Artesanía

El asunto de la artesanía indígena rebasa la mera elaboración de productos de consumo insertada en su vida cotidiana. Ahora existe toda una industria

En estos días de asueto, estuve en Querétaro y conocí el Centro de Desarrollo Artesanal Indígena del Estado que tiene en su interior un museo sobre la artesanía de los pueblos indígenas en general. La museografía no está mal, aunque tiende a confundir al mezclar constantemente expresiones de diversas comunidades y regiones sin un aparente orden; la idea no es mala, pero a quien apenas se adentra a los temas de lo indígena y sus diversas expresiones, pudiera parecer confuso. En las cédulas del museo no se refieren a esta expresión como artesanía, sino como arte: “El arte indígena en México es, quizá la expresión más notable de la transmisión y actualización de las culturas originarias. Por medio de la alfarería, la cestería, el tejido, la talla en piedra o madera, la pintura en laca o al óleo, y la manufactura de máscaras o instrumentos musicales, las comunidades indígenas representan su entorno y a sí mismas, al tiempo que plasman su historia y cosmovisión, es decir, su manera particular de comprender el mundo”. Como se ve después de las siguientes líneas, el asunto de la artesanía indígena rebasa la mera elaboración de productos de consumo y se inserta en su vida cotidiana en la que conviven lo sacro con lo cotidiano de manera constante. No se trata, al menos en lo básico, de vender aquello que está de moda como mero negocio mercantil. En un principio se trató de que las comunidades vieron la viabilidad de ofertar al mejor postor los productos elaborados para su vida cotidiana para poder subsistir; ahora, existe toda una industria de la artesanía y es el textil el ámbito más afectado por esta industrialización sin medida. A cualquier lado que vayamos de visita, podemos encontrar ropa estandarizada, supuestamente elaborada por manos indígenas, y con motivos diseñados por ellos partiendo de su cosmovisión. Nada más alejado de la realidad.

He leído y escuchado trabajos diversos de antropólogos en torno a los textiles y otras expresiones, específicamente en cuanto a los diseños e imágenes presentes en los programas artísticos que representan en blusas, manteles y otras prendas, y en ninguno se habló de que tales diseños fueran obra de la casualidad; por el contrario, siempre significaron algo importante para la comunidad, en un discurso compartido cargado de memoria, o son el resultado de intrincados esquemas sociales donde elementos como la jerarquía se encuentran presentes. El hecho de que ahora hayan tenido que generar programas y discursos más adecuados para su venta a turistas, ello no implica que tales artesanías les signifiquen lo mismo que lo que originalmente hacían. Blusas, cerámica, ternos, papel picado, todo ha tenido un sentido ritual y cotidiano, aunque hay que matizar: ni todo ha sido cosmovisión, ni todo ha sido casual. Depende la región, depende el tiempo, depende el artesano. No hace mucho escuché a un purista quejarse de que los habitantes de Pahuatlán adquirían ahora del internet las figuras del papel picado que los ha hecho famosos. Habría que preguntarse si tales figuras se insertan en el discurso sagrado o simplemente son nuevas estéticas que incorporan a su entramado simbólico. Nada tiene de malo incorporar elementos nuevos a su propia cultura, lo han hecho siempre. El asunto radica en si lo hacen con motivaciones económicas nada más, para agradar a un turismo cada vez más superfluo e ignorante. El problema no es para ellos, es para nosotros; ellos tienen que sobrevivir y han encontrado en la artesanía una posibilidad para hacerlo. Nosotros depredamos en nuestra calidad de turistas absurdos, que ni nos interesa la simbología contenida en una blusa o la cosmovisión expresa en un camino de mesa, ya no digamos el enorme esfuerzo, el talento y la construcción histórica detrás de estos trabajos y regateamos hasta el último peso.

No nos hemos dado cuenta que detrás de la artesanía hay vida, hay cultura, hay identidad. No son simples recuerdos que llevamos para hacerle ver a alguien que lo recordamos en el viaje, estamos regalando fragmentos de un todo vivo que habita en algún lugar de la inmensidad del territorio nacional. Como dice una de las cédulas del museo “al cocinar o al elaborar una prenda de vestir, también se transmiten las historias, los refranes, las canciones y los mitos que conforman la visión del mundo de cada cultura. Así, día con día, las identidades se renuevan y se fortalecen”. Para que entendamos lo anterior, es como si una artista del textil quiché decidiera plasmar fragmentos del Popol Vuh en una blusa… lo que está haciendo es ofrecer un discurso en donde su identidad, su historia y lo que cree quedan patentes. En Querétaro habitan diversidad de pueblos originarios entre los que se cuentan los mazahuas, los pame o los otomíes y su trabajo, especialmente en el textil, es estupendo. Como muestra están las famosas muñecas de trapo que ahora aparecen en bolsos estampados o playeras diversas que están muy de moda… la pregunta es si estas marcas debieran pagar derechos por la explotación de esas imágenes y de ser así, ¿a quién? Dilema difícil de resolver. Para ser justos, eso es lo debería suceder, retribuir un poco de esa riqueza mediante el apoyo a esos productores por parte de estas compañías. Estoy seguro de que eso no pasará. Sin embargo, nosotros debiéramos repensar nuestra relación con la artesanía y sus productores y retribuirles lo que es justo.