Álvarez: el performance es un arte vivo, una acción pública y maniobra del cuerpo

Gustavo Álvarez  -  Foto Abraham Paredes
Gustavo Álvarez – Foto Abraham Paredes

 

El performance como una forma de descentralizar la cultura, como una manera de trabajar e incluir a ciertos públicos que usualmente no son cercanos al arte, como una acción pública, de ejecución y maniobra del cuerpo, que prefiere los espacios abiertos a las galerías y museos en el afán de ser un live–art que se acerque a espectadores diversos, es la noción sobre la cual trabaja Gustavo Álvarez (Ciudad de México, 1973), uno de los artistas más activos en el norte del país, quien visitó Puebla invitado por La Pajarera.

Luego de dos días de impartir un taller intensivo de performance en la sede del Colectivo La 15 y antes de brindar una conferencia en la Universidad de las Américas Puebla, “Musgus”, como es conocido en el ámbito del performance, platicó con este medio acerca de la disciplina artística en la cual se desempeña y sobre el trabajo, que desde 2006, realiza en Chihuahua.


Hace seis años, mencionó Álvarez, no existía una escena del performance en el norte, algo que poco a poco ha ido cambiando gracias a los proyectos de formación que ha impartido, algunos de ellos en la Escuela de Antropología de la entidad, generando importantes resultados como fue la creación, entre muchos otros, del grupo La Frecuencia Perforadora.

“La estrategia ha sido trabajar con la periferia, en esta idea de que el centro ocupa toda la atención en las políticas. Es precisamente en estos lugares donde se está encontrando un resquicio para poder hacer y visibilizar el performance, que va de lo catárquico al espanto”.

El artista, formado en la antropología social y especializado en la antropología visual, destacó que es difícil que los artistas se desprendan del discurso lineal que impone el teatro o la danza, ya que en el performance “hay un quiebre del cuerpo, un miedo a no ser entendido, una estructura que choca con la realidad, que es evocadora y polisémica”.

Dijo que muchas veces, los bailarines y actores que se integran al discurso del performance sienten que esa confrontación los hace vulnerables y fuera de una dramaturgia común, en donde su cuerpo y su cuestión íntima se encuentran vulnerables.

Sobre su trabajo con pacientes terminales y otros diagnosticados con esquizofrenia y VIH, así como jóvenes en situación de riesgo y convictos, Gustavo Álvarez señaló que debido a su formación, antes que imponer algún proyecto, sondea al grupo y trabaja sobre sus necesidades.

“Hago mucho trabajo de campo, de observar, hacer soportes y procesos empáticos antes de tomar una decisión”, dijo, y puso como ejemplo el proyecto reciente que hizo como parte del programa Alas y raíces del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, que lo llevó a trabajar en un centro de readaptación para menores.

El performance, añadió el artista, también es una acción renovadora y de transformación. Como ejemplo, es el trabajo que ha realizado en las celebraciones de semana santa en la comunidad rarámuri de Norogachi, con la realización de un taller que, a manera de intercambio y tras observar las danzas, concluye con una pieza performática que trata de tener la misma fuerza y espiritualidad.

Sobre esta última característica del performance, “Musgus” señaló que como todo live–art o arte vivo, la acción performática implica una cercanía vital con el espectador, con el cuerpo y su resistencia, hacia una búsqueda de un lenguaje más íntimo y personal.

En el mismo sentido señaló la importancia de que el performance ocupe otros espacios distintos a las galerías y a los museos, es que el espacio público se convierte en el lenguaje de la confrontación con el otro, abriendo las posibilidades del intercambio y la comunicación.

Destaca que hace unos días, Álvarez participó en Negación y Utopía. Primera Muestra Nacional de Performance, que se realizó en Ex Teresa Arte Actual en la Ciudad de México, con el performance Shukuruame, el cual reflexionó sobre los símbolos y signos de la cultura mexicana que forman parte del mestizaje y el sincretismo que constituyen a la cultura mexicana.