Arroz cocido

Al final del sexenio de Felipe Calderón aparecieron, sobre todo en el norte y en el centro del país, pintas y mantas que decían: “Que se vayan los pendejos y que vuelvan los corruptos”. Bueno, pues los corruptos volvieron y a nadie en verdad le gustó. Hoy se dicen muchas cosas por el estilo: “Prefiero a un loco que me haga soñar y no por una rata que me quite mi sueño”, “Si asistir a los pobres es ser populista, que me apunten en la lista”, etcétera. Como ya la alternancia se dio por la derecha y eso provocó el regreso del PRI, ahora le toca a la izquierda, pero no a la corrupta que se alió con la mafia, sino a la que ofrece una nueva moral pública. Y así se ha creado un movimiento en favor del loco, porque ese loco ha sabido convertirse en el símbolo de lucha contra el sistema podrido y corrupto.

Como Santos Degollado, aunque pierda batallas parciales -como el debate-, termina por convertirlas en victorias, porque ya logró ocupar el lugar del enmascarado de plata contra los cuatro mafiosos. Y los mafiosos cometen el error de atacarlo todos al mismo tiempo, lo que provoca la reacción de respetable en favor de la aparente víctima convertida en redentor. “Santo, Santo…” gritan, equivalente a “Andrés Presidente”.

En lo personal me equivoqué cuando la semana pasada, después del debate, escribí aquí que su falta de preparación para él mismo y su derrota argumental significaban un punto de inflexión en su curva de ascenso. Pues sí, quizá de momento perdió un punto y ya no va a crecer mucho –o incluso pierda algunos  puntos por la contraofensiva de los demás–, pero lo que no perdió fue la consolidación de su movimiento y el espacio en el imaginario social como símbolo antisistema. Así lo demostró su comparecencia ante los estudiantes del Tecnológico de Monterrey, quienes le festejaban todo, hasta su insufrible lentitud para articular palabras. Los defectos convertidos en virtudes, o lo que es lo mismo, la cristalización de un carisma que sólo existe porque la persona ha sido sustituida  por el símbolo.


La propuesta de regeneración nacional, con el caudillo al frente, se ha convertido ya en un movimiento consolidado. La idea fuerza principal contra la corrupción ha prendido en buena parte de todos los sectores sociales. No importa tanto el resto del programa político. La imagen de los demás candidatos refuerza la idea de que AMLO tendrá muchos defectos pero no es corrupto. El PRI y el gobierno le han ayudado en esto al usar las instituciones para golpear a Anaya y Meade no se puede quitar, ni lo intenta, el pesado lastre de su apoyo a la corrupción del sistema.

A estas alturas parece que ya no será posible revertir la gran ventaja que lleva AMLO en las encuestas. Los rumores sobre un de golpe de Estado o de alianzas de todos contra él, no tienen viabilidad alguna. Por eso el propio Presidente Peña Nieto advirtió en Europa que la fortaleza institucional de México asegura la continuidad de sus políticas principales, cualquiera que sea el resultado de las elecciones.

“Este arroz ya se coció” dijo AMLO al salir del Tec de Monterrey. Así se siente no sólo por las encuestas, sino en el entorno personal más cercano. Amigos o conocidos que antes eran archienemigos de López Obrador, hoy lo ven como la opción menos mala o con la que vale la pena jugársela, siempre frente al PRI y al PAN corruptos e incapaces. Este es el gran logro de AMLO.

Se dice que la campaña electoral sólo termina por revelar en la fotografía lo que ya está impreso en la placa desde antes. Eso es claro, pero no deja de tener su chiste. Y en la placa de la realidad mexicana, antes de la campaña, ya estaba el gran fracaso moral y político de los gobiernos del PRI y el PAN. Ahora bien, para que en la placa apareciera tal cual la fotografía, había que impedir la unión del PRI y el PAN, cosa que no hizo AMLO porque no se cansa de unirlos, sino que lo hicieron cada uno por su lado:  el PRI y el PAN.

Es cierto que faltan más de dos meses para las elecciones y que muchas cosas pueden pasar, pero ninguna echará para atrás lo que ya AMLO, y los demás, han logrado: revelar en la fotografía del país lo que ya estaba plasmado en la placa,  es decir, que el PRI y el PAN tuvieron su oportunidad y no pudieron y, por el contrario, hundieron más a México en la espiral de impunidad, corrupción y violencia. Y que a la mejor, un baño de honestidad no le caería mal al país. Infortunadamente eso es cierto en el mundo de las emociones y las percepciones. Pero por lo pronto son también realidades y por eso la campaña apunta ya sus más probables resultados.

De confirmarse el triunfo electoral de Morena habrá ganado también el bono democrático para ejercer el poder y llevar a cabo su programa de gobierno. No dudo que el baño de honestidad le venga muy bien a México, pero no creo que sea suficiente para enfrentar los problemas que tenemos, máxime cuando se han visto tan disminuidas las capacidades políticas del Estado en los últimos años y, lo que es más importante, cuando el mundo es otro muy distinto a los años del “desarrollo estabilizador” que tanto añora AMLO.

En lo personal estoy como AMLO, es decir, no dan ganas de votar por ninguno. Él no es un populista vulgar, pero no deja de serlo en sus propuestas educativa y social; no es un autoritario contumaz, pero no deja de ser el caudillo que se instala por encima de las instituciones para vigilar su “buen” funcionamiento; no es un jefe corporativo, pero no deja de apoyarse en las corporaciones existentes; no es un enemigo de la democracia, pero usará todos los recursos para evadirla, máxime cuando los otros poderes están “podridos de corrupción”; no es un mentiroso tradicional, pero sí es un demagogo en toda la línea.

No es tampoco mi deseo que le vaya mal, en su probable gobierno. Me limito a señalar el enorme riesgo de un gobierno coronado por el caudillismo y la demagogia: la frustración de las expectativas y el enfrentamiento fratricida.

El debate político en México carece de la altura necesaria para atraer a las preocupaciones de fondo de los ciudadanos. Las discusiones versan sobre las distintas ofertas que presentan los partidos políticos al interior de un sistema político que se ha pervertido al extremo. Mientras tanto, en el fondo subyacen los temas verdaderamente importantes del mundo actual y que no logran ser articulados por los discursos de esos partidos con ideologías prácticamente muertas. En las ofertas se habla de los grandes temas con mayúscula sabiendo que las políticas son ya inoperantes, mientras que en la realidad avanza la vida social en descomposición.

Asistimos a una profunda crisis de gobernanza en México y en el mundo. La opción no puede ser la mentira y el engaño sobre las ofertas de empleo, educación, salud, etcétera, que jamás se cumplirán, sobre todo bajo el mismo paradigma económico actual, sino que requieren la fuerza de un nuevo consenso de sustentabilidad en el mundo.

Sin alternativas de altura y de fondo, la sociedad discute en el inmediatismo de las expectativas electorales y reducimos el debate para escoger a la menos peor de las opciones políticas, sabiendo que para la realidad de la vida, aún la menos mala de esas opciones, no estará a la altura de dichas expectativas.

México requiere de honestidad pero también de sinceridad y capacidad para vivir el mundo de hoy y por venir. Morena dice tener la primera virtud, por lo menos en su jefe político. No se ve así en muchos de sus integrantes. La sinceridad parece que no está presente en el movimiento y la visión sobre el mundo actual sólo en muy pocos. Pero no en el jefe. Como dije también hace una semana, el viejo mundo muere, aunque muy lentamente. Con Morena parece que quiere revivir. Habrá que seguir luchando para que no vuelva.