Arte en el tiempo… pero con toros

El toreo es un arte cuya herramienta es el ritmo y el tiempo. Los toros son instrumento del torero y éste debe estar afinado. Juan Pablo Sánchez lo afinó.

Agudamente, José Alameda sentenciaba que el valor fundamental del toreo es el ritmo, atributo de la poesía pero, sobre todo, de la música; arte éste, como la tauromaquia, de representación, arte por lo tanto vivo, que el artista interpreta delante de su público de manera nunca idéntica, siempre sutilmente distinta. Alameda emparenta el toreo con la música por tratarse, ambos, de representaciones –reinterpretaciones– en el tiempo. Y no se equivocaba, porque el tiempo es, en el toreo, la clave de todo lo valioso, empezando por el temple y continuando con el mando, que trae la ligazón y sentencia la autenticidad estética de lances y muletazos. La faena como unidad en cuyo interior se expresa lo plural.

Las artes de representación –que tienen en el toreo no un epígono sino más bien una culminación, marcada a fuego por la incertidumbre– son la música, el teatro, el canto, la ópera, la danza, incluso la mímica. Todas se desarrollan ante la mirada del espectador, que tiene así ocasión de acompañar el sentimiento del intérprete y calibrar la calidad de su interpretación, al tiempo que descubre, desentraña, el sentido unitario de la obra. Ahora bien, las bellas artes señaladas obligan a sus intérpretes a dominar un instrumento determinado, que, en coincidencia con la tauromaquia, empieza por ser el propio cuerpo del artista, lo que con él sea capaz de hacer y transmitir. Pero además estarían, según el caso, la voz, la gestualidad, la kinésica corporal. Y en la música, un instrumento determinado. Sin ese dominio, marcado por el acento personal –Belmonte dixit– no hay arte, si acaso mañosa rutina artesanal.

La cuestión es: ¿cuál es el instrumento del toreo?


La obvia respuesta. No otro que el toro. Los engaños –capote y banderillas, muleta y estoque– son apenas prolongación del cuerpo del lidiador. Su grado de dominio sobre ellos es asimilable al del ejecutor de una sonata al piano o el de una cadenza al violín. Pero en todo caso, el virtuoso obra sobre su instrumento para extraerle arte. Sin instrumento no hay obra posible.

Así como un intérprete del cello, por genial que sea, debe asegurarse de afinar su instrumento antes de abrir un concierto, así el torero debe afinar la embestida del toro para poderlo torear con arte. Los toreros pianola no nos convencen. Los mariachis desafinados tampoco. Son como el cómico efectista y vulgar comparado con el gran comediante. Por no hablar del fraude que encierra el play back, al que tan afectos son numerosos cantantes populares.

Pero, ¿qué pasa cuando el toro sale ya del toril previamente afinado, listo para usarse: el toro que “sirve”, en frase muy contemporánea? Por principio, que la lidia, elemento primordial de la tauromaquia, languidece. Y con ella la posibilidad de la obra de arte. Un instrumento así, mal que bien, cualquiera lo pulsa. Pero ahí no hay arte, habrá repetición rutinaria, lección aprendida, tanto por el intérprete como por los espectadores, acostumbrados incluso a corear al unísono la canción de moda. O a emprenderla con la ola u otras simplonerías semejantes.

Pero no es lo mismo un concierto de cámara que una tertulia o un recital más o menos animado. Aunque éste se desarrolle con la plaza de Las Ventas a reventar, como tantas veces ha ocurrido y sin duda ocurrirá, según terminante advertencia de la actual alcaldía madrileña.

Ante la temporada grande. Todo lo anterior cobra vigencia con la temporada capitalina en puerta. No juzgaré la calidad de los carteles. Tampoco la oportunidad de un mano a mano como apertura, que recuerda fatalmente aquel fallido Joselito–Roca Rey del año pasado. Hoy me referiré solamente al toro, pues a diferencia de los cantantes de moda, que arrastran multitudes con su solo nombre, nuestra Fiesta está obligada a convencer al potencial espectador con los argumentos de la verdad desnuda y la emoción genuina, necesariamente ligadas a la autenticidad de cuanto ocurre en el ruedo. Y hacerlo, además, a contracorriente, en el siglo de la taurofobia rampante y del post toro de lidia mexicano.

Menudo lío.

El dilema. Tenemos en cartelera toreros excelentes –también los hay francamente mediocres–, y el desarrollo evolutivo del arte de torear es un hecho innegable. Tanto que a críticos y espectadores, al perderse la sensación de riesgo, se les ha ido la mano de la exigencia en tecnicismos ociosos, si acaso válidos cuando el astado carece de respeto y se limita a transitar borreguilmente en pos de unos engaños que ni lo motivan –la reservonería del manso– ni le interesa alcanzar –por falta de casta brava–; con esos animales que desde su aparición regatean la embestida y escarban, para terminar con la cabeza alta y yendo al paso o completamente aplomados, el simple espectador desespera y el aficionado curtido prefiere poner tierra de por medio, alérgico al encimismo en boga, a los presuntos alardes de maestría y a la gestualidad bravucona. Es decir, justo aquello a lo que los toreros auténticos, con el toro auténtico, nunca tuvieron que recurrir.

Por lo demás, ¿no le parece al lector que tales excrecencias del arte describen casi todo lo visto y ofrecido durante el presente siglo… sobre todo en nuestro sufrido país?

Un rayo de esperanza. Claro que, guardadas las proporciones, el mismo agudo problema se ha venido enseñoreado de la fiesta en Europa y América. Por eso resulta bienvenido el claro repunte del toro entero en su bravura que se observó durante los últimos meses de la temporada española. Ese toro, de procedencias diversas –incluidos numerosos encastes con sangre Domecq y, por descontado, los Victorinos– nos devolvió a artistas que atravesaban fases de franco desaliento, como Talavante y Perera. Y apuntaló el resurgimiento de Juan Bautista, Roca Rey y Joselito Adame, o el surgimiento de promesas tan sólidas como Luis David y Jesús Enrique Colombo. Hablamos, evidentemente, del toro con mucho que torear pero que, si se le comprende y se le hacen las cosas con verdad, muestra una entrega y una durabilidad notables. Poco importa que los públicos, mal habituados por la rutina, se haya enterado poco o nada del cambio, mostrándose a veces injustos, por evaluar lo que se le hace al bravo con los parámetros aplicables al manso.

Resumiendo, que estamos ante un repunte decididamente esperanzador. Y si se confirma y persiste, ya volverán las aguas a tomar su nivel. Y la gente, poco a poco, a interesarse de nuevo por una fiesta que ha sido suya a través de los siglos y los avatares más diversos.

¿Y en México? Observo que la corrida de Mimiahuápam–Begoña lidiada en Guadalajara el otro domingo fue muy superior a lo que mandó a la feria de Zacatecas, pese al mayor peso y edad de los cuatreños del Nuevo Progreso. Mucha casta no tenían, pero el temple de Juan Pablo Sánchez hizo el resto y a un bicho simplemente noblón lo encandiló –supo afinar el instrumento– y le cortó las orejas. Qué diferencia con Tlaxcala, donde los de Xajay, chicos y mansos,  nos estropearon el mano a mano Castella–Sergio Flores, rebobinando la consabida película del as internacional que, habituado a salirle al toro–toro durante la dura campaña europea, viene a “hacer la América”, postergando recato y dignidad profesional.

El contraste que en pocos días se dio entre una y otra plaza, entre uno y otro encierro, deja flotando la duda sobre lo que podrá ocurrir en la temporada grande. Por lo pronto, la mayoría de las divisas anunciadas se han distinguido por criar e impulsar el tan indeseable post toro de lidia mexicano, impuesto por las figuras foráneas y aceptado –sumisamente o convenencieramente– por los de casa. Pero por otro lado, el comentado repunte de ganaderías hispanas tenidas por “comerciales” demuestra que es posible revertir la decadencia de la bravura. He platicado con toreros mexicanos jóvenes y sé que están conscientes de la necesidad de que el público regrese a las plazas, y de que la única fórmula para lograrlo pasa por el retorno de la emoción, ésa que sólo pueden proporcionarles –a diestros y afición– la casta y la bravura en todo su esplendor. ¿Serán capaces ellos, los buenos toreros que hoy tiene México, de trasmitirles la idea a la mayoría de los criadores de “bravo”? ¿Y tendrán éstos los conocimientos y los arrestos precisos para apostar fuerte por el retorno del toro en toda su espléndida integridad?

Porque de ser así, hasta salen sobrando turistas con espíritu burocrático, malhabituados a “hacer la América”. La historia –la historia grande de nuestra tauromaquia– lo ha demostrado con creces en más de una ocasión.