Amnistía: Los límites entre justicia y criminalización

El equipo de Morena asegura que la amnistía propuesta busca el cese de la violencia y la criminalización hacia involucrados con el crimen organizado, como son los halconcitos.

Durante las últimas semanas hemos visto en ascenso el debate alrededor de la propuesta de amnistía de la campaña de Morena para las elecciones presidenciales. La polémica se ha desatado debido a la delgada línea que un concepto como tal puede sugerir entre la reconciliación social y el indulto; sin embargo, aunque inconveniente para la manera en que tendemos a consumir la información y las propuestas políticas, las dudas pueden aclararse bastante si nos acercamos a los ejes y fundamentos de la propuesta y a la manera en que este instrumento jurídico se ha utilizado históricamente, en lugar de quedarnos vagando dentro del mero concepto.

La definición del término resulta confusa cuando pensamos en su posible aplicación. Fácilmente podría parecer tratarse de la omisión de los cargos que corresponden a alguien por un delito, como nos lo ha demostrado la manipulación de la idea, llevada a cabo por gran parte de los medios de comunicación. Pero en el caso de la amnistía pasa precisamente lo contrario; es decir, mientras la noción de indulto supone el perdón de la pena respectiva, aunque el sujeto en cuestión siga considerándose como culpable, la amnistía no omite forzosamente la sanción sino que borra el expediente de culpabilidad del sujeto.

Muy a pesar de toda la confusión y el debate que de esta idea subyazca, lo que es innegable es que en nuestro país es urgente un proceso de paz, y somos testigo de que las estrategias de militarización como solución a la inseguridad han sido fallidas. Lo fueron con la puesta en función de la Guerra contra el Narcotráfico, comandada por Felipe Calderón Hinojosa, pero hay una historia previa que lo manifiesta, de lo cual son ejemplo las reacciones en contra del levantamiento zapatista en los noventa.


La propuesta de amnistía planteada por Morena ha sufrido una manipulación por parte de los opositores, sin duda típica de las disputas por el triunfo electoral, convirtiendo al concepto en sinónimo de perdón a los criminales y pacto con el crimen organizado. Lejos de que nuestra posición política influya en el análisis del concepto, es innegable que se trata de una versión alterada de la proposición, malinterpretada convenientemente por los que se oponen al proyecto.

Está claro que la mala exposición de la idea juega un papel primordial en este aspecto, facilitando su tergiversación. Por suerte para el candidato a la coalición “Juntos Haremos Historia” y la dificultad que lo caracteriza para expresar sus ideas bajo la presión del debate con sus contrincantes, hay secciones del equipo morenista que explican mejor la idea de la amnistía. Alfonso Durazo, secretario de Seguridad propuesto por Morena, explicó la semana pasada en un foro de El Colegio de México (Colmex), las líneas centrales de la proposición:

El objetivo es cerrar el ciclo de violencia que sufre nuestro país, sin pasar por la impunidad; el objetivo es incentivar a los grupos sociales vulnerados a dejar la ilegalidad y a participar en los procesos de esclarecimiento de la verdad, así como en programas de reconciliación comunitaria. Lo haremos en un marco de legalidad y de respeto a los derechos humanos, particularmente a los derechos de las víctimas, dicho proceso está a cargo de la sociedad misma”.

La propuesta de amnistía se delimita por sí misma, al estar inscrita en un marco de legalidad internacional en el cual los delitos de lesa humanidad, relacionados con la afectación a los derechos humanos, no pueden ser abrazados por dicho instrumento jurídico. Asimismo, en las declaraciones sobre la propuesta se ha señalado que la aplicación de la amnistía se llevará acabo sólo mediante la aprobación de las víctimas.

Aministía versus criminalización

Me parece interesante la declaración de Durazo para abundar en un aspecto que predomina en las críticas de intelectuales, comunicadores y políticos contra la propuesta de Morena: la criminalización del ciudadano; materia que, además, aparenta ser contradictoria cuando la colocas al lado de cuestiones como la equiparación del proyecto representado por Andrés Manuel con una dictadura, según argumentan personajes como Mario Vargas Llosa, declarando que, de gobernar aquél, México se convertiría en algo similar a lo que llama la “dictadura venezolana”.

¿Por qué contradictorio? Cuando se propone regresar a los grupos vulnerables involucrados en la ilegalidad, como son los jóvenes halcones, hay una reacción de absorto y rechazo: “¿Pero usted cree que pueda regresar a los halcones a la universidad?” pregunta Azucena Uresti a López Obrador durante el debate llevado a cabo por Milenio el mes pasado. Su pregunta, lanzada aparentemente con sorpresa ante la idea, niega toda calidad humana en los jóvenes involucrados, que se nos ha enseñado a encerrar en un molde a donde sólo pertenece “la escoria de nuestra sociedad”: los criminales.

La criminalización invisibiliza el problema que da origen a la violencia en lugar de aceptarlo para buscar su solución. Criminalizar a un individuo, en este caso a un joven halcón o un sicario coludido con el crimen organizado, lo culpabiliza y responsabiliza de una situación de violencia general representada por el sistema criminal, que en nuestro país convive con las instituciones estatales creando la aparición de un concepto bastante sonado en estos últimos años: la narcopolítica.

Cuando escuchamos manifestaciones de incredulidad ante la idea regresar a estos jóvenes a la escuela, o, por ejemplo, ante la propuesta de resolver asuntos de importancia para el país a través de consultas ciudadanas, nos encontramos en un espacio donde unos tienen (en la práctica y no en la teoría) el derecho legítimo a decidir y otros no, a pesar de que las voces que levantan estos argumentos son las mismas que se dicen defensoras de la democracia. En el fondo, estos posicionamientos también apelan a un dictaminar simbólico de las vidas que cuentan y quiénes se les confiere calidad humana.

El argumento de Carlos Marín en contra de las consultas ciudadanas, por poner un ejemplo que vuelve al debate de Milenio, ilustra muy bien este tipo de razonamiento, sin lugar a dudas clasista: “habrías de ver a mis paisanos huachicoleros o a los saqueadores de tiendas de conveniencia cuando el gasolinazo (…). El pueblo asalta trenes en algunos lugares”. Pero estos argumentos no resultan extraños viniendo de alguien que otorga la misma importancia al número de homicidios en México que al número de baches que encontramos en las calles.

La violencia que viven los sectores marginales, por el simple hecho de pertenecer al sector de mayor exclusión social, al cual en la práctica le son negados sus derechos fundamentales ¿es considerada violencia? En su trabajo sobre Violencia, luto y política, Judith Butler pregunta: “¿cuál es la relación entre violencia y aquellas vidas consideradas como “irreales”? ¿incide la violencia en esa irrealidad? ¿la violencia tiene lugar en la condición de esa irrealidad?”. Pareciera dársele un grado menor de importancia a aquellas violencias que no nos representan al no vivirlas en carne propia.

Para comenzar con el proceso de pacificación social, absolutamente necesario en nuestro país, tenemos que replantearnos las formas en que concebimos la estructuración de la violencia en nuestras sociedades, buscar las raíces más profundas que la motivan, que serán el único espacio en que encontraremos las soluciones. Mientras continuemos poniendo la atención únicamente en las consecuencias, las causas no se extinguirán.

Frente a estas cuestiones, es atractiva la sugerencia del activista trans y abogado Dean Spade, que propone comprender la violencia como parte de todo un sistema de significaciones, de valores y experiencias con las que nos desenvolvemos en sociedad:

Entender cómo actúan las fuerzas que producen la reclusión y la criminalización en múltiples sitios y registros, desde leyes y políticas hasta educación (…), medios de comunicación e incluso el concepto que tenemos de nosotros mismos, nos ayuda a explicar la enorme importancia de la reclusión y a comprender que para combatirla no basta con apelar a un órgano central de poder o decisorio. El poder no es cosa de un individuo o institución dominante, sino que se manifiesta en sitios interconectados y contradictorios, donde circulan y se consolidan regímenes de conocimiento y ciertas prácticas”.

Referencias:

Beauregard, Luis Pablo, “La campaña de López Obrador explica la amnistía”, en ADN Político  (Abril, 2018).

Butler, Judith, “Violencia, luto y política”, Íconos: Revista de Ciencias Sociales, núm. 17 (Septiembre, 2013).

Montiel, Fernando, “México: Militarización sin sentido”, en Gatopardo (s/n, 2017).

Spade, Dean (2015), Una vida “normal”, Edicions Bellaterra: Barcelona.