Alzheimer

La investigación reciente ha comenzado a desentrañar los mecanismos moleculares que desencadenan las enfermedades neurodegenerativas. Se están explorando varias estrategias para demorar o detener los procesos destructivos. Quizás uno de los tratamientos, o una combinación de ellos, logre impedir la neurodegeneración y frene en seco la enfermedad. Varias de estas propuestas se hallan en fase de ensayo clínico; los resultados preliminares son prometedores.

Recientemente un grupo de investigadores dirigidos por Giovanna Mallucci logró detener el proceso neurodegenerativo en ratones, lo que da pie al desarrollo de medicamentos capaces de inhibir la destrucción neuronal, producto de enfermedades como Alzheimer, Parkinson y Huntington, entre otras. De acuerdo con Roger Morris, en entrevista con la BBC–mundo, es la primera vez que se detiene completamente cualquier tipo de neurodegeneración. Esto lo hace un punto de referencia significativo y demuestra que el proceso que se ha atacado es un serio potencial para desarrollar tratamientos. Los especialistas utilizaron un compuesto que evita que esos mecanismos de defensa se activen y por ende detenga la neurodegeneración.

Clínicamente la enfermedad de Alzheimer se considera un desorden neurodegenerativo, el cual es progresivo y fatal. Se manifiesta con el deterioro cognoscitivo y de la memoria alterando las actividades del diario vivir y presentando una variedad de síntomas neuropsiquiátricos y disturbios conductuales. Los estudios de prevalecía señalan que el porcentaje de personas con la enfermedad Alzheimer aumenta en factor de dos en aproximadamente cada cinco años de edad, esto quiere decir que un por ciento de las personas padecen la enfermedad a los 60 años de edad y cerca de 30 por ciento la padecen a los 85 años de edad.


El estudio, publicado en el Science Translational Medicine, trató sobre enfermedades priónicas, producidas por priones que aparecen sin causa aparente. Los investigadores han tratado de atacar la forma en que las células reaccionan a cualquier proteína defectuosa, situación común en todas las enfermedades nuerodegenerativas. Las investigaciones se centraron en los mecanismos de defensa naturales que hay en las células del cerebro.

Los disturbios funcionales y de comportamiento son característicos, las personas van progresando en la enfermedad desde un nivel de actividad diaria alta, como el pagar sus deudas, comprar, viajar en transporte público o en su propio coche, hasta anormalidades en las actividades básicas de la vida diaria, como lo serían, el comer, y el usar el baño, para finalmente entrar en la fase avanzada de la enfermedad. Los disturbios conductuales también progresan con el curso del padecimiento. Los cambios de humor y la apatía comúnmente se desarrollan de manera temprana y continúan durante toda la enfermedad. La psicosis y la agitación son características de la fase media y tardía de esta.

Muchas enfermedades neurodegenerativas tienen que ver con la producción de proteínas defectuosas o “malformadas”. Esto activa los mecanismos de defensas con consecuencias muy severas. Las proteínas malformadas merodeadoras hacen que el mecanismo de defensa detenga la producción de proteína durante tanto tiempo que eventualmente mueren de hambre. Este proceso, repetido en neuronas del el cerebro puede, dependiendo de la enfermedad, destruir la memoria, el movimiento y finalmente matar a la persona. Se cree que este proceso ocurre en muchos tipos de neurodegeneración, por lo que detenerlo de una forma segura podría ser el tratamiento de una gran variedad de enfermedades.

El la enfermedad de Alzheimer se presentan placas en la corteza cerebral y en el sistema límbico que corresponden a depósitos de amieloide–beta o A–beta, una proteína pequeña que se aloja en el exterior de las neuronas. Las madejas, o marañas que se desarrollan en estas áreas del cerebro, constan de filamentos de la proteína tau; residen en el interior de las neuronas y en sus proyecciones ramificadas (axones y dendritas). Por lo que se sabe, los agregados de A–beta inician una cascada de sucesos que incluyen la alteración de las proteínas tau dentro de la célula. Todo hace suponer que la formación de filamentos tau sería un fenómeno general que conduce a la muerte de la neurona, en tanto que A–beta constituiría el iniciador específico de la enfermedad de Alzheimer.

El diagnóstico se divide en tres categorías: definitivo, cuando existe evidencia clínica de alteración cognitiva y de la memoria junto con la confirmación histológica; probable, cuando se presentan los síntomas clínicos típicos, pero no se cuenta con la confirmación histológica; posible, cuando se presentan manifestaciones clínicas atípicas pero no se cuenta con otro diagnóstico probable, además no se tiene el estudio histológico confirmatorio. Actualmente se estudian los bio–marcadores en el líquido cefalorraquídeo, donde se miden los niveles del péptido A–beta y de la proteína tau. Con este tipo de estudios se intenta reconocer el progreso de la alteración moderada cognitiva (MCI, siglas en inglés) hacia la enfermedad e Alzheirmer. Arch Neurol. 2002; 59: 17291734

Muchas de las neuronas inutilizadas por este trastorno liberan acetilcolina, un neurotransmisor. La mayoría de los medicamentos actuales para el Alzheirmer operan sobre la enzima responsable de la degradación de la acetilcolina; al bloquear dicha enzima, incrementan los niveles del neurotransmisor. El resultado: una estimulación de las neuronas y mayor claridad de pensamiento; sin embargo, tales fármacos suelen perder eficacia al cabo de seis meses o un año, porque no logran detener la devastación de las neuronas.

Entre los ensayos clínicos que actualmente se llevan a cabo están los que inhiben la producción de A–beta y terapias que harían que el péptido dejara de dañar las neuronas. Otro posible fármaco estaría dirigido a demorar o suspender el deterioro mental que provoca la enfermedad. Entre las estrategia para combatir la enfermedad de Alzheimer está la de eliminar del cerebro los agregados tóxicos de A–beta, una vez generado el péptido. También se intenta utilizar el conocimiento que se tiene sobre los inhibidores de proteasas, los que han mostrado una notable eficacia en el tratamiento del SIDA, este mecanismo sería para impedir la formación de la A–beta.

 

Si desea más información sobre esta columna puede escribir al correo electrónico

rhpmedicus@yahoo.com.mx