene los pantalones bien puestos, sino también un oficio cinematográfico comparable al de alguien con una veintena de películas en su haber. Voraz ganó el premio FIPRESCI en Cannes, “por su fuerte lenguaje visual para expresar la soledad y el despertar sexual de una adolescente con problemas”. Usted decide.





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